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La hija del pionero

domingo 11 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
La hija del pionero

Con qué fuerza y claridad me acongojaban los presentimientos en aquella época, un inexplicable e infeliz sentimiento que ya no me abandonó. Yo observaba a mi padre cómo lentamente preparaba su viaje que anualmente hacía a Santo Tomé, en Argentina, para recibir la madera que sería llevada río abajo por el río Uruguay. Una vez lo sorprendí cuando destruía papeles viejos que no eran de interés para nadie. Hacía unos días, porque tenía una pequeña herida en un dedo, se había quitado el anillo con blasón de mi madre, que siempre usaba. Vi cuando se lo puso nuevamente y le advertí: “la herida no está del todo curada”. “Él siempre me acompañó, y esta vez también me acompañará”, fue su breve y seria respuesta.

En aquel tiempo todavía no sabía que un día antes de su partida le dijo a nuestra gobernanta, que había recibido su señal. Tal vez no quiso exponerme porque yo estaba embarazada de cinco meses.

En aquel día mi padre aclaró en la mesa que esta vez también iría en la lancha a motor que llevaba la jangada, río abajo, a Santo Tomé. Mi marido, que conocía muy bien el esfuerzo y también el peligro que este viaje significaba, se opuso y sugirió que papá fuese, como de costumbre, en el auto. Él acompañaría la jangada. Pero mi padre dijo en pocas palabras: “esta vez yo iré junto”. (…)

Primero tenían que descender en Iraí para recoger al socio de la firma, que quería acompañarlos. Cuando habían partido se aproximó a mi Gustavo, nuestro criado, y preguntó en tono extraño: “qué le pasa a su padre hoy”. Le había llamado la atención que él, antes de embarcar, hubiera quedado mucho tiempo parado y como en una última despedida miraba hacia la casa. Sólo después dio la orden de partida.

Como el señor de Iraí todavía no estaba listo para el viaje, de allí recién partieron a las siete de la noche, y eso bajo torrencial lluvia. Así fueron río abajo hasta las proximidades de Cascalhos. Entre tanto todo quedó muy oscuro, tanto que el timonel ya no conseguía orientarse muy bien. Antes de darse cuenta, entró en un brazo no navegable del río que llevaba en forma directa a los salvajes remolinos. Mi padre notó eso y le gritó a Walter: “¡gira el timón, él tomó el brazo equivocado!”

Walter se arrojó sobre el timón y todavía intentó girarlo.

Demasiado tarde. En ese instante el remolino chupó el barco hacia abajo. Mi marido, que estaba tirado sobre el timón, fue lanzado hacia fuera, y también los dos empleados y el socio lograron saltar fuera del barco. Solo mi padre que estaba sentado bien al fondo, fue juntamente arrastrado a la profundidad. Ya no tuvo tiempo de ponerse a salvo. Se sospecha que cuando vio el peligro tuvo un ataque cardíaco pues era conocido como el mejor nadador de la zona; si hubiera estado normal seguramente estaría a salvo.

Todo esto ocurrió cuando el barco apenas estaba a una hora de distancia de Iraí.

Ninguno de nosotros presentía la tragedia, sólo yo no conseguía librarme de mis fatales pensamientos. (…)

…¡Qué sombrías transcurrían para mi las horas, lentas y amargas!

Afuera, sobre el río Uruguay, sobre las agitadas olas de la corriente se balanceaban flotadores de madera que personas precavidas, de los alrededores, colocaron en el agua para señalizar el lugar en que Carlos Culmey debía ser buscado en la marea. Una vieja experiencia o una superstición de los habitantes decía que allí donde los flotadores –aquí con voz sombría llamadas “panelas” (1)- comenzaban a girar, en el fondo del río se encontraba el cuerpo del ahogado.

Llovía sin cesar y todavía sin noticias de mi padre. Entretanto, la mala noticia de su desaparición se había difundido por todos los alrededores, e inclusive el presidente de la República, Getulio Vargas, dio órdenes para que durante tres días todos los medios de comunicación masiva estuviesen a disposición para hacer todo lo posible para encontrar con vida al desaparecido. Inclusive en Alemania se hacían preguntas sobre el destino de mi padre. Hasta ahora la búsqueda había sido infructuosa.

Estaba delante un serio dilema. ¿Debía contarle a la pequeña Gisela la pasada catástrofe, o debíamos festejar su cumpleaños como si nada hubiese ocurrido? Me acordé de las palabras de Hilde: “Sé fuerte”.

El cumpleaños de Gisela fue festejado como de costumbre, a pesar de tener el corazón destrozado; pero no quise que el cumpleaños de la criatura estuviera ligado al recuerdo de esta tragedia, toda la vida. Recién al anochecer, no, a la noche, cuando dejé paso a las lágrimas, se me acercó y preguntó: “¿mami, qué pasa?” Después de haberle contado todo, ella me consoló cariñosamente y dijo conmovida: “Mutti, (2) pero me tienes a mi”. En aquella hora, yo no sabía si mi marido se repondría íntegra y totalmente del suceso de aquella terrible noche.

