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El crucifijo

domingo 07 de agosto de 2022 | 6:00hs.
El crucifijo

Su sueño de retornar a las Islas Malvinas se había concretado. Ya estaba allí, nervioso y emocionado. Abrazando ansiedad esperaba el transporte que lo llevaría a recorrer los campos de batalla de Puerto Argentino y el cementerio de Darwin. Sentado en su silla de ruedas, el veterano de guerra, Roberto Ocampo, aprisionaba paciente con su mano derecha un crucifijo de plata. En compañía de su hermano menor Daniel, respiraba exaltación.

—¡Ahí viene el minibús hermanito! Estoy que exploto, con el corazón muy acelerado. Siento como si estuviera por desembarcar y combatir de nuevo. ¡Qué loco! —vociferó Roberto sumergido en un torrente de nostalgias y sensaciones encontradas.

El transporte marchó con los hermanos a bordo. En minutos ingresó a la bahía de Puerto Argentino. Hizo un breve recorrido y se dirigió hacia los Montes Harriet y Tumbledwon donde estuvieron apostadas parte de las defensas nacionales repeliendo por semanas el incesante ataque imperial, acciones que finalizaron el 14 de Junio de 1982. El viento polar, con temperaturas bajo cero, se hacía sentir con intensidad avivando la memoria de la gesta patriota. Los hermanos descendieron en silencio. Daniel empujaba con cuidado la silla de ruedas. La hostilidad del terreno le impedía un avance confortable al excombatiente quien, con ojos de radar, observaba cada centímetro rocoso.

—¡Fue acá, fue acá! —gritó sumamente entusiasmado—. Acercame hasta ese hoyo por favor. Fue acá hermano uno de los lugares donde nos apostamos con la artillería. Hacíamos pozos de dos metros de hondo por dos metros de ancho, como nichos. Lo tapábamos como podíamos y allí nos refugiábamos, allí vivíamos.

Conmovido, tomaba de la parcela diversos elementos que el tiempo deterioró y que llenaron sus ojos de lágrimas: vainas servidas de diferentes calibres, estacas de carpas, latas de gaseosas, suelas de zapatillas marca flecha, cables que se utilizaron para las telecomunicaciones, estropeados borceguíes de diversas tallas y piezas oxidadas de morteros. Soterrados testimonios de una inexplicable contienda. Cabizbajo, oraba besando su crucifijo, rememorando en cada objeto su interminable estadía bélica.

—Los piratas nos bombardearon sistemáticamente por más de un mes hermano para quebrar nuestra férrea defensa. Lo hacían desde el mar y desde el aire. Los combates se fueron intensificando en junio en diversas zonas. Del 11 al 13 de junio fue un verdadero infierno, y en la madrugada del 14 prácticamente nos enfrentamos cuerpo a cuerpo. Esa noche, mientras llevaba las últimas municiones a los artilleros, una bomba estalló a metros de mi posición y una esquirla destrozó mi pierna izquierda. El sonido de la explosión me perforó un tímpano. A partir de allí todo fue dolor y confusión. Dependí de mis camaradas para sobrevivir. Según me narraron los enfermeros, un soldado me cargó hasta la enfermería y luego regresó a su puesto para seguir combatiendo. De acuerdo a un informe, la zona donde cumplía tareas ese soldado fue bombardeada y perdió heroicamente su vida junto a los de su división, defendiendo la posición como se les había ordenado. Y aquí quedaron esos jóvenes hermanito... En breve los visitaremos.

El minibús continuó su viaje por un camino de ripio. Lo hizo lentamente, como marchando en un cortejo fúnebre. El guía de la empresa Falkland Islands Tours anunció el arribo al Cementerio de Darwin, donde descansan 237 héroes argentinos caídos en batalla. Ambos descendieron afligidos, contemplando con tristeza ese solar desolado donde se alzan las cruces blancas más patriotas del Cono Sur.

Roberto fue recorriendo con su silla de ruedas una por una las cruces, acariciándolas como un padre acaricia a sus hijos y leyendo sus recientes epitafios identificatorios. Entre sollozos se persignaba. La inscripción “soldado argentino sólo conocido por Dios” lo quebró profundamente. Acongojado se quitó el crucifijo que portaba y lo colgó sobre una de las cruces sin identificación.

—Tal vez fuiste vos el que me rescató esa noche. Tal vez fuiste vos mi ángel salvador. Te dejo este crucifijo que me regaló mi madre en la estación de trenes el día que partimos desde Misiones hacia esta tierra austral. Está bendecido y me protege desde hace ya 40 años. Te agradezco infinitamente amigo. Algún día, cuando mi oído sano escuche el llamado de Dios, nos encontraremos para conocernos, para compartir un grato momento de camaradería y para izar juntos en estas Islas nuestra bandera celeste y blanca, la misma que enarboló Manuel Belgrano, la que acompañó a San Martín en el cruce de los Andes, la que flamea en cada escuela donde estudian nuestros hijos y nietos, la que defendimos con frío y hambruna pero que nos llena de orgullo el corazón. ¡Gracias por tanto amor a la Patria! ¡Dios bendiga tu alma!

Después de rezar, el veterano de guerra extrajo de su campera un pabellón nacional con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas” que le obsequiaran en su partida hacia el sur integrantes de la Asociación de Veteranos de Guerra. A capela entonaron junto a su hermano Daniel, el Himno Nacional Argentino y la Marcha de las Malvinas como corolario de las emociones vividas en su regreso a las Islas. Al grito de ¡Viva la Patria!, Roberto emprendió su regreso al hotel con las heridas de su interior cicatrizadas y con la esperanza de que la paz prevalezca permanentemente en el mundo.

Marcelo Rodríguez

Inédito. Rodríguez ha publicado los libros “Cuentos con Esencia Misionera” y Poemas con Esencia Misionera

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