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Las termópilas

Dedicado a Juan Carlos y a Blanca

domingo 23 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Las termópilas

Juan subió jadeante las escaleras hasta el sexto piso, del quinto edificio de la cuarta avenida. Vio la puerta a la mitad del pasillo y le asestó una patada al medio a su impulso la portezuela cedió dócil ante el embate juvenil. Apenas entró a la habitación con una mirada abarcativa supo que no había nadie. De inmediato la cerró con violencia contenida como para que no hiciera ruido. Su rostro estaba lívido, demacrado, del color y la textura de un papel al que el sol y la intemperie lo golpean con saña. Estaba jadeante, sudoroso, al sentir su respiración pensó: - el cigarrillo, me está matando y sin embargo sigo fumando como loco-. Se asomó a la ventana, corrió la cortina y vio como la calle pulcra no detenía su rutina habitual solo el azul uniforme y el negro bota inundando todo: senderos del paseo público, calzadas y aceras. Sin dudas era el fin. Estaba asistiendo azorado al último día de su vida, a pesar de estar sentado en el suelo la respiración le aguijoneaba los pulmones y el miedo le oprimía la garganta. - La policía, dijo, estoy perdido-.

Al iniciar el ascenso a la montaña urbana había visto pasar a una anciana con un bastón, vacilante, lenta, amorosa. Con los años decorando de invierno su cuerpo y su andar. También vio a una mujer con el pelo ensortijado, erecta, de mirada penetrante, tacos altos y una minifalda que dejaba ver piernas bien cuidadas y un paso rítmico y seguro, de cómo quien va en busca del príncipe soñado, siguiendo la estela del amor. También vio al escolar con una mochila cargada de esperanzas. Cualquiera de ellos: la anciana, la mujer bella o el escolar, podrían servir de rehenes y el podría sino salvarse de la cárcel al menos salvar su vida. Pero no podía hacerlo, definitivamente no podía hacerlo. Si bien él era un bandido, también era un universitario, abandonó la licenciatura en historia faltándole muy pocas materias. Aún no sabe bien porque lo hizo, la cuestión es que está allí, atrapado en una habitación del sexto piso, del quinto edificio de la cuarta avenida. Sudoroso miró el viejo, estoico, reluciente y mortal Colt 38 Special y pensó esto será las Termópilas, recordando aquel épico combate que mantuvo Leonidas (él) contra Jerjes (la policía) en el desfiladero.

Como Leonidas él decidió anclarse al suelo y no huir, dar batalla. Apoyó el pulgar sobre el percutor del revólver, echando hacia delante el caño para facilitar la operación, con cierta profesionalidad, el tambor giró alineando una bala con el cañón quedando amartillado.

Se asomó a la ventana, viendo como muchos pares de ojos, demasiados tal vez, desde los edificios cercanos, miraban la escena ávidos de ver pasar el noticiero en vivo y en directo ante sus ojos en la televisión de la vida. Esas miradas eran tantas que recordó las flechas de Jerjes que tapaban la luz del sol y al comentarle este hecho a Leonidas, el valeroso guerrero dijo: lucharemos a la sombra. El también lucharía a la sombra de su marginalidad, solo, desterrado de la sociedad.

Pero no quería morir anónimo, con cariño acarició la vieja libreta universitaria, en la que constaba que anduvo por los claustros que era un universitario, se aseguró en realidad que estuviera allí, ya que cuando las balas atravesaran su cuerpo y por esos agujeros con el río rojo desbordado se le navegara la vida, algún cronista de diario o TV, pudiera comentar: el bandido Juan, había ido a la Universidad, por qué estaría de delincuente. Vio la foto: un escalofrío le recorrió el espinazo, algo andaba mal o el espejo le mentía descaradamente o esa foto que mostraba a un sonriente y lozano joven no era él. Claro que era, vaya a saber porque estaba ahora tan viejo, tan solo, de bandido y rodeado por la policía.

