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Amigos o enemigos de Francisco

domingo 24 de julio de 2022 | 6:00hs.
Amigos o enemigos  de Francisco

La columna del domingo pasado provocó algunos comentarios que me decidieron a seguir escribiendo sobre Francisco, pero solo desde un punto de vista... digamos político. Dejo de lado el abismo entre lo inmanente y lo trascendente, lo temporal y lo eterno, origen de juicios equivocados y de peleas estériles. Pero además resulta que los cristianos (o musulmanes, o judíos, o budistas, o lo que sea) no están de un solo lado del arco político y sus líderes lo son de todos, sin banderías. Aclarado este punto, voy a tratar de explicar por qué es un error político oponerse al Papa en la Argentina de hoy. Y eso está ocurriendo en gran parte del espectro social argentino, pero especialmente en el círculo rojo anti-K y también en el católico más tradicional, pero muy especialmente entre los periodistas y analistas opositores, que no paran de denostar al Papa sin darse cuenta del inmenso error en el que están cayendo.

El 13 de marzo de 2013 fue elegido como Papa el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. La noticia cayó como un baldazo de agua fría sobre la cabeza de la entonces presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, que se llevaba muy mal con el cardenal. Con bastante fundamento suponía que Bergoglio venía de la derecha católica peronista, del lado contrario de la izquierda montonera, también peronista, a la que ella adscribía. No hay más que ver las tapas de Página 12 de aquellos primeros días del pontificado de Francisco: en la del 14 de marzo, mandaron ¡Dios mío! como único título, y encima lo acusaban de encubridor de delitos de lesa humanidad, cómplice de dictaduras y enemigo de los gobiernos kirchneristas. Las ediciones del 15, 16, 17 y 18 de marzo siguieron violentas contra el nuevo Papa, pero las del 19 y 20 ya son fanáticas de Jorge Bergoglio. Es que el 18 había estado Cristina en Roma para la asunción de Francisco y ahora todo eran sonrisas, besos y regalos.

Fue Rafael Correa, el presidente del Ecuador, quien llamó a Cristina para rogarle que cambiara de actitud y seguramente le dio también un par de consejos cristianos, como que pida perdón. Pero no importaba tanto la ideología como la habilidad política para hacerse con la amistad de quien está llamado a ser el argentino más importante de la historia. Cristina lo entendió volando y la bajada de línea llegó a todo el kirchnerismo y, por supuesto, a su periódico insignia Página 12, y a sus columnistas, que se dieron vuelta en el aire sin decir esta boca es mía. Cristina mostró una cintura política digna del Gattopardo, mientras las fuerzas anti-K, en lugar de aprovechar el vacío y primerear a Cristina, o de competir con ella para ganarse el favor del Papa, se pusieron en contra de Bergoglio porque los amigos de mis enemigos son mis enemigos.

La historia está plagada de enemigos de la Iglesia que intentaron destruirla. Desde Nerón hasta Stalin, pasando por Napoleón, hay una larguísima lista de personajes poderosos que confundieron lo temporal con lo eterno. Nerón pensaba que terminaría con los cristianos matándolos en el circo y Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el Papa cuando Churchill mencionó en Yalta a Pio XII. Cayeron los imperios uno tras otro, precisamente porque son temporales, mientras que la Iglesia sigue en pie, a pesar de los pesares, porque su imperio no es de este mundo.

Decía la semana pasada que no hay que extrañarse de que un cristiano ame a sus enemigos y por eso hay que suponer que hasta Sergio Massa puede llegar a abrazarse con Francisco si pide perdón por su propia estupidez, como el emperador Enrique IV ante el Papa Gregorio VII en 1077 en Canossa. Pero en esta columna solo quería resaltar que aunque las palabras, la conducta y las decisiones de Francisco superan el plano de lo temporal, igual es una falta descomunal de cintura política ponerse en contra de un Papa que, además de ser argentino, no parece que vaya a ser uno más de la fila. Bastaría con mirar dónde está él y dónde sus detractores. Pero, además, Cristina demostró que todo se puede arreglar en cinco días.

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