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Mis últimos días

domingo 09 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Mis últimos   días

Ese año me machucó bastante física y emocionalmente, golpeado en cada rincón de cada mes día a día, solo derrotas. Estaba caminando por el boulevard mis ojos curiosos miraban las vidrieras leyendo ofertas que solo eran mentiras, de las mesas en la vereda me invadían aromas del café, cervezas, de los sándwiches de miga, el perfume de las mujeres más preciosas, tabaco y carcajadas de gente que buscaba hacer una pausa a la rutina para disfrutar alejados de las responsabilidades. Yo continuaba el trayecto en busca de un libro que decore mis soledades, y es lo último que recuerdo.

Abrí los ojos, estaban casi secos, me ardían mientras la luz de una linterna hería mis pupilas, mi condición era inestable. La salud me estaba traicionando ya eran cinco los días abrazados al suero y odiando mis aburridas comidas sin sal repartidas en porciones que no lograban calmar mi apetito.

“No tienen una milanesa con puré”- dije. El doctor y sus practicantes solo sonrieron. Al sexto día se podía recibir visitas, estaba ansioso, me preguntaba quién sería la primer persona en querer verme.

Se abrió la puerta, “permiso” se asomó con sus ojos llorosos, pero ella siempre tan valiente, no logró decir nada más, solo me abrazo fuerte y para ese sexto día fue un abrazo que me dolía por la debilidad en mi cuerpo pero mi alma se alegró mucho. Luego de charlar unas horas se despidió besando mi frente “te amo, nos vemos mañana” dijo. Aunque ambos sabíamos bien que ese mañana jamás llegará por sus días cargados de rutina. Logré sonreirle y me dormí.

Confundido aparecí en una feria de esas que son cuadras largas llenas de ropas, comidas, juguetes y muchas cosas más, había mucha gente pero entre la multitud estaba un viejo conocido que no veía hacía tiempo. Caminamos un rato largo en silencio, luego le conté lo que me estaba pasando “todo va a estar bien” decía. Llegamos a la última cuadra de esa feria, me invitó un mate y jamás cambió su postura con su brazo derecho apretando el termo a su cuerpo, siempre fue bueno en el arte de hacer mates. Me contó qué hizo todo este tiempo. Al parecer cumplió sus metas o al menos las que más deseaba. Lo felicité y me puse contento, me alegraba saber que los míos a pesar de años y distancia estaban triunfando. “Bueno, me voy nos vemos pronto” dijo.

Mire alrededor y la feria ya no estaba, había aparecido en una plaza la cuál era mi refugio cuando me escapada del colegio, en esas hamacas con un jean gastado al igual que mi camisa y unas zapatillas blancas. En esas mismas hamacas vi una silueta femenina, me acerqué y con una voz aterciopelada me dijo: ¿Qué haces solo por acá? Ella era mi cómplice de esas travesuras en la secundaria, nosotros teníamos interminables historias de fracasos amorosos, siempre amoríos veloces que no tocaban más que la piel de nuestro sentir, entre risas y abrazos el día se fue apagando y ella se despedía a carcajadas de chistes que solo ella podía entender.

“Nos vemos en un rato”, me dijo. Hace años que no la pasaba tan bien como ese día que pude coincidir con mis grandes y siempre entrañables amigos de la vida.

La plaza se fue así como la feria y en el horizonte no había más nada, al parecer todo era un sueño y estuve mucho tiempo a solas, pero con calma ya que siempre adoré los espacios oscuros y la soledad. De repente un pinchazo en mi brazo me trajo hasta el hospital nuevamente. Un aire de asombro se respiraba en la habitación porque después de veinticinco días me había despertado, lo que había sido un sueño para mí en realidad fue un temido estado de coma.

Muchas preguntas ¿Quién soy? ¿Cuántos dedos veo? ¿Qué día es hoy? Contesté cada pregunta perfectamente como un abanderado de la clase. “Lo quieren mucho” decía la enfermera mientras me leía mensajes de personas que no veía hacía tiempo pero ahora me deseaban pronta recuperación. Me puse a pensar en ¿recuperación de qué? Yo me sentía bien, pero no veía bien era un estado difícil de explicar.

Leí el diario, 12 de julio de 2008, todas noticias malas siempre en la tapa. La enfermera preguntó de qué signo era, capricornio contesté y ella señaló la última hoja donde aparecía el horóscopo. Yo solo sonreí y recordé que una tía me había dicho que el horóscopo es un invento de los hombres porque solo son mentiras. La enfermera soltó una carcajada y se fue. Debajo del horóscopo estaba el estado del tiempo que anunciaba una tormenta para esa tarde.

Pasadas las 0 horas de esa noche se cumplió treinta días en la misma cama, en el mismo lugar, con la misma comida sin sal. Los párpados me pesaban mucho y deseaba soñar con mis amigos una vez más. 02:30 de la madrugada hora de la medicina, pastillas y un vaso de agua todo listo para seguir con mi noche. Antes de irse le pregunté a la enfermera cuál era su nombre. “Ángeles”, dijo. “Muchas gracias le dije por todo el cuidado y la paciencia conmigo”. “Buenas noches” respondió ella y se marchó .

Me desplomé y de la nada aparecí en el boulevard, mucha gente demasiados pasos y ruidos para mí gusto, no sabía para dónde ir. Cuando el enojo y la frustración estaban invadiéndome sentí que me tomaban de la mano y era ella “te tardaste me dijo” lleno de lágrimas solo supe abrazarla y como un loro solo repetía lo mucho que la había extrañado.

Ella tenía en su cartera una muda de ropa para mí, eran mi remera favorita y un jean que usaba hasta para dormir, me cambié y ella me dio unas gafas oscuras que yo solía usar para escapar cada tanto del sol. “Listo, vamos “, me dijo yo solo confiaba en sus pasos no me interesaba saber dónde me estaba yendo, solo estaba contento de ir con ella. Del boulevard a la feria, de la feria la plaza, fue muy rápido el recorrido y de repente un pasillo iluminado.

Estábamos en el hospital, en mi habitación en ese pasillo donde pasé treinta días. Me asombró ver tanta gente querida, algún que otro personaje que yo creía no me quería, o al menos nunca fue buena persona conmigo; todos ahí incluso yo ¿se habrán enterado que me recuperé? pensé. Cuando me fui acercando el ambiente se puso amargo, desgarrador y muy triste. Ahí lo vi, me ví, después de treinta días logré ver mi rostro tapado de ojeras muy amarillento con las pupilas apagadas y sin vida.

Tantas personas buenas y malas en mi deceso. Hubiera deseado que los ingratos no me vieran así, pero tuvieron el gusto de verme indefenso, quizás esto alivie sus almas envidiosas. La camilla se llevó mi cuerpo, el hospital se llevó mi vida.

Ahora en la oscuridad se oyen voces y a lo lejos mis dos grandes amistades. Sentí su mano nuevamente “ya estás en paz“, me dijo. Yo la besé y le dije al oído “el amor más allá de la muerte sí existe“. “No seas tonto, ya no existimos“, dijo ella. “Da igual”, respondí, “nunca me sentí tan vivo. Me queda la eternidad tu amor y mis dos mejores amigos”.

Ahora comprendo que aquel día en el boulevard yendo a buscar un libro solo era el inicio del cuento sobre mis últimos días.

César Oriel López

Inédito. López vive en Posadas. Ha publicado en 2022 su primer libro Versos Excéntricos 11.11.

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