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La playa

domingo 16 de octubre de 2022 | 6:00hs.
La playa

Ésta es una historia muy triste y real que le pasó a mi tío Negro, y cuando termine de contarla, no la van a poder creer.

Al tío Negro le gustaba mucho la pesca, y le dejó de gustar el día en que ocurrió esta desgracia.

Un fin de semana organizaron para ir de pesca con un vecino, don Markovic, que también era un gran pescador, igual que su hijo Raúl, de doce años. El cuarto pescador era Gerardo, el hijo del tío Negro, o sea mi primo, que tenía once años.

La cosa es que ese viernes partieron en la estanciera del tío Negro rumbo al río Paraguay. Llevaron su lanchita y las provisiones para armar un campamento por dos o tres días. Tenían una carpa canadiense para cuatro personas, muy linda, que hacía poco habían comprado.

Cuando llegaron al Puerto Las Palmas ya eran cerca de las cinco de la tarde. Bajaron la lanchita y dejaron la estanciera debajo de unos paraísos.

Embarcaron todas las cosas y se largaron al río. Tenían que hacer unos cuantos kilómetros aguas arriba para llegar al lugar donde iban a hacer el campamento, un lugar muy lindo, con mucho pique y al que no se podía llegar por tierra. El lugar era la desembocadura del Río de Oro.

Allí había una playita de unos veinte metros de largo por cinco de ancho, y una gran barranca como de tres metros. Decidieron armar la carpa arriba, porque en la playita estaría muy cerca el agua, y si por ahí subiera un poco el nivel a la noche, tendrían que desarmar todo a las disparadas y trepar la barranca. Además, ningún pescador arma su carpa a la orilla del río, porque es peligroso.

La cosa es que apenas llegaron, Gerardo y Raúl ya se pusieron a armar la carpa bajo una arboleda cerca del borde de la barranca. Ya estaban bastante baqueanos para armar, y cada vez lo hacían más rápido. La lancha quedó amarrada a un sauce petiso en la playita.

Ya oscurecía cuando terminaron de organizar todo el campamento. Hicieron un lindo fueguito y acomodaron todas las cosas, para que a la noche nadie anduviera en la oscuridad pateando latas o cañas de pescar.

Siempre tenían por ley que el primero que sacaba un pescado no lavaría los platos ni cubiertos, ni tendría que buscar leña o hacer fuego durante todo el tiempo que estuvieran allí.

Así fue como a eso de las ocho de la noche se comieron algunos picadillos y sardinas, y bajaron los cuatro a la playita para comenzar la pesca. Hicieron otro fueguito ahí abajo, prendieron un candil y lo pusieron en un hueco en la barranca para que el viento no lo apagara. Cada uno tenía su linterna, ya que uno nunca sabe lo que le puede pasar a la noche y es mejor andar siempre con la linterna en la cintura.

Cada uno tiró su liñada y Gerardo se puso a probar suerte con un mojarrero. Eso sí, sacar algo con el mojarrero no valía para el concurso, porque sacar una mojarrita o cuchilleta era una cosa demasiado fácil como para ganarse el derecho a estar pancho durante toda la pesca.

A partir de ese momento ya hablaban muy poco y en voz baja, para no espantar a los peces, claro. A la media hora, don Markovic tuvo una linda corrida, le pegó un tirón y lo enganchó: era un manduré-cuchara de unos tres kilos.

—¡A ver si aprenden a pescar! —bromeó don Markovic.

Serían cerca de las once de la noche cuando ya habían pescado tres mandurés, un surubicito medio chicuelo y dos palometas. El almuerzo para el otro día ya estaba asegurado.

—Vamos a pescar hasta la medianoche —dijo el tío Negro— y después nos vamos a dormir, así mañana nos levantamos bien temprano y aprovechamos que a esa hora hay buen pique.

Después de decir esto comenzó a juntar sus liñadas, la pavita, el mate y el banquito, y llevó todo arriba, al campamento. Se puso a ordenar la carpa y a revisar con la linterna los alrededores, no fuera a ser cosa que por ahí se metiera una víbora o cualquier otro bicho en la carpa.

