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Leer para nosotros y los otros

martes 30 de agosto de 2022 | 6:00hs.
Leer para nosotros y los otros

Si existe algún recuerdo infantil en relación con los relatos de mi infancia, es el anecdotario oral de mi madre y abuela. Ésta una vez al año venía de lejos y traía consigo novedades y noticias del resto de la familia. De noche en el patio y aprovechando las lunas de verano se sentaban detrás de la casa y yo, metida entre ambas, me turnaba en sus regazos. No tendría, entonces, más de cuatro años. Considero que el recuerdo permanece en mi memoria porque me fascinaba colocar la oreja sobre la espalda de alguna de ellas para escuchar el efecto de sus voces en sus cajas torácicas y eran, para mí, sonidos provenientes de la profundidad de las entrañas. Creo que por esa razón no las olvido y son, realmente, entrañables. Aquellas escenas nocturnas forman parte de mis primeras lecturas. Me encontré nuevamente con esta experiencia al leer a Yolanda Reyes (2007) en su magnífico ensayo La casa Imaginaria. Dice la autora que esa voz, la del feto agazapado en la oscuridad del vientre materno, es música. Porque esa voz, cuyo origen está en la mismísima entraña, forma parte de las primeras inmersiones en el lenguaje. Él está atento e intentando descifrar cada sonido el que, tras un largo entrenamiento, serán la parte visible de un proceso iniciado en el útero. Las primeras lecturas, las de los cuentos, las canciones y nanas en que la madre u otro adulto pone la voz, serán las encargadas de construir ese lugar simbólico en estrecha conexión con la experiencia estética.

Las madres o los cuidadores de un recién nacido lo saben intuitivamente y no se limitan sólo a responder a las demandas físicas, sino que hablan –y lo hacen de un modo especial, casi cantando-. El énfasis en el ritmo y la prosodia y la carga melódica que imprime la voz adulta al dirigirse a bebés demuestra que portamos, como equipaje evolutivo de la especie, una cadencia que trasciende el uso utilitario del lenguaje y que, más allá del significado literal de las palabras, transmite una experiencia estética” (p. 28). Pensemos en esa actividad, realizada casi siempre en la soledad de una habitación infantil, para luego significar el rol de las palabras y la historia en la construcción de la casa imaginaria a la que alude Reyes. Habitación no sólo constituida por pertenencias materiales sino por el legado simbólico, ese entramado de historias de su cultura, de su familia y la de su particularidad como sujeto.

Megan Cox Gurdon (2020), periodista e investigadora, realiza un recorrido por centros de investigación, hogares y escuelas para mostrar de cerca los beneficios intelectuales y emocionales de la narrativa oral en niños y ancianos. Entre los datos de su investigación y experiencias registradas en su libro La magia de leer en voz alta, menciona que hacia 2014, la Academia americana de Pediatría recomendó a sus 62.000 socios médicos que aconsejaran a padres consultantes la lectura audible de cuentos. Es que son notorios los resultados en la función cerebral como en su desarrollo, a su vez, se crea el placer por los libros y un paliativo contra la adicción a las pantallas. “Leerles con regularidad en voz alta a los niños pequeños estimula los patrones óptimos para el desarrollo del cerebro y fortalece la relación paternofilial en una etapa crítica del desarrollo infantil (...), fomenta el lenguaje, la alfabetización y las habilidades socioemocionales que uno tendrá a lo largo de la vida”. (p. 34)
En el transcurso de mis años frente al aula, como docente, he tenido la oportunidad de compartir literatura infantil con adultos y jóvenes. Esta actividad ha sido frecuente como contenido de mi práctica, y he podido constatar una y otra vez, el efecto de la misma en la recepción del auditorio. La lectura audible de narrativa infantil, como demás producciones artísticas hechas en voz alta, siempre es una escena que no deja de sorprenderme. Tanto en niños como en adultos y ancianos, dice Cox Gurdon. Pero no sólo los humanos pueden deleitarse con esta experiencia, que no es poco, también las mascotas. Hacia 2016 un artículo aparecido en el New York Times mencionaba que los Voluntarios de la Sociedad Americana para la prevención de la Crueldad hacia los Animales leen a los perros para ayudarlos a superar sus traumas. Primero fue con música, luego con lecturas. La fundación forma a los voluntarios lectores para que sepan utilizar la voz, la cadencia y la velocidad para beneficio canino. Estos dejan de sentirse amenazados y temerosos hasta recuperar la confianza en el humano. Entonces, podrán ser adoptados. La lectura silenciosa, sin dudas, tiene sus beneficios y analizarlo sería extenso. Los ojos corren sobre la hoja, se detienen acá y allá en busca de información o posándose sobre alguna expresión antojadiza o sensible. Sin embargo, al leer en voz alta el oído pide un ritmo más pausado porque es necesario degustar las palabras o como decía Nabokov, la literatura debe romperse en pedacitos para olerla, masticarla y saborearla dejando su sabor en nuestro paladar y envolvernos en placer.

