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El día de los paraguas

domingo 14 de agosto de 2022 | 6:00hs.
El día de los paraguas

Cuando caminaron un trecho por la senda que serpeaba en la espesura, comenzó a gotear. Aún podrían volver al poblado pero no lo hicieron; se detuvieron un instante mirando el bloque de nubarrones apelmazados y tácitamente continuaron la marcha. Ella acomodó las cestas pasando el güembepí por las asas y balanceó el nakú sobre las espaldas, mientras su compañero hundía los talones en la hojarasca húmeda, y crujían las canastas a cada movimiento. El gurí cerraba la caravana ejercitando el pulso con la honda; con celeridad sacaba los bodoques grises de los abultados bolsillos, cuando algunas palomas fugitivas buscaban refugio en las cañafístolas cercanas.

Los goterones se multiplicaban con intensidad haciendo temblar los ramajes y los truenos tamborilleaban sobre las copas de los lapachos; con paso cansino arribaron al borde del camino. Se ayudaron bajo un mango a descender sus preciadas cargas y sin hablar comieron en cuclillas los choclos cocidos con sabor a rescoldo de aldea; además, ella llevaba el avío de batatas y zapallos. La lluvia arreciaba por momentos y desnudaba las raíces heridas que afloraban en el barranco. El pensó en el Tacuaruzú “que va a crecer y no dar paso”; y esa correntada andaría con su botín de troncos arrebatados a las riberas, bajaría gorgoteando entre los escalones de los cerros, bordearía el reducto de chozas arcillosas y moriría en la placidez del Garupá.

Con la brisa amainó la lluvia, y con ese sino de resignación y pudor ancestral, se dispusieron a chapalear el barro borravino. Al llegar a la curva divisaron la capilla de San Isidro Labrador, de tejas rojizas y puertas cerúleas, delimitada por las piedras de un desteñido encalado y por la cruz embadurnada de aceite viejo, enorme aspa recortada en las profundidades de ese velo azulino transformado en llovizna. Se persignaron con solemnidad y ella suspiró. Aún persistían las exhalaciones del monte, como una caverna aromosa.

Decidieron cortar camino a través de los yerbales de “los gringos”, pasando por el capueral de “la Compañía”; iban sorteando los árboles derribados como muertos gigantescos después de una batalla; solamente los pindós fueron dejados como vigías forzados de un horizonte cada vez más claro y silencioso. Pasaron las alambradas oxidadas antes de vislumbrar, desde la cima, el río de movimientos contrarios de los vehículos que se desplazaban allá abajo entre las brumas, que se fueron deshilachando hasta quedarse enredadas en el tope del mástil de la Parada.

Ellos estaban en la esquina, atrapados en el ritmo tumultuoso de la ciudad, telaraña de trajines en el cemento. Quedáronse embelesados contemplando el cambio de colores de los semáforos, colocados hacía muy poco tiempo. Así estuvieron hasta que el chicuelo lanzó un llantito que le venía del pecho, compungido por el aire enrarecido. Apretaron el paso envueltos por los peatones presurosos.

Al llegar al centro, comenzaron a extender los brazos, como les habían enseñado sus padres, en un gesto magnificado de ofrenda, y caminaban lentamente en el fárrago de baldosas frías, jardines esclavizados y aldabones relucientes. ¡Sí! ¡Esa era! Estaba como les habían contado, una mujer-niña de peluquín rubio, muy quietecita parada entre otras, con una sonrisa eterna enfundada en un ropaje vistoso y zapatos de charol detrás de la vidriera.

Un bocinazo ensordecedor los sacó del ensimismamiento. Siguieron a los cables negros de las alturas, que cada tanto se entrecruzaban con otros y éstos más allá con aquellos, y así hasta que ella quedóse extenuada sobre el césped de la Plaza. Adormilados, con el letargo acompasado producido por las variantes sonoras de la calle, reaccionaron de pronto a las voces sibilantes de la proximidad curiosa de los Otros, que se acercaban con las muecas del asombro, exclamando al unísono: ¡INDIOS!

La algarabía de los Otros no tenía límites al contemplar aquellas pieles resquebrajadas, presencias inertes, marchitados por el destierro, donde sus soles erraban en retazos de cielos prefijados; los Otros palpaban las fibras trenzadas de las tacuaras, hechas en vigilias parpadeantes de pabilos encendidos.

A él se le tensaron las cuerdas del espinazo, hasta producirle latigazos dolientes en la nuca; ella bajó la mirada y acarició los rizos del gurí dormido en el regazo. Quedáronse tiesos, disecados por las ojivas de las filmadoras, planos convergentes que estampaban las imágenes morenas en sus vientres metálicos.

Se llevaron todo; los dejaron con sus mansedumbres obstinadas y una sarta de monedas de las grandes en las palmas de las manos. Ellos suspiraron de alivio con la partida de los Otros y, con disimulo, ella puso al hijo sobre las combas, y se largaron rumbo a los locales de los turcos”.

Quedáronse deslumbrados ante la profusión de artículos que pugnaban por desbordar los reducidos estantes; aturdidos penetraron en uno de ellos.

Cuando salieron se mezclaron entre los paraguas desplegados a las nubes cenizas, con la inmensa alegría de la conquista: él apretaba en su pecho las seis pilas para la radio y ella saboreaba con el gurí un pan de harina de trigo.

Raúl Novau

El relato es parte del libro Cuentos culpables, Posadas, 1981. Novau ha publicado los libros ”Loba en tobuna” (1990); ”Cuentos animalarios” (2000); ”Liberia” (2010); ”Palitos cruzados” (2017) entre otros. </s

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