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Sueños de muerte

domingo 18 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
Sueños  de muerte

N
o era un don, no podía serlo. Nadie merecía vivir con semejante carga sobre sus espaldas. Era más bien un suplicio que la acechaba, la atormentaba y constantemente amenazaba con arrebatarle el sueño, apoderarse de él para inocular en su mente el fatídico augurio.

Era en sus sueños donde se le aparecía el rostro de la persona que iba a morir y la fecha en que ocurriría. Tardó mucho en darse cuenta de ello y más aún, en terminar de creerlo. Y si para ella fue complejo y difícil de aceptar; ni hablar de la familia. Insistir con la cuestión le valió asistir obligatoriamente a terapia, por orden de la madre que a esas alturas de las circunstancias perdía el control por completo e incurría en ataques incontrolables de ira.   

Gabriela le confesó al psicólogo que los sueños no eran frecuentes pero que podían suceder en cualquier momento, preferentemente de noche; que las víctimas eran siempre conocidas y que después de la revelación, en un calendario que parecía colgado de una vieja pared de madera, alcanzaba a ver la fecha en que sucedería la muerte.

Ante una consulta del analista, aseguró que en ningún caso supo cómo se produciría el desenlace fatal. Se despertaba antes, alterada y bañada en sudor, como suele ocurrir con las pesadillas.

Gabriela tenía, desde pequeña, una amiga inseparable llamada Rocío, quien vivía a dos casas de la suya. No había secretos entre ellas.

Ambas amaban a Noir, como llamaron al gato negro que encontraron malherido en la calle y al que Gabriela llevó a su hogar para curarlo y convertirlo en la mascota de la familia, pese a los rezongues de su mamá.  

Rocío, justamente, fue testigo de la primera y escalofriante revelación.

— Noir morirá mañana, Rocío.

— ¿Qué estás diciendo? No digas tonterías. ¿Cómo se te ocurre?

— Lo soñé hace dos días. Desde entonces no he dejado de pensar en eso. Es como una obsesión, permanentemente vuelve a mi mente y no puedo evitarlo.

— ¿Y cómo sabés que morirá pasado mañana?

— Y de la misma manera, lo supe en mis sueños; ya te lo dije, respondió impertinente.

— No entiendo cómo estás tan segura; sólo por un sueño. Si se cumplieran los míos, estaría casada con Brad Pitt, tendría una fortuna y estaría tomando sol en una playa paradisíaca, lejos de una loca que parece normal y que asegura anticipar la muerte de gente que, además, conoce.

— No es lo mismo. Eso es lo que permanentemente dices desear y lo anhelas con tanta vehemencia que terminas soñando con príncipes azules, millones de dólares y playas de ensueño. Mi situación es completamente diferente. Yo no pedí esto. Se me apareció de repente y no puedo sacarme la idea de la cabeza. Por un lado, quiero que llegue ese momento para terminar con esta locura y por otro, tengo miedo de que, efectivamente, el sueño se convierta en una realidad terrible.

— Creo que estás exagerando. Haremos lo siguiente; para que te quedes tranquila. Vamos a descartar cualquier peligro para Noir. El jueves lo tendremos todo el día en nuestro regazo, no lo dejaremos salir de la habitación y verás que nada malo sucederá.

Nada cambió hasta aquel día. Gabriela durmió casi nada, al contrario de su amiga; fueron a la escuela, en ocasiones en doble turno, se reunían al anochecer entre otras rutinas. Así se agotaron las horas para el inicio del jueves.

Rocío se quedó a dormir en casa de su amiga, aunque, en realidad, ninguna pudo pegar un ojo. El grado de ansiedad era tal que imposibilitaba que cayeran vencidas por los efluvios oníricos del cansancio. Además, Gabriela se negaba a hacerlo: tenía terror de que otra premonición se revelara en su mente. 

Ambas encontraron las excusas perfectas para convencer a sus padres de no asistir al colegio esa mañana. Tal como habían acordado, permanecieron en la habitación sin perder de vista a Noir. Se turnaban incluso para ir al baño. Lo único molesto eran las horas; parecían eternas, ni el mismísimo Cronos podría hacer nada para acelerar el tiempo.

Fiel a su naturaleza errante y a su crianza callejera, el gato parecía desconfiar de tanta ternura y por momentos, intentaba escapar de las garras de sus protectoras.

Era casi mediodía y el felino se dio por vencido. Pareció entender que no había forma de escapar y trepar los techos como solía hacer. Se acomodó en un rincón y durmió profundamente. De repente, Agustina, la madre de Gabriela, abrió la puerta e ingresó con un suculento almuerzo. Rocío, que justo se había agachado a juntar sus zapatillas, se levantó con prisa y con la cabeza dio en el fondo de la bandeja donde estaban los platos y vasos. Todo voló por el aire y terminó en el piso del cuarto reducido, en gran parte, a astillas y pedazos de vidrios.