Considerando que sería su último día de vida, tal vez la última hora, reflexionó, cómo podría haber llegado hasta esta circunstancia, si hubo como en las Termópilas un Efialtes que lo traicionara y diera su rutina a los uniformados para que lo encuentren y lo maten. Pues Juan ese día tenía la firme convicción que moriría.

También pensó como alternativa disparar a un policía, herirlo o matarlo, aprovechar la confusión y huir. Pero no, esa no era una buena idea, el era bandido sí, pero también era un hombre culto que mantenía ciertos valores morales.

Se recostó en el piso sus poros eran canillas abiertas que buscaban cauce en las arrugas y goteaban generosas gotas saladas sobre su ropa. Esperaba los disparos, la irrupción de la policía por la puerta débil y desvencijada y se quedó dormido. Le perturbaron todo el tiempo el clamor de la batalla: gritos, ruidos de muerte, lanzas de traición, jabalinas de insidia, espadas de maldad, mazas de crueldad todo resumido en un sola palabra y acción: muerte. Habló un rato con Leonidas y le preguntó porque no huyó, no salvó su vida y este le dijo que más que valor o coraje, que más que temple u osadía tenía dignidad. Habló con Jerjes y le preguntó por qué quería conquistar todo el mundo, no escuchó bien la respuesta, se durmió, lo raro es que escuchó disparos, en las Termópilas no hubo disparos, no se conocía la pólvora, entendió que era su fin, que el túnel luminoso se le abría enfrente para transportarlo de esta vida al más allá; era la policía que lo había encontrado y dado muerte. Al final, se dijo Juan, no fue tan feo morir, no tuvo miedo ni dolor. El rojo velo de la pesadilla tiñó de sangre y muerte su viaje onírico.

Juan no quería abrir los ojos, le parecía estar despierto, ¿vivo? Se llenó de coraje y buscó la luz por la ranura fina de sus párpados adormilados, viendo la misma ventana que antes de dormirse, le parecía surrealista, solo le dio mejor razón del escenario vívido el tenue movimiento que mecieron las cortinas columpiadas por el viento. Sintió el peso del revólver en su mano, el arma seguía intacta amartillada aún, con un grande cuidado sujetó el martillo con la mano izquierda y la hizo reposar tranquila sobra la bala para que esta no explotara. ¡Se acordó de la puerta y al mirar hacia atrás pensó verla acribillada a balazos, pero no, estaba intacta! ¿Ese lugar era el purgatorio, el infierno o el cielo? Se levantó, asomándose a la ventana vio la plaza casi seca de los colores azul uniforme y negro bota, sola una ambulancia y un tumulto de periodistas y curiosos.

- A la gran flauta se dijo, estoy vivo- Sigo en el sexto piso, del quinto edificio de la cuarta avenida .

Rápidamente envolvió el revolver en una sábana, no sin antes, borrar sus huellas digitales, se secó la transpiración, comprobó que en el bolsillo izquierdo de su camisa aún estaba su libreta universitaria, abrió la puerta que lo mantenía fuera de la vida, ahora lentamente. Se acomodó la ropa, en el tercer piso vio un basurero muy grande, allí arrojó el arma. Al llegar al primer piso se enteró que la policía había dado muerte a un bandido joven que obviamente no era él. En la planta baja un policía le cortó el paso, le mostró su libreta universitaria, el oficial se cuadró y solo le dijo: adelante señor.

Allí Juan entendió lo que había ocurrido en el sexto piso, del quinto edificio de la cuarta avenida: la batalla de las Termópilas y Leonidas (él) murió realmente como bandido. Solo que en esta ocasión Enfialtes fue su propio prejuicio y Jerjes lo volvió a la vida.

Diego Luján Sartori

Sartori es docente y periodista. Reside en San Vicente. Publicó ocho libros personales y participó en veinte antologías

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