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Anécdotas de Don Cacho: Episodios II

domingo 31 de julio de 2022 | 4:30hs.
Anécdotas de Don Cacho: Episodios II
Leandro Arrechea y las dos hermanas Goicoechea. //Foto: Archivo.
Leandro Arrechea y las dos hermanas Goicoechea. //Foto: Archivo.

Visita. La visita del gobernador a un municipio era, y seguramente es, un acontecimiento importante. Por aquel tiempo la gente se ponía sus mejores galas y con satisfacción no disimulada presentaba sus problemas personales o locales y la complacencia de ser escuchado y reconocido. A su vez los funcionarios anfitriones con montones de pedidos de gente importante, demostraban su alta consideración personal dentro de los funcionarios provinciales.

Eran tiempos de naciente democracia y había un potente compromiso para demostrar que la democracia era un bien para todos, no solamente para los importantes del pueblo sino para el que raye: Con la democracia se come, se educa y se cura y también se recibe al que quiera ser escuchado. A nadie se lo mide por el bolsillo. Así cambiaron las cosas. Las agendas eran tupidas y muy movidas… Especialmente nos interesaba escuchar a las cooperativas que eran cooperativas en serio; no las inventaba el gobierno para uso político ni los del Consejo para mejorar su propia economía.

En el tema de atender a todos sin excepción no había quedado claro si atender a todos, incluidos los borrachos, o borrachos abstenerse. La gente iba llegando o ya estaba, pero en lo posible dentro del salón; eran audiencias públicas donde todos escuchaban a todos, democracias sin secretos y a la luz del sol. Todo marchaba correctamente con mucha gente adentro hasta que cae un borracho. El policía de la Policía Democrática entendió "incluido borrachos". Que hacen los borrachos en ese tipo de reunión: joder.

Hablaba uno con los funcionarios, planteaba la razón de su visita y…contestaba el borracho; otro concurría por un tema de enfermedad y él acompañaba el pedido diciendo que era cierto que él lo conocía, además ponderaba la libertad de poder hablar, seguramente para vacunarse… hasta que de simpático se puso pesado, y nervioso al policía que con disimulo lo agarró del brazo y democráticamente lo empezó a tironear y llevar para afuera. El hombre con alcohol incorporado empezó a retozar mansamente que él había votado y que ahora todos somos autoridad y que no había venido de balde… que vino a hablar con el gobernador.

Ya en la delgada línea que separa el exterior del interior tironeado por el policía y agarrado del marco de la puerta manifestó finalmente la razón de su visita: "Che Cacho, cuando vas a venir a comer mandarinas a mi chacra…". (Aristóbulo del Valle)

Santa Inés. Ya hace muchos años se me ocurrió compartir con mi hijo adolescente Ignacio, un poco de historia misionera. El tema historia lo traía arraigado desde la familia materna, no porque hayan sido estudiosos lectores como disciplina, sino porque sin quererlo y sin saberlo, varios fueron parte de los modestos acontecimientos. También una motivación especial, éramos vecinos de don Aníbal Cambas, a quien solía visitar y me llenaba de interés y curiosidad por saber de nuestra historia tan poco conocida y tan poco escrita por ese tiempo.

Ahí, en casa del escribano, supe de que había un tal Andresito del cual no tenía noticias ni en mi casa ni en la primaria de la Normal (ahí jugábamos a ser unitarios o federales); supe de Andresito y además me pidió visitar al escultor Perlotti en Buenos Aires, que tenía el encargo de hacer una estatua de Andresito absolutamente desconocido por la historia nacional: por ser indio y aun peor, artiguista.

En una oportunidad, yendo a visitar a familiares de Montevideo, me recomendó visitar el Archivo Nacional Uruguayo. Enorme fue la emoción cuando en una caja comencé a encontrar documentos auténticos de Andresito; era toparme con la historia real, nunca había visto un documento histórico y estaba la firma propia y sin que me lo cuenten de Andrés Guacurari y Artigas con una rúbrica llena de firuletes al modo de la época… Y como si eso fuera poco, un documento de la Aduana donde manifestaba el arribo de la fragata inglesa Francis desde Rio de Janeiro, donde figuraban mercaderías y entre unos treinta pasajeros nada menos que el ya famoso para mí Andresito… nada que murió en la Isla das Cobras, yo lo leí con los mismos dos ojos que sigo leyendo lo que escribo ahora. Pero no, la versión final es que no había embarcado y sólo llego en la lista y que desapareció en los "repliegues" de la historia (como le gusta decir a un periodista gorila).