Las tres se apresuraron a limpiar el desastre con el obsesivo cuidado de las adolescentes -porque la ama de casa nada sabía de los sueños premonitorios de su hija-, de no dejar salir al animal.

Cumplida la minuciosa limpieza, las amigas se sentaron a comer. Noir, que acababa de despertarse, pareció sentir apetito y se dirigió al plato donde le habían servido alimento balanceado. Se acomodó y comenzó a devorar el menú.

Las chicas charlaban amenamente y de repente, Noir comenzó a lanzar quejidos como si se hubiera atragantado. Eran sonidos extraños, mezcla de estornudo y tos.

Ambas gritaron y llamaron a doña Agustina. Horas después, en la veterinaria, el profesional médico les confirmó que en el estómago del animal habían encontrado restos de vidrio. Ese fue el informe de la autopsia y causa del deceso.

Gabriela contó en detalle a su madre lo que había soñado y lo que decidieron hacer con su amiga para salvar al gato o al menos, torcer el rumbo fatal de los acontecimientos.

Lejos de encontrar palabras de consuelo, de acompañamiento o al menos un consejo, la relación con la familia se volvió conflictiva. Con la única excepción de Rocío, nadie parecía creerle. Y su insistencia en el asunto, hizo que la llevaran primero al psicólogo y luego al psiquiatra.

Cuanto más hablaba de los sueños y premoniciones, más insistían en agudizar el tratamiento y la medicación. La tensión era más incontenible que los gases de un volcán y la adolescente optó por no hablar más del tema.

Con el devenir del tiempo, la situación empeoró sensiblemente. Y Gabriela se horrorizó. En sus sueños comenzaron a aparecer los rostros de personas. Y lo peor, conocidas de ella y de su familia. Soñó el fallecimiento de su tía Mirta y llegó arrojarse arriba del capó del auto para evitar que partiera de vacaciones con su esposo e hijos.

— Pobrecita, qué mal está, murmuraron los parientes que asistieron a despedir a los viajantes.

Horas después se enteraban del siniestro vial en el que la mujer dejó de existir en el acto.

Pero nadie relacionó el desgraciado episodio con las visiones de la joven; sencillamente porque no la escuchaban.

En medio de tanto sufrimiento, doña Agustina no dejaba de expresar su más profunda preocupación respecto del estado de salud mental de su hija. En su última entrevista con el psicólogo, éste le advirtió sobre la aparición de rasgos compatibles con potenciales episodios de autoagresión e incluso, de la peor desencadenante para ella.

En ese contexto, en el seno de la familia llegó a analizarse la posibilidad de internación en una clínica de reposo situada en las afueras de la ciudad, donde podría seguir un tratamiento focalizado sin el estrés de los desvaríos de los compromisos y las obligaciones.

Rocío, a través de sus progenitores, tomó conocimiento de esas conversaciones y no dudó en hablar con su amiga. Era la única que creía en ella. Y no era para menos. Conservaba en su memoria el funesto desenlace de Noir.

— Tenés que parar la pelota. Estos están locos en serio y piensan en internarte. Lo mejor será que pases completamente desapercibida. Basta de augurios y muertes. Como dijo el innombrable, que se muera quien tenga que morirse…es eso o tu internación, Gabriela. De última, seguí tomando las pastillas que, al menos, te ayudan a dormir e inhiben tus pesadillas… al menos, por un tiempo. Mirá que te internan y no salís más. ¡Entendés lo que te estoy diciendo!

— ¡Claro, sigo con las pastillas, aunque no pueda hilvanar dos palabras y se me caigan babas por los labios! No puedo vivir así.

— Internada tampoco.

Preocupados porque el historial clínico de Gabriela pudiera afectar a su hija, como si aquella padeciera una enfermedad mortal y contagiosa, los padres de Rocío le prohibieron que siguiera viéndola.

Y ahora sí que Gabriela estaba sola, pese a que su amiga en ocasiones se escabullía de su domicilio a escondidas y entraba al suyo por la ventana del cuarto.

En una de esas escapadas, Rocío la encontró tirada en la cama, abrazada a una almohada y con los ojos hinchados de tanto llorar. Ingresó con el cuidado de quien camina en la oscuridad y se recostó al lado de su amiga. Rápidamente pensó en que lo que más temía se haría realidad: iban a internarla. De ahí su desconsuelo. No podía ser otra cosa; son lágrimas de dolor, hipotetizó.

— ¿Qué pasa, amiga? Contame, por favor. ¿Decidieron internarte?

