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La magia de las ferias del libro

domingo 28 de agosto de 2022 | 6:00hs.
La magia de las ferias del libro

De entrada nomás, el día empezó raro. Tenía que ir a la feria del libro de Villa Hasselblad y no me gustan las fiestas literarias. No por qué prefiera la de Buenos Aires o Guadalajara, que va, el problema lo tengo yo. Creo que por tímido y medio quedado. Pero me levanté temprano, puse en el baúl del auto el mantelito que con tanto amor bordó mamá y la caja con los libros. Decía, que de entrada el día vino mal barajado porque a la altura de Santa Vana me paró la policía, la ruta estaba cortada por peligro de derrumbe de rocas o deslizamientos de tierra. Me pareció extraño, por Santa Vana no había cerros, acantilados ni montañas. La cuestión es que tuve que esperar media hora mientras el sol comenzaba a pegar fuerte. Cuando dieron permiso para seguir viaje, pude ver como un pelotón antidisturbios machacaba a bastonazos a un grupo de hombres y mujeres al costado del camino. Entonces, de puro perspicaz, me di cuenta del engaño: no era cierto lo del peligro orográfico. Instantáneamente recordé cuando Lukacs escribió que Nietzsche fue un precursor de la estética fascista porque dijo que la democracia moderna era la forma histérica de la decadencia y ruina del Estado. Que se podía esperar de Lukcas si era filósofo y rojo. Bajé la ventanilla del auto y saludé con la mano al oficial que me permitía pasar y estimulé su trabajo con un “¡Avanti, sempre avanti!” El gendarme me miró como si no entendiera muy bien de que iba la cosa. Bueno, no era momento para pararme, porque detrás ya tronaban los bocinazos, y explicarle que yo era fanático de Nietzsche y Ornella Vanoni podría traerme problemas.

Prendí la radio para no aburrirme mientras manejaba, daba la lata un locutor sobre las marcas de ropa que usaba Antonela Roccuzzo y luego algo de música. Me gustó, eran los Carpenters. La cantante se murió joven, pobrecita, y escucharla cantar “There´s a kind of hush” me llenó los ojos de lágrimas. Emocionarme fue bueno, me saqué de la cabeza a Lukacs y Nietzsche. Entonces Ornella Vanoni me dio un mate y dijo que tenía que cambiar, relajarme, cosas inesperadas podían pasarme en la feria del libro de Villa Hasselblad. Debía vivir con la mente baldeada y encerada, abrirle los brazos a la vida como en una publicidad de suavizante para la ropa. Tenía razón, mucho filosofar y meta escribir libros. Pero la gente es rara, no la entiendo. Cuando llegué a Villa Hasselblad, Ornella Vanoni se evaporó tarareando “Roma nun fa´; la stupida stasera”. Al vuelo capté el mensaje, para algunas cosas soy muy rápido.

Era siempre igual, llegaba hasta la sociedad de fomento del pueblo, me recibía una mujer que podía haber sido mi abuela, me llevaba hasta una mesa, desdoblaba prolijamente el mantelito bordado y acomodaba uno al lado del otro los ejemplares. Nunca olvidaba las tarjetas con mi nombre y profesión: Walter Ilich Arciniegas. Escritor. Quienes deseen ser mis amigos tengo perfil en Facebook.

En eso se acercó una señorita rubia con trenzas, se paró delante de mi puesto de venta y tomó uno de mis libros. Lo empezó a hojear, parecía interesada. Era uno de mis tantos ensayos, nada del otro mundo, lo mío es la poesía. Pero de vez en cuando me obsesiono con un tema o una persona y escribo como dos años seguidos sin parar. Así me pasó con Lukacs y Nietzsche. La chica se sonrojó cuando leyó el título. Era una señorita linda, aunque sus ropas desentonaban con la moda de hoy. Lucía un corsé rosa encima de una blusa blanca y falda roja hasta los tobillos con un delantal floreado. A medida que leía, sus mejillas se ruborizaban cada vez más. Alzó la vista y preguntó cuál era el precio. Yo le respondí que se lo regalaba. La conversación avanzó y volvió a consultar varias cosas. Si lo que contaba en el libro era cierto, si no había inventado nada, y lo más sorprendente de todo fue cuando se acercó hasta casi rozar mi cara (pensé, “¿me va a dar un beso”?) y confesó que ella era fanática de mi obra, coleccionaba todos mis libros, y este era uno de sus favoritos, lo había leído tres veces. Pero tenía la primera edición, y esta que yo había traído para vender en la feria del libro de Villa Hasselblad era una reimpresión con un apéndice agregado.

Su curiosidad no tenía límites, quería saber si había añadido algo nuevo. Para demostrar la veracidad de su confidencia citó textualmente un párrafo: “La vergüenza del siglo XIX fue el proceso contra Las flores del mal y la condena de Baudelaire, el 20 de agosto de 1857.” Acercó una silla a mi mesa de ofertas e insistió con sus preguntas. “¿Cómo sabía tanto de tantas cosas?”, “¿Había viajado mucho?”, “¿Tenía una biblioteca muy grande escondida en mi casa?”. No quise desairarla y revelé ciertos descubrimientos inéditos.

Fui hasta la cantina de la feria del libro de Villa Hasselblad, traje dos vasos de té y cumplí lo prometido, le conté que incluí en la segunda edición corregida de la obra que ella tanto apreciaba algunas investigaciones insólitas. Se referían a un tal Pierre Klossowski, un francés que llegó a decir que triunfaría una fase industrial en que los productores exigirían a los consumidores a modo de pago, no dinero, sino seres vivos. En esta lógica de producción, los hombres recibirían como remuneración: mujeres, y las mujeres percibirían sus sueldos cobrando… hombres. Greta, pues así se llamaba esa excéntrica señorita que conocí en la feria del libro de Villa Hasselblad, tartamudeó una duda: ¿Qué pasaría en el caso de que las mujeres no aceptaran hombres como forma de pago? Se puso de pie, y solicitó emocionada un ejemplar autografiado. Antes de irse me recomendó que no tomara en serio los cuentos de hadas que las viejas chismorreaban por la región.

Nadie me compró un libro en la feria de Villa Hasselblad. Misión cumplida, pues no había viajado hasta allí para eso, y otro tipo de éxito coronó mi viaje. El texto que tanto sedujo a Greta aún no había sido escrito y menos imaginaba un título posible. Pero regresé a la ruta junto a Ornella Vanoni con la certeza de haberlo encontrado. Cuando llegué a casa puse sobre mi escritorio el mantelito bordado por mamá y comencé a escribir la primera frase de mi inédito relato: “De entrada nomás, el día empezó raro…”.

Esa obra agotó la primera edición y se acaba de publicar una segunda con un apéndice agregado. El año que viene vuelvo a la feria del libro de Villa Hasselblad, quizás me encuentre otra vez con Greta.

Carlos Piegari

Inédito. Piegari cursó estudios de filosofía y comunicación social. En Posadas se desempeñó como periodista y gestor cultural. En 2018 se publicó en España su novela Kitschfilm y el año pasado Summa Baiulus, novela.

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