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Las bestias-oráculos

domingo 23 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Las bestias-oráculos

Pequeños seres extraños, pequeños monstruos que trotan, zumban, huyen, arañan, vuelan miran o rascan; ellos encierran un sentido simbólico relacionado con designios vastos. Presiden más o menos a la suerte, y les siguen hasta su escondrijo miradas pensativas.

Las mariposas, pétalos volantes, no auguran nada malo. Son felices mensajeras, como las libélulas que lucen sus maravillosos barnices al sol. ¡Oh divinas libélulas que se aman en el aire! “Ningún gesto de mayor encanto amoroso puede imaginarse, dice Gourmont, que el de la hembra al encorvar lentamente su cuerpo azul, haciendo la mitad del camino hacia su amante, que, erguido sobre sus patas anteriores, soporta, con los músculos crispados todo el peso de este movimiento. Se diría, de tal manera es inmaterial y puro el espectáculo, dos ideas que se juntan en la limpidez de un pensamiento necesario”. Las mariposas hechas de seda impalpable y las libélulas cuajadas en diamantes sutiles son sonrisas fugaces de la naturaleza. Al pasar nos prometen la dicha.

Pero las avispas ocultan un aguijón envenenado, y si bien las negras se limitan a anunciarnos la llegada misteriosa de un olvidado y remoto viajero, las amarillas significan muerte. El escarabajo, sagrado en otras partes, no tiene la menor influencia en el Paraguay; nadie le hace caso. Si encontráis en casa una cigarra, reid y cantad con ella; es portadora de noticias alegres.

Todo lo aturdida que es la cigarra, es sabia la hormiga. La hormiga es alquimista, arquitecta, guerrera y nigromántica. La hormiga entiende el guaraní. No me atrevo a afirmarlo de cuantas especies de hormigas hay, pero no tiene duda el asunto para las guaicurúes, las feroces por excelencia, las que devoran a sus congéneres. Si al cruzar el bosque halláis algún cordón de hormigas guaicurúes y os da la malhadada ocurrencia de decirlas “Adio, âgâ pihare tapejo miche visitabo”, o sea: “adiós, vayan esta noche a visitarme un poco”, descuidad, que os harán saltar de la cama y os dejarán el domicilio devastado por una invasión formidable. Si las habláis pues en guaraní, sed precavidos.

Las molestas, innumerables y fúnebres cucarachas no comprenden quizás los idiomas humanos; sin embargo, se las logra convencer de que deben alejarse, si se emplea un curioso subterfugio. Escribid en un papel la palabra cucaracha, y arrojadlo a la calle. Apenas un transeúnte lo recoja, las cucarachas emigrarán en masa de vuestra vivienda y se irán a la del imprudente.

¿Quién sospecharía que la víbora adivina la preñez, y hasta la respeta? La mujer a quien sale en el campo una víbora, está embarazada y de varón. El reptil se guardará bien de atacarla.

Me satisface en extremo descubrir que la ágil lagartija vaticina felicidad, lo mismo que las ranas y los sapos, cuando son muy jóvenes. Esta rehabilitación de los sapitos, tan graciosos con su trasero clavado en tierra y la cabecita inmóvil y levantada, es muy justa. Las ranitas son aún más pueriles y tímidas. Y cuando ellos y ellas, en la penumbra mojada de los crepúsculos lluviosos, tocan sus guitarras sonoras con desesperado lirismo, es cuando apreciamos el tesoro de sus almas dolientes y románticas. Los yacarés, a pesar de su facha infernalmente sombría, no tienen leyenda. ¿Cómo explicarlo? La América del Sur, según creen los geólogos, pertenece a los más primitivos terrenos que surgen hoy del mar, y formó un tercio del colosal continente antártico en la época jurásica. Nuestros yacarés son los abuelos de los cocodrilos que en África llegaron a dominar los ensueños de las errantes tribus. Hoy aun en Madagascar, la moral y la civilización autóctonas están impregnadas del espíritu siniestro de los grandes saurios. “En el cocodrilo, cuentan los hermanos Leblond, los indígenas se someten a la fuerza y como a la tiranía de la fealdad. Su fealdad les ha herido y la copian en sus ademanes de terror, y la cantan en ritornelos semi-cómicos, compuestos para ser clamados cuando se atraviesa los infestados ríos. Admiran esta fealdad como los anamitas adoran al tigre; algunas familias tienen a mucho honor descender del cocodrilo. Brujos y brujas se ufanan de cohabitar con él en los juncales, habiendo logrado domesticarlos pacientemente, quizá haciéndole comer una cierta raíz que aprieta las mandíbulas...”.

