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Un paquete de yerba en Guaraní

domingo 16 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Un paquete de yerba en Guaraní

El equipo salió a la cancha. Las tribunas se tiñeron de papeles rojo y blanco. Los cánticos no pasaban desapercibidos diez cuadras a la redonda. Era impresionante. Latían los corazones, sonaban los bombos y aturdía la trompeta que llevaba ese hombre de buches elásticos. En los primeros pasos, los jugadores se concentraban mirando a algún lugar fijo en la tribuna, apuntaban y arrojaban un paquete de la yerba mate. Era folklore, era poesía. Esa imagen congelada era sin lugar a dudas su pintura preferida, el momento de mayor felicidad.

Recordó que una vez estuvo cerca de agarrar esa bendición que les obsequiaban sus héroes. Fue Dani Garay el que la arrojó, el seis indiscutido que tuvo el equipo por casi una década. No lo miró, apuntó a algún punto “x” y lo tiró, pero el alambre de púa rozó en el paquete y hubo lluvia verde. El chipero, cerró los ojos, bajó su canasto pero no pudo evitar que se coloreen las roscas amarillas calientes expuestas al rayo del sol.

Ese sol que generaba la reacción natural del llevar la palma de la mano de manera horizontal y usarla como visera. Esos rostros quedaron inmortalizados desde la César Napoleón Ayrault, tanto como los portadores de la franja en el pecho que lo hacían soñar la noche anterior. Eran casi inalcanzables, no los imaginaba con una vida fuera de las dimensiones de la cancha. Para él eran gladiadores.

En su pecho cortaba la franja roja. Era hermosa esa camiseta, era simple, tan simple como ir a la cancha junto a su abuelo, su viejo, sus hermanos, primos y amigos del barrio. Era el ritual de los domingos.

La tribuna siempre ardía, era menester llevar diarios almohadones para poder disfrutar, o no, del espectáculo. Siempre era de tarde. Apostaba que por dos horas, los nervios jugaban entre la satisfacción y el disgusto en las miles de personas que iban modificando distintos estados de ánimo desde sus parcelas de cemento.

Después del partido, se quedaban sentados en el muro frente a su casa esperando que pase algún jugador para saludarlo. De ese modo lo sentían reales, hasta el próximo domingo que volvían a ser inalcanzables. Con sus primos y amigos analizaban el partido, o compartían algún episodio destacado de la tribuna. Y en algunas ocasiones, mientras intercambiaba esos largos sorbos de jugo pasado por yerba.

Los rostros decían mucho, mucho más que el siempre alegre cántico de empuje a los portadores de la franja. Habían dos o tres canciones que sonaban hasta quince minutos y para él era más, porque continuaba en su casa mientras el sol se escondía. El rito de ir a la cancha, culminaba con el último tereré.

Pensaba antes de dormir por qué no podía ser el destinatario de esos paquetes de yerba, que a modo de obsequio lanzaban sus ídolos. Era una especie de obsesión que sólo comprende un pibe que tuvo el privilegio de vivir en la misma manzana de la chancha.

Quizás lo hubiese mantenido a ese trofeo envasado durante algunos años. Por ahí se iba en el tereré de la tarde con los chicos o en un mate de sus viejos. Nunca lo tuvo.

Conocía a algunos hinchas que insultaban o se quejaban de su equipo. Eran bichos raros, pensaba. Estaba prohibido. De hecho, en su entorno nadie lo hacía. Nunca se “puteaba” a ninguno de los que defendían nuestros colores. Jamás. Eran pocos a los que se les escapaba algún que otro grito que exigía los suyos. Miraba a su papá para buscar su reprobación, pero por lo general no decía nada y solo se lamentaba por el desdén de alguien que compartía la tribuna.

Por aquellos años la formación era: “Pico” Salinas, “Dani” Garay, Cabezón” Maggio, “Indio” Vega, Sergio Castillo, “Paragua” Guasch, Hugo Castillo, “Pelado” Balbuena, “Rulo” Sánchez, Lafatta y “Juancito” Peralta. Esos once tenían el paquete de yerba en sus manos que en cada partido de local lo lanzarían al azar.