Gabriela seguía llorando. Parecía no escuchar. En determinado momento pareció calmarse; giró hacia Rocío y comenzó a hablar en susurros de angustia y desazón.

— Rocío…no sé cómo decírtelo…te amo, amiga…lo siento tanto…

— ¿Qué sucede? Me preocupás…

— No sé cómo decirlo…

— ¡Decime de una buena vez, carajo!

— He soñado con vos…lo siento…te vi en mis sueños…

Rocío se levantó lentamente y caminó unos pasos hasta alcanzar la silla. Sus ojos se volvieron vidriosos y la contradicción pareció impactar de lleno en su rostro, en su esencia y en su espíritu. Estaba notoriamente confundida y no se preocupaba por disimularlo.

Gabriela se levantó de un salto y la abrazó.

— ¿Y pudiste ver la fecha?

— Sí…el 21 de septiembre…

— Santo Dios…restan menos de treinta días.

— No te preocupes…encontraremos una solución…

— ¿Y qué haremos? Lo intentamos con Noir y sabemos cómo terminó todo. Es una mierda. Encima, no sabemos cómo será todo. Si al menos supiéramos algo, podríamos intentar evitar que se produzcan algunos acontecimientos… ¿Por qué tuviste que dejar de tomar las pastillas? Si no lo hubieras hecho, quizás no estaría pasando esto. Sos una desgraciada.

Las amigas se abrazaron y lloraron sin consuelo. No sabían qué hacer. ¿Cómo hacerle frente a un destino que parecía ineludible? No tenía sentido que Gabriela siguiera tomando las pastillas.

Rocío cada vez asistió menos a la casa de su amiga hasta que, definitivamente, desapareció. Estaba notoriamente consternada, más bien abatida. No podía dejar de pensar en la fecha límite, en cómo serían sus últimos instantes de vida. En una decisión desesperada, decidió contárselo a sus padres y estos reaccionaron recriminándole sus constantes fugas a la casa de Gabriela. Le restaron importancia al asunto y amenazaron con internarla si persistía en su actitud de seguir viendo a la vecina.

Al igual que su amiga, también se sentía sola. No la escuchaban ni le creían. Lejos de sentirse intimidada por sus progenitores, Rocío tomó sus cosas, las más necesarias, y escapó, esta vez con destino desconocido.

Anoticiada de esta situación, Gabriela salió por sus propios medios a buscarla. No tuvo éxito. Los días pasaron y la fecha límite se acercaba inexorablemente. Hasta que el primer minuto del 21 llegó.

Cuatro horas después, la ventana de la habitación se abrió y Rocío asomó su rostro. Gabriela saltó de la cama y corrió feliz a su encuentro. Todo parecía encarrilarse. Lloraron juntas y se abrazaron casi hasta la eternidad.

— ¿Dónde estabas; todos te buscamos? Tu familia estaba desesperada. Bah. Todos lo estábamos. ¿Fuiste a tu casa?

— No importa, a esta altura de las circunstancias ya no interesa. Estoy harta de las injusticias. Es injusto que tenga que morirme; qué hice para merecerlo… ¿Por qué yo y no vos?

— No sé qué decirte, amiga…lo siento tanto…

— No te preocupes; yo tengo la solución. Pienso en ganarle al destino, a tus premoniciones. En lugar de irme yo, nos iremos juntas, las dos. ¿Te parece?

Gabriela quedó atónita, desconcertada. Sin palabras y sin reacción.

Rocío dio un par de pasos hasta su amiga y la abrazó con fuerzas.

— Siempre te querré, le susurró al oído antes de doblegarla de un puntazo demoníaco.

Entonces salió de la habitación por la misma ventana por donde ingresó y huyó sin ser vista. Caminó sin parar y deambuló sin norte ni futuro. Lo curioso fue que el 21 de septiembre pasó sin que ella sufriera nada en especial.

Días después la arrestaron en una plaza de un barrio alejado del casco urbano. Su apariencia parecía la de un vagabundo y su conducta, la de un desquiciado. Hablaba sola y hacía ademanes como si dibujara en el aire.

La Policía llegó a ella después de Gabriela la señalara como responsable de la estocada que casi le quita la vida.

Rocío terminó internada en la misma clínica de reposo en la que casi internaron a su amiga, por disposición de la Justicia que la declaró insana para comprender la imputabilidad de sus actos. 

Gabriela ya no tomaba medicación pero aún asistía a terapia con el mismo psicólogo.

En su último encuentro en la clínica, Rocío la tomó del rostro y le dijo sin parpadear: soñé con vos.    


Inédito. Galeano es periodista y docente. Ha publicado los libros La puerta azul; La venganza de Su Señoría y Portón viejo, obra seleccionada para la Feria internacional del libro 2022.

Marcelo Galeano

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