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Mirar de nuevo

domingo 16 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Mirar de nuevo

Aquel jopo no terminaba de convencerlo y entonces o era culpa del peine, o el espejo era muy chico, o la cara muy grande. Y la ropa también tenía sus problemas. Cuando la lavandera traía limpio y planchado un pantalón de los buenos, llevaba para lavar una camisa de las mejores. Bah, no eran tantas. Tenía a lo sumo tres o cuatro juegos de ropa y nunca estaban perfectos: o les faltaba un botón o alguna costura había cedido. Cuando la lavandera dijo hasta mañana, corrió a desatar los fardos de ropa, con olor aun a plancha, y retiró las prendas que juzgó más pasables, alisando los dobleces para borrarlos y las colgó en una percha.

Toda la casa estaba construida de madera, lo mismo que la escuela contigua, y ambas se hallaban pintadas a la cal. En la galería del frente se respiraba un hálito de fiesta. Las columnas de cedro habían sido adornadas con ramas de pindó en forma de arcos y algunas cintas del color de la bandera pendían como emergiendo de pronto del verde oscuro de las hojas. Ernesto recostó la cabeza entre las ramas y aquella obsesión volvió con un claro perfume de ensueño, como el regreso de la calesita o los zapatos en la ventana de la noche de reyes. Volvió a pensar en el color de la ropa, en su figura un poco esmirriada de niño de cuarto grado, cabezón, delgado y tímido, y los dedos de la mano derecha recorrieron de nuevo el borde de la nariz. “¿Qué figura tendré de costado?”, pensó, y luego inició una carrera porque oyó que lo llamaban desde la casa. “Ernesto, Ernesto, se enfría el té” y luego: “¿Quién desparramó las ropas que trajo la lavandera?” Era la voz de su madre que junto a su padre conversaba en el comedor con un joven a quien en su ausencia llamaban “el censista” y que ahora llevaba bajo el brazo un carpetón lleno de formularios impresos y marcado en parte con tinta azul. Comentaban los preparativos para la fiesta patria, al día siguiente, y la prosecución del censo el 26 de mayo, puesto que había que devolver los papeles en pocos días, “Censaremos recorriendo las chacras de sur a norte. Por último, las del cerro comenzando por el arroyo López”. El cencista asintió. “Usted manda, señor. Yo sólo le pido un caballo manso como el de ayer y entonces no tendré problemas”. Ernesto los siguió hasta la caballeriza, un cobertizo de troncos y tacuaras, con techo de tablitas. Pero ya no escuchó sus palabras y apenas vio que gesticulaban entre el vaho de estiércol y el movimiento nervioso de los animales. Caminó persiguiendo a las mariposas de colores por el camino del arroyo y pronto comenzó a sentir el rumor de las aguas tranquilas corriendo por una pendiente que había que adivinar. ¿Era un capricho de las aguas huir hacia alguna parte? Aquí siempre lo hacían hacia la derecha de su casa, hacia donde vivía ella. Sí, daban deseos de seguir el curso de las aguas hasta llegar a un punto desde donde se divisara un lugar con un verde potrero y una casita de madera con paredes blancas y techo rojo, y en una ventana mirando...

Después de cenar su madre estuvo repasando el programa para la fiesta del día siguiente. En tercer lugar Ernesto vio su nombre al lado de una poesía y después estaba el de ella. Lo demás no le interesaba gran cosa. Muchas veces la oyó ensayar y aquellas golondrinas que alguna vez volverían ya estaban demorando demasiado. Como otras veces buscó entre la pila de cuadernos del grado de su madre y allí estaba “su” cuaderno, la letra redondita, las ilustraciones delicadas y la firma extendida con aquella especie de nombre mágico: “Aurora”. Seguramente venía con el amanecer, con el trino de los pájaros, con el misterio de los colores formándose en el cielo. Cerró cuidadosamente el cuaderno y volvió a colocado en la pila. Ahora todo estaba mejor, podría cenar, escuchar la radio y luego acostarse para jugar unos minutos más con los pensamientos.

Los padres comentaban con el censista el éxito de la fiesta. Los números habían salido perfectos. Sobraron muchas golosinas enviadas por la cooperadora para repartir entre los niños. “Ernesto quiere acompañamos”, dijo el censista. “Déjelo, señor, Haremos las últimas casas que quedan cruzando el arroyo”. El niño corrió a ensillar su caballo petiso. Intuyó que irían a la casita de la ladera, la de la gramilla verde y el techo rojo. Siempre la había visto en la escuela, ahora la vería en su propia casa, podría conversar con ella en el patio mientras los hombres rellenaban aquellos formularios. La verdad, nunca había conversado con ella fuera de un hola o un chau, pero sabía que su vocecita era un sueño y vestía ropas de colores vivos. Otra cosa, antes de irse ella lo miraba de una manera especial. A veces sólo lo saludaba con esa mirada.

Por fin llegaron a la casa. Era la última que debían censar en esa jomada. “La casa siguiente corresponde a la otra escuela”, dijo su padre. En cierto modo era un alivio. Cruzaron un sendero al borde de la gramilla verde, separado de la misma por bananos sin frutas. La casa de madera no estaba pintada. Fueron atendidos por el padre de ella y el niño permaneció afuera, al lado del petiso, como aguardando alguna supuesta invitación. Ella apareció un instante y le dijo “hola” para desaparecer inmediatamente como si hubiese estado realizando una tarea impostergable.

Cuando regresaban, ya cerca de la escuela, el censista comentó: “Parece mentira que esa chica tenga 16 años, es más menuda que Ernesto”. Este detuvo de golpe el petiso y escuchó decir a su padre: “Tal vez sea culpa del bocio. No es fea la chica, pero toda la vida será una enana”.

Marcial Toledo

Del libro La tumba provisoria. Toledo fue poeta, periodista, abogado, profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación.

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