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El odio reciclado en Argentina

jueves 01 de septiembre de 2022 | 6:00hs.
El odio reciclado en Argentina

Por momentos pareciera que el principal sentimiento reinante en Argentina es el odio; ante lo cual debo aclarar que algunos sentimientos opuestos al odio serian amor, querer, afecto, fraternidad. El odio como conducta social no ha formado parte de las pasiones políticas clásicas, el miedo o la esperanza. En esa tradición, el odio deriva del miedo y ha sido uno de los menos reconocido entre los afectos que tiñen la vida pública. En la historia contemporánea, el “odio” en la política y en las sociedades emerge como problema asociado al papel de los prejuicios en la era de los fascismos. El marco de referencia explícito histórico era la guerra y, sobre todo, el genocidio judío.

Deseo señalar el marco de justificación necesario para situar una preocupación política y ética por el papel de las creencias y las pasiones en la vida social; en la medida en que admitamos que la democracia no es sólo un régimen institucional, sino una forma de sociedad que requiere ciertos componentes subjetivos y morales.

Si el discurso del odio debe ser señalado como problema, entonces es –por las acciones que promueve y en la medida en contiene en forma embrionaria– un crimen de odio. Entiendo que con “discursos de odio” se hace referencia a una acción concertada, sistemática, una incitación pública a ejercer la violencia contra un grupo o una minoría.

Destaco además que el discurso del odio se convierte en un problema de acción pública cuando es un componente de prácticas de discriminación y violencia en la sociedad pero también en el Estado y las instituciones.

Por otra parte, la denuncia y la sanción de los crímenes de odio está contemplada en declaraciones, pactos y estatutos del sistema internacional de derechos humanos.

El profesor de la UBA e investigador argentino Hugo Vezzetti afirma que “si el discurso del odio debe ser señalado como problema, es por las acciones que promueve, en la medida que contiene –en germen– un crimen de odio que, en el límite, busca la eliminación del grupo o el colectivo estigmatizado. Hay dos rasgos que destacar. Primero, que el propósito que promueve la acción, que en el límite es un delito, es más o menos explícito; y, segundo, que se promueve contra colectivos históricamente discriminados, estigmatizados y vulnerables”.

Una pregunta que se hace todavía más acuciante es si las iniciativas contra el odio nacen del Estado, o de un colectivo –por ejemplo un sector político– estas iniciativas políticas, apuntan antes que a la virtud, a legitimar cierto poder, sobre todo en una coyuntura de dificultades y movilizaciones sociales.

El doctor Vezzetti agrega que “si se apunta al odio en la sociedad, entonces, hay que distinguir claramente lo que puede legítimamente llamarse una “política del odio” –que supone acciones orquestadas, grupos reunidos detrás de un programa, agentes y dispositivos con bases institucionales– de las expresiones y conductas que traducen conflictos y enfrentamientos que son parte de la vida política. Es claro que en un espacio político en el que los conflictos se traducen en confrontaciones de trinchera hay expresiones de odio: a favor o en contra del gobierno, de las movilizaciones sindicales, estudiantiles o de movimientos sociales. En una sociedad polarizada, hay odios de derecha y de izquierda, peronistas y antiperonistas, etcétera. Pero no hay evidencias de que esos rasgos alcancen para denunciar a mayorías o grupos significativos como agentes concertados”.

Yo, modestamente, estimo que es obvio que hay rechazo y eventualmente desprecio u odio en las relaciones conflictivas entre grupos sociales, religiosos, etarios, ideológicos. Hay prejuicios y estereotipos en los conflictos de la vida social. Lo novedoso es pensar que se pueden aplastar las diferencias en las condiciones y en los procesos que sustentan esos prejuicios bajo la categoría “globalizadora” del odio. El riesgo está a la vista: la banalización, los clichés y la reiteración invertida de los ciertos estereotipos.

Llamativamente, en el caso del repudio por los actos del peronismo no se han engendrado reacciones similares de otro odio por parte de los militantes o el oficialismo peronistas como reciprocidad, ya que en las reyertas políticas –o amorosas– es habitual que el odiador y el odiado intercambien papeles.

El doctor Vezzetti –en diciembre de 2020– afirmaba que “finalmente, los usos políticos de odio, tal como lo señalaba Freud, se  plasman en la construcción del enemigo como sustento de la unidad y la pertenencia a un partido o facción. Podría considerarse como una forma moderna de rasgos señalados en el tribalismo. Son recursos habituales de la retórica y la propaganda que arrasan con las complejidades y los matices. Algo de eso quedó expuesto en la jornada organizada por la agrupación oficialista Agenda Argentina, en la mesa sobre “El odio en la Argentina”. El foco puesto en el peronismo como objeto de sentimientos y discursos de odio obviamente insiste en los tópicos fijados de la propia historia, que es parte de su identidad: los opositores que celebraban la enfermedad de Evita o los bombardeos a Plaza de Mayo, o quienes acuñaron la expresión “cabecita negra”. La crónica de las violencias verbales y los odios sufridos por el peronismo es conocida. El problema es que una memoria fijada en los agravios padecidos suele ser incapaz de evocar y hacerse cargo de las violencias ejercidas”. 

Personalmente, estimo que los acontecimientos de los últimos meses y la presunción de la candidatura presidencial de Cristina han exacerbado el odio de ciertos sectores que verán –con certeza– postergados sus planes económicos, judiciales y financieros si triunfara.

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