Tampoco había mucho donde leer; me acuerdo de Raimundo Fernández Ramos o la Provincia de Misiones de Cambas, así de cortito; también escritos de Carvallo de San José o Chiquito Sánchez, relator y articulista y de algunos autores que relataban visitas al Territorio Nacional de Misiones (libros que fui comprando más tarde en las ‘Librerías del viejo’, en la calle Corrientes en Buenos Aires). Lo que sí había y bastante era del período jesuita, pero con mucha polémica y mucha ideología de contrabando. En el sentir de la época para los de acá era como si no era parte de nuestra historia (y sí que lo era). Con decirles que en el año 53, con la familia fuimos de turismo a Cataratas y pasamos de largo por San Ignacio…
Lo que si vale la pena es que les cuente Cataratas/53. La información familiar era que don Leandro Arrechea, en los comienzos del siglo pasado fue el primer hotelero y a su vez comisario de Iguazú, y que al Salto dos Hermanas le puso el nombre en homenaje a su señora Goicoechea y cuñada.

Décadas después, cuando el viaje que relato, la visita a la Garganta era tan precaria que para llegar se caminaba en los últimos tramos sobre tablones dispuestos de pilar en pilar, sin barandas hasta un islote, y de ahí en bote con expertos canoeros kamikazes que no usaban remos, ni falta que hacía, sino tacuaras que estribaban en rocas para que la corriente no los/nos arrastrara.

Me acuerdo la ida muy bien, clavé la vista en el agua burbujeante, agitada a mil arremeter contra las rocas, en las tacuaras que sostenían el rumbo y las orejas en el atronador ruido de la caída; la garganta y la vuelta se me borraron. Nació a puro pánico por ese tiempo el auténtico turismo aventura.

Pero me fui del tema, un poco de historia local para mi hijo… Arriba del auto rumbeamos a Santa Inés de los Núñez. Era la historia viva a la vuelta de la esquina. La estancia era menos que el establecimiento yerbatero, a pesar de que toda la propiedad eran 16 mil hectáreas y mil y algo de yerba mate, con el gran mérito de haber sido el primer yerbal de zona de campo posjesuita.

Como todo sabemos, el árbol de la yerba es una especie natural de la selva y salvo los jesuitas que le encontraron la vuelta a la semilla pudieron hacerla prosperar fuera de la selva. Expulsados los jesuitas, como si fuera una maldición nadie podía fructificar la semilla. Intentaron limpiando monte y plantando debajo renovales, no les puedo contar si tuvieron buenos resultados. El que si tuvo buenos resultados fue don Pedro Núñez desde los comienzos del siglo XX, que atropellando pastizales a pura mulas y arado plantó yerba mate de la mano de Carlos Thays, botánico francés creador del bellísimo Parque Botánico de Buenos Aires, donde también implantó yerba mate. Hubo que esperar más de100 años desde la expulsión de los jesuitas para que el verde y sabroso follaje de la yerba vuelva a ver el sol del sur y adornar sus lomas por segunda vez.

No recuerdo cuándo fui por vez primera al establecimiento, pero volví algunas pocas veces según me acuerdo y especialmente cuando fui con Ignacio. Dimos una recorrida por los antiguos secaderos, capilla y casas de algunos pobladores, hasta que nos topamos con un grupo meta mate. Le digo a Ignacio "vamos a bajar a charlar". Así lo hicimos, pregunta va, respuesta viene… que desde cuándo y qué tarea. Blabla de un lado, blablá del otro, hasta que noto que uno más viejo me miraba insistentemente; este me conoce pensé, acá papeo con mi hijo.

Lo miro en modo hombre público y le digo al de la mirada: "Usted me conoce".
"Síii", me dijo. "¿Quien soy?", le pregunto, seguro de la respuesta. "Alterach", me contesta… Morreu papo.

P/S: Santa Inés: Nanny Núñez, ingeniera agrónoma y encantadora persona, me transmitió información del establecimiento y en especial lo de Thays y su abuelo don Pedro Núñez en la magnífica residencia familiar, incluido el álbum de fotos y posterior recorrida.

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