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¿A quién espera, Viejo Pérez?

lunes 10 de octubre de 2022 | 6:00hs.
¿A quién espera, Viejo Pérez?

Si abordamos la temática de la comunicación de los adultos mayores, o en castellano antiguo viejos, apreciamos en la vida de la mayoría de ellos que comparten mucho más tiempo que en etapas previas. Algunos trabajan menos, otros se han jubilado. Cuando esta comunicación posee limitaciones, la persona puede sentirse aislada de su entorno, o generar sentimientos de soledad, depresión, incluso alteraciones en su conducta y también en las relaciones sociales.

Don Pérez se había retirado del trabajo activo y luego de ello comenzó con alteraciones en su conducta por razones difíciles de explicar. Todos los días a las diez de la mañana se sentaba en un banco, ubicado a un costado del camino rodeado de una arboleda, esperando a su esposa Rosa, que trabajaba en un supermercado llamado La Primavera.

Cuando la ciudad era más pequeña, la señora empezó a laborar en el almacén de ramos generales de un italiano a quienes todos llamaban Luigi, escapado de la guerra para instalarse en América. El almacén se convirtió en supermercado al fallecer su dueño y sus hijos quedaron a cargo de la empresa.

Los almacenes eran atendidos casi siempre por sus propios dueños y uno o dos empleados; Rosa era una de ellas, de absoluta confianza del europeo por su honradez y amabilidad con los clientes. Al transformarse en supermercado, los hijos de Don Luigi, que llamaban afectuosamente ‘tía’ a la señora que los vio crecer, le encarecieron que permaneciera en la nueva empresa, lo que ella aceptó incluso luego de sobrepasar su edad para jubilarse.

Don Pérez o el Viejo Pérez era un poco mayor que su señora, se tornó un tanto desaliñado y parecía poseer más edad de la que verdaderamente tenía. Con una precisión suiza todos los días a las diez de la mañana se sentaba en un banco de madera; con su vieja gorra, un morral donde guardaba tabaco para armar cigarrillos y restos de pan que convidaba a las palomas que eran su compañía permanente.

Las personas que cruzaban por el lugar le interrogaban:

-¿A quién espera, Viejo Pérez?

–¡A mi Rosa! -contestaba.

El Viejo decía mi Rosa en un sentido figurativo, para él ella era su flor, su amor de siempre, la razón de su vida. En la vieja casona donde vivieron siempre, antes de venir a esperarla, organizaba desordenadamente el almuerzo, colocaba los cubiertos y dos platos para compartir la comida.

El Viejo Pérez hablaba en voz alta, saludaba a los transeúntes y les dirigía monólogos a las palomas:

–Cuando lleguemos a casa, empezaremos con un antipasto y luego fetuccini, el plato preferido de Rosa, una copa de vino y por la tarde iremos al arroyo como siempre lo hacemos.

Cerca del banco de madera cruzaba un desagüe pluvial, él lo confundía con el arroyo que prefería su esposa. El ruido del agua circulando lo trasladaba a un romántico encuentro con su compañera.

–Podemos ir después de comer y regresar al anochecer, el tiempo se detiene para nosotros y no existe absolutamente nada que pueda modificar nuestros momentos felices -decía mientras sus ojos brillaban.

-¿Dónde está Rosa? -preguntaban los jóvenes.

–En el supermercado trabajando, pero ya vendrá por mí.

Ensimismado, el Viejo Pérez en algunas mañanas traía pulloveres de su mujer, pero eso poco le importaba.

–La manera de vestir no hace a la persona, lo que importa es lo que lleva dentro -sostenía.

Podríamos decir que el hombre que a las diez de la mañana se sentaba en el banco de madera ya era parte del paisaje. Como prefería la soledad, colocaba su gorra a un costado para que nadie ocupase su tiempo ni su espacio.

Continuó con algunos trastornos de conducta, en ocasiones manifestaba que iba a regresar a su vivienda para controlar que todo estuviese en orden para el almuerzo y no recordaba correctamente el camino por donde debía ir. De la que nunca se olvidaba era de su Rosa, a la que siempre esperaba.

El matrimonio tuve tres hijos que no convivían con ellos. Ante los inconvenientes que observaban en su padre, intentaron llevarlo a vivir con ellos o a un hogar de ancianos donde fuese cuidado correctamente.

–¡Voy a seguir viviendo en la casa donde siempre viví con Rosa! ¡No hay motivos para que vaya a otra parte! -sostenía con firmeza.

En verdad Rosa había fallecido hace cinco años como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio; el Viejo Pérez ingresó en una intensa depresión, que lo llevó incluso a negar la realidad. Para él Rosa no había muerto e iba a esperar que regrese del supermercado.

Los seres humanos son tan distintos unos de otros que pueden imaginarse cosas de un mundo irreal, incluso dar por cierto hechos que no existen para atenuar su dolor o esconder su propia enfermedad.

El banco de madera ahora está vacío, quizás el Viejo Pérez se fue con su Rosa, sólo se escuchan algunas voces al pasar que dicen:

“¿A quién espera, Viejo Pérez?”.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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