También conocía a la mayoría de los que estaban en la tribuna. Eran vecinos del barrio o hinchas con los que se encontraban los domingos. No le daba miedo, ni inquietaba la presencia de los “barras”, porque más que “bravos” eran amigos de los fines de semana que hablaban fuerte, contaban chistes y cantaban sin mirar el partido. A veces, el paquete caía en manos de ellos y los envidiaba.

Todo lo que ocurría en ese estadio era su razón de ser, su infancia siempre pasó por ahí, por la infinidad de historias cotidianas que siempre iba acompañado de un tereré con sus amigos. Pero con el paso del tiempo su infancia dejó de ser tal y empezó a hacerse más preguntas que vivir desinteresadamente como un ser hedonista dependiente de su pasión.

Una familia numerosa había conseguido habitar en el sitio que lo hacía feliz, bajo las tribunas. Pero dejó de envidiarlos, empezó a conocer cómo vivían y esto empezó a sonar internamente como el cierre de una infancia desmedida. Fue un click.

Esa curiosidad que sentía por esa familia y su rutina, empezó a ser una pequeña lucha de cuestionamientos a quienes lo rodeaban: su familia y amigos. Ya no eran los custodios del estadio que vivían debajo de una de las tribunas, eran personas que no tenían otro lugar donde habitar. Esto lo llenó de culpas por pensar que alguna vez que eran unos privilegiados sólo por el hecho de estar siempre cerca de los jugadores.

Pasaron los domingos de cancha y esos gladiadores, defensores de esa camiseta que amaba tanto habían dejado de ser tales. Habían mutado a ser jugadores de fútbol que trabajaban de jugadores de fútbol, y después de una campaña vestirían otros colores si la oferta era mejor.

Sus amigos que vivían debajo de las tribunas habían sido desalojados. Con los chicos del barrio dejaron de ser unos ingenuos apasionados a ser exigentes hinchas calificados que pretendían sacar o traer técnicos y jugadores que se acomoden a su visión futbolística.

Su viejo y abuelo se fueron a la platea. Su abuelo ahora es socio vitalicio y su viejo dirigente del club. Los colores de la camiseta, ya no son sólo rojo y blanco, también usan negra, azul, gris y en algún momento hasta una rosada. La franja del escudo pasó de izquierda a derecha a derecha a izquierda. Los hinchas ya no eran los mismos.

Cambiaron de sponsor varias veces. Entendió que ese sueño de agarrar con sus manos lo que venía dentro del campo de juego y de las manos de los jugadores no era más que una estrategia de venta y marketing de una empresa millonaria. De hecho, no podía entender que el dueño de esa millonaria yerbatera utilizó a su niñez para que vaya a comprar su producto al supermercado. Ilusamente, siempre lo asoció con el equipo, con la pasión que unía a su familia y a tantas otras, pero esto no era más que las reglas del juego comercial.

Entendió, que detrás del naif trofeo, habían personas que trabajaban demasiadas horas para eso. Que su trabajo es mal pago y conoció las condiciones deplorables en las que viven. Descubrió, además, que en la cadena de producción hay enormes desigualdades, tal como el mundo en el que habitamos.

Nunca dejo de ir a la cancha, pero nunca más fue el mismo niño que soñaba con ese paquete de yerba mate.

Aunque hace poco volvió a ese año 92 cuando, dentro de un negocio lo vio a “Dani” Garay, aquel que lo había ilusionado con su lanzamiento del bulto que se transformó en lluvia de yerba, y llevaba consigo la marca de siempre en sus manos. Lo saludó y hablaron de su equipo. Dani ya no tenía la cabellera noventosa que llegaba casi hasta la mitad de la espalda, Dani estaba clavo, pero seguía siendo un apasionado, tal como él lo conocía de su infancia. Había bajado a la tierra o él se había subido a su mundo, por eso mantuvieron una pequeña charla. Se indignaron por el precio de la yerba, compartieron visiones del presente de su club y quedaron en tomar un tereré para recordar viejos partidos, planteles y algunas experiencias en las tribunas.

Desde ese momento supo que iba a volver a su infancia, y emocionado por la situación, salió del mercado, caminó recordando todo lo que iba a rememorar a quien idolatró durante tanto tiempo, o potencial amigo y no pudo evitar hacerse un tere antes de sentarse frente a su computadora para contarles este relato.

Guido Encina

Inédito. Encina es periodista, reside en Posadas. Adoptó a la escritura como una actividad alternativa y un pasatiempo al que lo considera desafío permanente.

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