Pasaron tres días hasta que, por fin, llegó la terrible noticia. Se había encontrado a mi padre muerto en las márgenes del río Uruguay, cerca de la frontera con la Argentina. La noticia, como reguero de pólvora, corrió a lo largo de todo el Alto Uruguay.

Mi marido, que entre tanto ya se había restablecido, ahora intentaba, también como podía, contar lo que había sucedido. En el instante en que fue arrojado fuera de la embarcación y arrastrado por la correntada de las aguas, intentó con mucho esfuerzo ir en socorro de mi padre, pero era impulsado por las violentas aguas hacia la costa. Allí, con sus últimas fuerzas, consiguió asir un fino gajo y prenderse de él.

Como el accidente ocurrió de noche y hacía mucho frío, lejos de cualquier socorro, mi marido consiguió contrarrestar el frío gracias a una botella de caña que yo, como despedida, le colgara con un receptáculo, y de un cortaplumas que llevó consigo. Con el cuchillo logró cortar las pesadas botas llenas de agua y así volverse más ágil, encontrar un acomodo momentáneo en el gajo, y resistir la correntada. Después de algún tiempo sorpresivamente oyó, en medio de la oscuridad, la voz desesperada del socio Alvaro: “¡Walter, Walter, ayúdame!”

Walter dudó por un corto momento. Más tarde, con sinceridad lo confesó. Ya una vez había superado un conflicto, con situaciones difíciles, donde ponía todos los esfuerzos para salvar a un camarada. Mas esta vez, sin embargo, dudó, aunque solo por un instante. ¿Debería dejar su segura posición, agarrado del gajo, y zambullirse en la furia de las aguas, sin saber si alguna vez lograría nuevamente encontrar otro apoyo? El recuerdo de su hogar, de su mujer embarazada de cinco meses, parecía paralizarlo. Si le ocurría algo tendría que dejarla sola, sin protección, sin apoyo. En una fracción de segundo esto le pasó por la mente. Pero, entonces, se largó de la rama y nadó con cierto empeño hacia la voz, hasta que consiguió sujetar a Alvaro. Se mantuvo por sobre el agua y siguió nadando hasta encontrar un nuevo apoyo. Allí ambos quedaron agarrados luchando contra el frío, miedo y penurias, ingiriendo el resto del aguardiente.

Pasaron las horas. Lentamente fue amaneciendo y, desesperados, observaban las jangadas que se desplazaban del otro lado del ancho río, sin que sus ocupantes oyeran sus gritos desesperados de ayuda. Pasaron hora tras hora, hasta que finalmente el pequeño hijo de un pescador descubrió los movimientos extraños del otro lado de la corriente. Despertó en él la fiebre de la caza pues consideró encontrar, en aquel lugar, una pieza para cazar. Llamó la atención de su padre y le pidió que lo cruzase a la otra margen. El pescador atendió el pedido del joven y llegó justo a tiempo para rescatar a los dos hombres, casi congelados, de la creciente. Fueron llevados a Porto Feliz, donde el Coronel Geisser los recibió, e inmediatamente los llevó a nuestra casa. La noticia de que a Carlos Culmey todavía no se lo había encontrado, alarmó a toda la región.

Recién después de tres días llegó la noticia de que a mi padre lo habían encontrado en las márgenes del río Uruguay, en la frontera con la Argentina. Un pescador lo encontró muerto en el agua y dio la inmediata alarma. Mi marido fue en auto a recibir el cuerpo. Lo acompañaban autoridades, médicos y amigos. Querían controlar si el cuerpo encontrado era verdaderamente de Carlos Culmey. No se quería ni se podía creer que se tratara realmente de mi padre. Pero a pesar del dolor de todos fue identificado, pues su reloj de plata, su “Elisabeth” como siempre lo llamaba y que siempre lo acompañaba, todavía estaba en su bolsillo. También encontraron con él, el anillo de mi madre con blasón.

Estos dos objetos ya no dejaron dudas en cuanto a la identidad del muerto. En presencia de autoridades y médicos colocaron el cuerpo en un cajón de zinc y entonces comenzó el viaje a la casa del tan querido “Pai da Serra” (3)

Más tarde se escuchó el comentario popular de que él había amado tanto a la Argentina, que a la hora de su muerte llegó, una vez más, hasta su frontera.

Fue un largo y triste regreso al hogar. En cada localidad por la cual pasaban repicaban las campanas, hasta su “Castello”, en el que ingresaba por última vez. Era un único repiqueteo de aldea en aldea, un último saludo al último gran pionero, que se consumió en su ideal. (…)

(1) En portugués: ollas o sartén.

(2) En alemán: mamita.

(3) En portugués: Padre de la Sierra.

 

Fragmento del libro La hija del pionero. La autora es hija de Carlos Culmey, fundador de varios pueblos en Misiones y en el sur de Brasil, a través de la firma Colonizadora Alto Paraná Culmey y Compañía. Extraído del libro Misiones mágica y trágica, de Rosita Escalada Salvo y Rodolfo Nicolás Capaccio.

Tutz Culmey

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