Con sorpresa he constatado que poco y nada se habla sobre los aportes beneficiosos de la lectura oral. No así, sobre los de la lectura de ficción y su incidencia en la formación de lectores competentes. Dice Cox Gurdon: “La obra de arte se compone de las palabras del escritor y de la música que crean mientras le llegan al oído al que las escucha, combinadas con la narración del relato que produce lo que los locutores de radio llamaban imágenes sonoras. También hay un elemento activo, el fraseo y la entonación, las pausas entre las palabras y las frases, el timbre de la voz y su calidez o su frialdad” (p. 239). Esta experiencia, dice la autora, forma una compleja experiencia estética tanto fugaz como la respiración y tan reconfortante como la neonatal en las UCI (Unidades de Cuidados Intensivos) ante el contacto físico.

He vuelto a las páginas de El arte de la lectura en tiempos de crisis, de Michele Petit (2009), para constatar su actualidad ante las crisis humanitarias que estamos atravesando, una vez más. Somos testigos de estar ante una posible tercera guerra mundial, y la escribo en minúsculas intentando exorcizarla, si se puede. Sin mencionar los movimientos migratorios en Latinoamérica pero que afectan al mundo entero. Pienso en los miles de niños y adolescentes desarraigados y sufrientes ante tanta violencia de la que son protagonistas, ante la muerte y la pérdida de sus hogares como de los paisajes familiares. La crisis desemboca en un tiempo indeterminado, sin futuro ni línea de fuga donde sólo tiene lugar el miedo y los recuerdos de antiguas heridas de guerra. ¿Cómo continuar en medio de todo este caos? Realmente desconozco la respuesta, aunque me apropio de lo que cita Petit: “A veces (las crisis) provocan una pérdida total de sentido. Pero igualmente pueden estimular la creatividad y la inventiva, contribuyendo a que se elaboren otros equilibrios, porque a nuestro psiquismo, como dijo René Kaës, una crisis libera al mismo tiempo fuerzas de muerte y fuerzas de regeneración. El desastre o la crisis son también y por encima de todo, oportunidades, escriben Chamoiseau y Glissant tras el paso de un ciclón. (...) De pronto se vislumbra cómo, gracias a nuevas claridades, se esculpen algunas imposibilidades”. (p. 15)

En la desmesura de las malas noticias y los momentos en que nos tocan vivir, Jordi Nadal (2017) hace una analogía de las consecuencias de una catastrófica inundación en que es necesario agua potable. Nosotros, dice, hemos sido arrollados por un tsunami no sólo sanitario sino de sobreinformación a través de Internet. Y más que nunca la humanidad necesita de agua potable y filtrada. Y esto es la buena literatura, es agua potable. Sobre todo filtrada. Parafraseo a Petit cuando afirmo que las lecturas abren puertas hacia lugares distintos y hacia momentos de ensoñación que permiten construir un país interior, un espacio psíquico que permite la reconstrucción del sujeto. Apuesto siempre a esta reconstrucción, apuesto a la lectura. A solas, en el aula o en un taller. Puede salvarnos de los otros y de nosotros.

Por Hilce Liliana Díaz
Licenciada en Educación

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