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Humanismo contra el consumo (que nos consume)

martes 11 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Humanismo contra el consumo  (que nos consume)

Comencemos por una constatación neurológica: el desarrollo de nuestro cerebro, así como de sus conexiones sinápticas, depende en gran medida de los estímulos que proceden del ambiente en el que ese cerebro se desenvuelve. Si tenemos en cuenta que las principales conexiones neuronales –que después se irán desarrollando a lo largo de la vida– quedan constituidas en la adolescencia, deberíamos hacer mucho hincapié en la cantidad y calidad de estímulos a los que nuestro cerebro está sujeto en edades tempranas: en cómo estamos educando a nuestros niños, niñas y jóvenes. Se ha recalcado hasta la saciedad que nuestro cerebro se caracteriza por su plasticidad; es decir, por la capacidad para adaptarse a nuevos registros estimulares y contextuales, para adaptarse al cambio. Ahora bien, también es cierto que a nuestro cerebro le cuesta mucho desaprender ciertos hábitos y conductas que ha introducido como recurrentes en su normal funcionamiento. Ya apuntó Aristóteles hace más de dos milenios que el hábito es el principio configurador de nuestra vida. Por esta razón, en una sociedad dominada por la hipertrofia de nuestra atención, a la que exponemos a una cantidad ingente de estímulos de toda clase, deberíamos plantearnos seriamente qué ventajas e inconvenientes encierra un modo de desarrollo biográfico y social en el que priman la inmediatez y la rapidez en cualquier proceso vital. A nuestro alrededor, todo gira en torno a un consumo desbordado, presentista y constante, que nos introduce en una peligrosa y perversa dinámica devoradora y compulsiva. De hecho, podríamos postular que los límites y fronteras del tiempo cronológico se han desdibujado. Ya no medimos el tiempo en segundos, minutos u horas, sino en cantidades que, si bien asociadas al tiempo, pueden ponderarse en base a cuántas unidades o porciones de algún producto consumimos: podcasts, películas, series, libros, aprendizaje de idiomas, viajes o incluso relaciones sexuales. La tiranía neoliberal del número, del cuánto, ha eclipsado a la importancia del cómo, es decir, del modo en que se hacen las cosas. No interesa la manera en que se desarrolla la vida, sino cuántas cosas cabe consumir en la vida.

(...) Silenciosamente, los aparatos que empleamos a diario de manera tan inocente como inconsciente han introducido y estandarizado una dinámica de consumo de nosotros mismos. Exponer nuestra atención a una cadena sinfín de estímulos debilita la capacidad no sólo para detenerla, sino también –y sobre todo– para cuestionarla. Algo que, incluso, tiene efectos morales, políticos y éticos en la sociedad: el pensamiento discrepante, crítico o disidente queda condenado o señalado. (...) Es esta la tiranía de un progreso mal entendido, de un totalitarismo de la estupidez, la superficialidad y la consiguiente imposibilidad para ahondar en nuestras experiencias. Bajo el imperativo de la rapidez y de la inmediatez resulta difícil, cuando no incluso excéntrico y hasta vituperable (‘no has sido capaz’, ‘no estuviste a la altura’, ‘no alcanzaste los estándares’), intentar hacer esas experiencias más lentas para disfrutarlas y degustarlas; es decir, para encontrar el tiempo propicio para cada una de ellas. El amor, el paseo, la lectura o la escritura, afortunadamente, no exigen el mismo orden temporal que comprobar cuántas notificaciones tenemos en Twitter o Instagram. Y sin embargo, todas las experiencias de la vida que nos alejan de esta mecánica de las prisas corren el riesgo de ser seducidas por –y reducidas al– patrón consumista; con ello, sucumbimos a la dolorosa amenaza de acabar igualmente consumidos en medio del estrés, la angustia y la tristeza por no poder alcanzar ‘lo exigido’ y ‘lo esperado’. Lo realmente preocupante de la imposición de tales velocidades es que hemos introducido la aceleración y la urgencia en procesos que, esencialmente, responden a otras necesidades temporales (lectura, escritura, escucha de música, contemplación de un paisaje o relaciones personales). Y por supuesto, la política: la polarización y los extremismos están servidos cuando no existe tiempo para pensar.

Entonces, aparecen los libros de autoayuda, con sus dulzonas promesas para hacernos ‘entrar en razón’ y adecuar nuestras vidas a lo que se espera (y se exige) de nosotros. La psiquiatra Marta Carmona y el médico Javier Padilla lo han señalado y denunciado de forma contundente y certera en su libro Malestamos. Cuando estar mal es un problema colectivo (Capitán Swing): “Si el sufrimiento psíquico se entiende como desadaptación y se trabaja para que el sujeto pueda volver a adaptarse al mundo, es fácil incurrir en hacerle adaptarse a una situación inadmisible”. Aluden, después, a una incómoda y potencialmente insoportable tensión “entre un sistema cada vez más invivible y un planteamiento del sufrimiento (y de la ayuda frente a él) que no es capaz de plantear una enmienda a la totalidad de ese sistema enfermante”. Ya lo había indicado Mark Fisher en su Realismo capitalista (Caja negra): “No hay una cura privada para tus problemas. Ese malestar sólo puede tratarse construyendo a su alrededor relaciones más potentes que las fuerzas que lo producen”. No seré yo quien caiga en una insuficiente y exclusiva denuncia de las estructuras socioeconómicas: el sujeto también tiene responsabilidad. Ahora bien: responsabilidad, no culpa. El actual estado de nuestras vidas, que se desenvuelve en un incómodo (pero paradójica y dolorosamente soportable) malestar, ha de dar paso a soluciones de carácter social y comunitario auspiciadas por un cambio en la manera en que pensamos y acogemos nuestras vidas a nivel individual. Educadores, profesores, familias y profesionales de la cultura debemos tomarnos en serio cuánto nos va en ello. Y nos va, nada más y nada menos, la homogeneidad de pensamiento y la incapacidad para generar opciones divergentes a lo establecido. Lejos de las estrategias mercadotécnicas y económicas, que exigen a la ciudadanía una capacidad de adaptación permanente y lacerante y una competencia de consumo para estar “a la altura de los tiempos”, deberíamos remarcar el valor de un humanismo que se ocupa de los asuntos comunes. Y luchar, sin descanso, por que el enfoque humanístico (en la impartición de cualquier asignatura y en cualquier proceso educativo) actúe como dique de contención, como pensamiento alternativo y como voz contra el discurso hegemónico -el de seguir la corriente y soportar, el de consumir mientras somos consumidos- y, a la vez, desarrollar una capacidad ‘resiliente’ que nos haga aguantar esa invivible e inhabitable cadena predatoria. Basta de recetas felicifoides, falsas y pervertidoras.

Si de algo carecemos, precisamente, es de alternativas frente al imperio de las prisas y de la inmediatez, del consumo y la producción. El tiempo de ‘aguantar’ y ‘resistir’ ha acabado. Necesitamos un tiempo de construcción (o reconstrucción), de apelar a la reflexión como forma de acción frente al imperio del consumo rápido, que exige que vayamos de deseo en deseo como si de productos se tratara. Podemos y debemos educar nuestro deseo. Y nada habrá jamás más poderoso que una voluntad que no sólo desea, sino que sabe por qué y cómo quiere desarrollar y satisfacer su deseo. Nadie habrá más convincente que quien se toma el tiempo para perder el tiempo: para pensar en cómo y por qué actuar.

Por Carlos Javier González Serrano
Para Ethic

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