En eso estaba cuando de pronto escuchó un gran ruido: parecía un estremecimiento, un temblor, como si fuera el ruido de grandes olas, y también gritos de sus compañeros y pedidos de auxilio. Sin dudarlo corrió hasta el borde de la barranca para bajar a la playa, pero... ¡¡la playa no estaba!!

—¡¡¡Gerardo, hijo!!! ¡¡¿Dónde están?!! ¡¡¡Markovic!!! ¡¡¡Raúl!!!...

Con toda la desesperación de un padre y de un compañero de pesca, el tío Negro gritaba enloquecido y alumbraba con la linterna, sin saber qué había pasado, sin entender nada. No podía creer que allí no estuviera la playa, y ahora también se daba cuenta de que... ¡¡¡tampoco estaba la lanchita!!!

—¡¿Qué pasó, Dios mío?! —gritaba implorando el tío.

De pronto alumbró hacia el río, y allí vio un cuerpo que chapoteaba y agitaba los brazos, gritando y pidiendo auxilio. Era Raúl, a unos diez metros de la barranca, tratando de nadar.

—¡¡No te desesperes, Raulito, y nadá para la costa!! ¡¡¿Dónde están los otros?!!

Y Raulito no podía ni hablar, porque entre la desesperación y querer pedir auxilio y nadar, se estaba tragando toda el agua del río Paraguay.

De pronto, el tío vio a unos veinte metros de la costa un bulto blanco que asomaba: era la panza de la lanchita, que se había dado vuelta patas para arriba, y ahí sobre la panza, prendido como una garrapata, estaba Gerardo...

—¡¡¡Papaaá, papaaaaaaá!!! ¡¡¡Ayudame, por favor!!! ¡¡¡Me estoy ahogando!!! —gritaba Gerardo, sin dejar de aferrarse a la panza de la lanchita.

—¡¡¡Agarrate fuerte, hijo!!! ¡¡No aflojes, no te sueltes de la lancha!!

—¡Papaaaaá, la correntada cada vez me lleva más lejos de la costa, ayudame!! —imploraba entre llantos Gerardo.

Y era cierto. La correntada, que en esa zona era muy fuerte, lo estaba llevando cada vez más lejos de la costa; y el tío, con su linternita, ya no veía casi nada, había perdido de vista a su hijo y a Raulito. Todo era oscuridad. Los gritos de los chicos hacían que se desesperara cada vez más por no poder hacer absolutamente nada para ayudarlos, ni siquiera ver dónde estaban.

Raulito siguió nadando y se prendió a unos sauces y alisos sobre la costa, y desde ahí empezó a gritarle al tío:

—¡¡¡Don Fernández!!! ¡¡¡Don Fernández!!! ¡¡Yo llegué a la costa, ya estoy seguro aquí, trate de ayudar a Gerardo y a mi papá!! ¡¡¿Dónde está mi papá?!! ¡¡Papá!! ¡¡¡Papaaaaaaá!!!

Y ahí, en ese ambiente de desesperación, oscuridad y gritos, el tío se dio cuenta de que no había visto por ningún lado a Markovic, y que tampoco lo había escuchado gritar.

—¡¡¡Gerardo!!! ¡¡¡Markovic!!! ¡¡¡¿Dónde están?!!!

Gerardo, que cada vez estaba más lejos de la costa, en pleno río y en medio de la oscuridad, lloraba y suplicaba:

—¡¡¡Salvame papá!!! ¡¡¡Salvame, por favoooor!!!

Y como en el río se escuchan todas las cosas como si estuvieran cerca, unos pescadores que estaban anclados a unos trescientos metros del lugar escucharon los gritos y empezaron a alumbrar con sus linternas, para tratar de tranquilizarlos.

—¡¡Tranquilos, muchachos, tranquilos!! ¡Ya vamos para allá a rescatarlos!

Pero como siempre pasa, cuando viene la desgracia, nunca viene sola. Esos pescadores no podían hacer arrancar su lancha, y le daban y le daban al piolín del motor, y nada. Mientras tanto, a la lanchita patas para arriba la seguía arrastrando la corriente, con Gerardo aferrado a la panza.