Lo único que del yacaré se murmura es que corrige su propia fecundidad sacrificando una porción de la prole. El yacaré padre condena a los hijuelos que no saben nadar. Para ello lanza al agua un palito, y les obliga a jugar con él. Les observa un rato y se traga a los torpes. En este rasgo vislumbramos el tenebroso ingenio que nació del abismo.

Nada más propio que las alas para llevar los presagios. ¿Por dónde vendrían las buenas o malas noticias con mayor celeridad y misterio que por el aire? Un pájaro que cruza la esfera se parece a un pensamiento. En un rápido símbolo del presente que pasa preñado de futuro. Las aves nocturnas, de vuelo cruel y aterciopelado, de ojos dementes, rodeados de lúgubres ojeras, son de pésimo agüero al otro lado del Atlántico. Aquí las lechuzas y búhos se libran de esta fama; el guira yagua la tiene y fúnebre. Su grito corto y extraño, ¡cuán! significa pozo, tumba. Augura la muerte. El câráu es señal de discordia. Su aspecto es triste. Su historia notable. Ha sido un buen mozo en otro tiempo. Un día que se pavoneaba en el baile fueron a decirle que su madre estaba agonizando. “Lugar hay de reír y no de llorar”, contestó, y siguió divirtiéndose. Cuando volvió a casa, su madre había muerto, y desde entonces el cârâu es la imagen de la melancolía y llora sin cesar. Las palomas traen miseria. El châhâ hace de centinela fiel, como los clásicos gansos. La gallina, se riñe con una compañera, avisa odios, y se olvida de su sexo hasta el punto de imitar el canto del gallo, anuncia desgracia. El pavo real produce antipatía y disgustos; las muchachas que conservan para adorno de sus alcobas las plumas esplendorosas del amigo de Juno, se casan difícilmente, y semejante creencia es signo de la discreción paraguaya, contraria a toda farsante prosopopeya. El pitogüé canta de tres maneras distintas; la una previene visita, la otra boda, la otra revela que está en cinta la mujer que lo oye. La picaflor, prodigiosa y diminuta, es portadora de felicidad; los niños mismos son piadosos con esa concentración aérea de vida frenética y de gracia palpitante; matar una picaflor, atentar contra el pájaro en cuya pintura agotó su talento Michelet, es arriesgarse a que una tempestad destruya la vivienda del culpable. El sitio en que la picaflor cuelga su nido está bendito por la Virgen. Así como las golondrinas sacaron de las sienes del crucificado las púas de la trágica corona, las picaflores sacaron del corazón de la madre de Jesús espinas más agudas y más largas. Pero el cabureí es la joya de la colección. Aporta consigo la salud, la abundancia y el amor sobre todo. Hasta las viejas de dudosa conducta, si disecan y guardan la cabeza del ave, se aseguran galanes generosos. El cabureí tiene su payé; es una mosca negra que viene a verle todos los viernes a las tres de la tarde. Si la mosca perece; su dueño la acompaña.

Cazar un zorro es grave empresa. El zorro es sabio, su poder extenso. Temed sus jugarretas. Quizá os cace a vosotros. Ha hecho en el bosque alianzas con espíritu maligno. Su alarido profetiza desastres, como el aullido lastimero del perro que olfatea la muerte. Sin embargo, se dice que lo que se le aparece al perro es el diablo, y que si uno se unta con la baba del can la frente, y mira por entre sus patas, descubre a lo lejos al mismísimo demonio. Hay un perrito oscuro, pelado, con ridículas canas en el occipucio y en la cola; se le llama peloncho; las personas que padecen malos humores se curan acostándose con él. El pobre animal recibe la enfermedad resignado. El chivo es terrible. Los pelos de su barba, mezclados con tabaco, causan a quien los fume ventosidades que no acaban nunca. La cabra es bicho de Satanás, el cual se muestra a los mortales montado casi siempre en un caballo blanco.

Ese detalle es el único que no me explico bien.

Rafael Barret

El relato es parte del libro El dolor paraguayo, publicado por primera vez en 1911. Barret, de nombre completo Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo, integrante de una acaudalada familia española, desarrolló su labor literaria en Argentina y Paraguay. Murió en 1910 a los 34 años.

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