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Amor eterno

domingo 09 de octubre de 2022 | 6:00hs.
Amor eterno

Martín (propietario de la casa, un chalecito precioso por cierto) no se explicaba por qué los inquilinos quedaban tan poco tiempo ocupándola.

A los González, pareja y tres hijos casi adolescentes, les encantó el día que recorrieron habitación por habitación. Era una exclamación de admiración tras otra. Lo mismo sucedió en la cocina, en la sala, en los dos baños y, ni contar cuántos ¡Uhhh! ¡ahhh! ¡guauuuu! y otras interjecciones más al encontrar el patio con parrilla, piscina y plantas regionales rodeando el muro que encerraba la construcción. Se mudaron entre risas y proyectos pero no pasaron dos meses que, sin mediar explicaciones, abandonaron la casa a pesar de haber pagado un año por adelantado.

Después estuvieron los Álvarez , igualmente felices de poder habitar esa hermosa morada. Llegaron de Córdoba y pensaban quedarse alquilando hasta que estuviera terminada la propia que ya habían comenzado a construir. Tenían dos hijos, uno de ocho años y otro de pocos meses. Ellos sí, tuvieron la deferencia de comunicar la cancelación del contrato. Según dijeron, los niños comenzaban a llorar y tener miedo ni bien caía la tarde. No encontraron el motivo de la angustia de los pequeños

En cambio, los Rodríguez, pareja de adultos que tenían un nieto a cargo, estudiante universitario, vivieron allí casi seis meses. Fueron los que más tiempo la ocuparon. Dijeron que por las noches sentían, en un principio, como corrientes de aire. Más adelante, el joven vio salir de su cuarto hacia el corredor una sombra transparente. Con el correr de las semanas, la sombra parecía corporizarse en una mancha color violeta de una pared de su habitación. Era sólo un momento, salía y no regresaba. Cuando quedaba despierto, intentando estudiar para rendir sus exámenes, le resultaba imposible porque se le volaban las hojas, se le caían los libros y si lograba concentrarse, sentía cosquillas en la nuca o como si le revolvieran el cabello. Por lo tanto pidió a sus abuelos que se mudaran de ese lugar.

Después de ese relato, con la casa desocupada, Martín fue a ver la mancha que mencionara el joven y, aunque lo que observó no le pareció siquiera una mota, decidió rasquetear la pared de esa habitación y volverla a pintar por las dudas hubiera otro inquilino tan detallista. A la mañana siguiente puso manos a la obra con la ayuda de su sobrino Abelardo. Al otro día, la pieza lucía un color durazno muy suave y delicado, perfectamente parejo sin ningún tipo de imperfección.

Esa vez pasaron tres meses antes de volver a firmar un nuevo contrato de alquiler. Los flamantes ocupantes eran una pareja joven con un bebé y sus padres mayores. Éstos quedaban a cargo del niño cuando los progenitores iban a trabajar. Los que ocuparon el cuarto problemático fueron los primeros.

Después de unas semanas, una tarde, ellos mismos llamaron a Martín para contarle lo que les sucedía cuando se iba a acostar, ni bien se acomodaban, aparecía una nube violeta con forma de mujer que se interponía entre ellos como si fuera una barra de hielo, blanda y escurridiza, que los rozaba constantemente. El dueño de la propiedad no sabía qué hacer. Ellos, por su parte plantearon la posibilidad de bendecir la casa porque eran católicos fervientes y así lo hicieron, ni bien obtuvieron la autorización solicitada.

Siguió una temporada de paz y armonía donde nadie más vio ni sintió nada.

En septiembre se cumplió un año más de la fecha en que Martín quedara viudo, perdiendo a su esposa amada en un trágico accidente. Fue ése el día en que recomenzó el acoso de la nube violeta al matrimonio de jóvenes con la diferencia que esta vez era con caídas y golpes repentinos que les ocurría en el mismo aposento. Tanta fue la insistencia y la violencia que decidieron, como los anteriores, dejar la vivienda.

Cuando quedó desocupada, Martín le comunicó a Abelardo, su sobrino, que iría a vivir unos días al inmueble para investigar el caso. Se instaló en el que fuera el dormitorio donde viviera con Violeta, su esposa. Al llegar la noche se acostó dispuesto a no dormir, sino a vigilar. Apagó la luz. Pasaron largos minutos, interminables minutos, su corazón latía fuertemente por la ansiedad, la angustia, mezcla de miedo e intriga. De repente sintió una mano helada que le exigía ponerse de pie y, con lentitud pero sin interrupción, lo fue acercando a la pared donde un rayo de luz de la luna, que entraba por la ventana iluminó por breves instantes una forma femenina, color violeta. Abelardo lo buscó al día siguiente para invitarlo a comer pero no lo encontró. Sobre la sábana estaba la marca de un cuerpo como si alguien hubiera dormido allí. Miró la pared que había pintado con su tío y vio una aureola violácea difusa y otra tenuemente celeste, como abrazada a ella.

A Martín nunca más lo encontraron.

Myrtha Moreno

Cuento ganador del 2º premio Plata- del VI Concurso por El Libro de Oro y Plata Tema: Cuento fantástico- Organizado por La Subsecretaría de Cultura de La Provincia de Misiones

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