El tío Negro gritaba de desesperación y de impotencia. Estaba en la barranca y no podía intentar nada, porque sin lancha y en la oscuridad era imposible hacer algo. Ya ni siquiera podía oír a su hijo, y no sabía si se había ahogado o la corriente lo seguía llevando cada vez más lejos. Lo único que escuchaba eran los gritos y llantos de Raulito, que estaba en algún lugar de la costa donde tampoco podía verlo:

—¿Y mi papá, don Fernández? ¡¿Dónde está mi papá?!

De pronto, escuchó que el motorcito de la lancha de los pescadores empezó a marchar y se alejó río abajo. Parecía que seguía a la lanchita y a su hijo.

Con mucho cuidado, y alumbrando apenas porque su linterna ya se estaba quedando sin pilas, caminó por el borde de la barranca y llegó al lugar donde estaba Raulito.

Allí no había playa, sólo la barranca a pique, y abajo, entre sauces y alisos, estaba prendido Raulito, que ni por casualidad podría salir de ahí solo, porque no había forma de treparse para escalar esa barranca.

Con el machete, el tío cortó una vara de aliso bien gruesa, como de cinco metros de largo, y bajó la punta hasta el sauce donde estaba prendido Raulito; hizo calzar ese extremo de la vara contra una horqueta, y tomándolo con firmeza desde allá arriba, dijo:

—Raulito, empezá a treparte como si fueras un mono. Esta vara es bien fuerte y no se va a romper, así que vos agarrate y enrollate, y empezá a subir despacito, mirá que, si te caes, te vas al agua...

—Sí, don Fernández, me voy a agarrar bien fuerte...

Y Raulito empezó a trepar como si fuera un monito miriquiná. Se enrollaba con las manos y con las piernas, y subía despacito, hasta que llegó arriba; y ahí lo agarró el tío, lo abrazó y empezaron a llorar juntos.

Después de que se calmaron, Raulito empezó a contar lo que pasó en la playita.

—Estábamos conversando y mi papá dijo: “Chicos, parece que está subiendo el agua, vamos a empezar a juntar las cosas”, y enseguida nomás ya teníamos el agua por arriba de los tobillos, y antes que pudiéramos hacer algo, de golpe nos llegó a las rodillas, y ahí nos dimos cuenta... el río no subía, sino que... ¡¡¡nos estábamos hundiendo!!! No habremos avanzado ni tres metros para llegar a la barranca, cuando sentimos que nos quedábamos sin piso, y ahí nos zambullimos todos y también la lancha. Yo pataleaba, y quería gritar y tragaba agua, y me hundí, no sé cuantos metros. Cuando volví a salir, estaba lejos de la costa.

Allí, en el campamento, pasaron toda esa angustiosa noche los dos solos, uno sin su padre, el otro sin su hijo, rodeados por la inmensa oscuridad y el ruido del río. Recién a las siete de la mañana llegó una lancha de la Prefectura a rescatarlos.

Ahí se enteró el tío Negro de que a Gerardo lo habían salvado y sólo tenía algunos golpes y un susto bárbaro. Lo levantaron en una empalizada en el recodo del río, ya que la lanchita entró en un remanso y se encajó ahí; así los pescadores pudieron alcanzarla, lo rescataron y lo llevaron hasta el puerto. A la lanchita la dejaron ahí, en el remanso. De don Markovic, nadie sabía nada.

Casi en silencio, Raulito comenzó a llorar.

Cuando llegaron al puerto, el tío hizo la denuncia por la desaparición de su compañero, completaron algunos papeles y subieron a la estanciera y volvieron a La Leonesa. Todos estaban muy tristes y afligidos.

Y así fueron pasando los días, sin saber nada del pescador, hasta que, a la semana, una tarde, llegó un vehículo de la Prefectura. Se bajaron dos hombres con uniformes, golpearon las manos y preguntaron por la señora de don Markovic.

Le venían a informar que esa mañana, debajo del puente Chaco-Corrientes, habían encontrado el cuerpo.

Hugo Mitoire

El relato está incluido en el Vol. 2 de la serie Cuentos de terror para Franco. Editorial De La Paz. Resistencia – Chaco. 2006. Mitoire ha publicado además los libros La cacería (2014), Crispín Soto y El Diablo (novela fantástica), Historia de un niño-lobo (novela fantástica), Mensajes del más allá (novela fantástica), entre otros

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