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No nos burlemos tanto de las monarquías

domingo 11 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
No nos burlemos tanto de las monarquías

La monarquía sigue existiendo. Las dinastías también. Cuatro días después de la muerte de Isabel II, podría decirse que están más vivas que nunca. Entre el jueves y ayer, el mundo asistió en directo al espectáculo del rey muerto y rey puesto. No hubo medio periodístico, del país que sea, que no dedicara su tapa a la reina muerta.

No es ni tan anacrónico ni tan raro. Si se cuentan los países más desarrollados del mundo, la mitad de ellos son monarquías. Y no son solo los más desarrollados, más industrializados y más ricos: además tienen reyes los más abiertos a la modernidad. Es cierto que son todas monarquías constitucionales, donde convive sorprendentemente el ideal democrático de igualdad ante la ley con la aparente desigualdad entre nobles y plebeyos: hoy los nobles de esos países están sujetos a las leyes como cualquier ciudadano, cosa que no ocurre donde todavía hay monarquías absolutas, que tampoco se crea que son tan pocas: ya lo veremos durante el Mundial de Catar...

Hay monarquías absolutas –donde el monarca es rey, legislador y juez, y además propietario de todo y dueño de la vida y la muerte de sus súbditos– en África, en Medio Oriente y en el Sudeste Asiático, pero también puede considerarse una monarquía absoluta hereditaria la de Corea del Norte, que aunque se llame República Popular Democrática ya va por el tercer miembro de la misma dinastía –abuelo, hijo, nieto– gobernando el país como en la época del Gran Mongol. Quizá Corea del Norte sea la más extrema de las monarquías que no se llaman monarquías que hoy se reproducen en gran parte del mundo.

Es cierto que hay reflejos monárquicos en muchas de nuestras democracias, pero en algunas más que en otras. La nuestra y cualquier república presidencialista, inspiradas todas en la norteamericana, se puede decir que son monarquías con plazo de vencimiento. Así lo decía Juan Bautista Alberdi en las Bases: al Poder Ejecutivo debe dársele todo el poder posible, solo limitado por el tiempo para ejercerlo. Pienso que fue un error adoptar el sistema presidencial, porque no es buena idea darle tanto poder a nadie, y menos a un argentino, pero sobre todo por la tentación absolutista que integra el código genético humano.

La democracia norteamericana es la más antigua y ejemplar. Ininterrumpida durante ya casi 250 años, ha sobrevivido a una guerra de secesión, los asesinatos de tres presidentes y Donald Trump. Sin embargo no ha sido inmune a las familias dinásticas, ni siquiera en la presidencia de la Nación: los Bush lo lograron; los Clinton y los Kennedy, no. De la tentación absolutista no se salva ni el comunismo cubano, donde Fidel Castro fue sucedido por su hermano menor, Raúl. Las repúblicas sudamericanas padecen esa misma enfermedad y no zafan ni siquiera Chile o Uruguay, y no le digo nada si bajamos a circunscripciones menores de gobierno.

En la Argentina tenemos también el caso de un padre y su hijo presidentes: los Sáenz Peña. Nuestras dos presientas mujeres heredaron el poder directamente de sus maridos. El gobierno de la provincia de Santiago del Estero se alterna sin drama entre marido y mujer y hay familias gobernantes en San Luis, Neuquén, Santa Cruz, Catamarca... En Formosa el gobernador lleva 27 años en el poder, y en el partido de San Isidro (provincia de Buenos Aires) el año que viene cumplirá 40 años ininterrumpidos en el poder la dinastía de los Posse.

Ya se ve que no es patrimonio de un partido, ni de un país. La monarquía tiende a instalarse con el nombre que sea y en el estamento que toque. Por eso quería decir que no nos riamos tanto de las de Europa.

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