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Eric resiste

domingo 24 de julio de 2022 | 6:00hs.
Eric resiste

Aquella catastrófica noche arrasó con decenas de vidas, arruinó otras tantas, modificó muchas y reinventó otra, la de Eric. Simpático cantante de folk, cada fin de semana dejaba su oficio de electricista para tomar la guitarra y animar las veladas en La Fonda de Jane, la única cantina de aquel pueblo de montaña al sur de Idaho. Poco más que unas imponentes vistas a las Rocallosas entregaba aquel lugar, concurrido por amantes del paisajismo, la tranquilidad y el aire puro.

Pero no todo era color de rosas. Muchos antiguos pobladores debieron vender sus propiedades acosados por grandes empresarios que querían explotar los minerales de aquellos imponentes montes. Así comenzaron el éxodo, la tala indiscriminada y los deslaves.

Aquella catastrófica noche llovía torrencialmente y los parroquianos se entremezclaban con un puñado de turistas en La Fonda de Jane mientras Eric canturreaba amenamente los grandes éxitos de los Doobie Brothers adaptados al estilo campirano. A un estremecedor estruendo le siguió el corte de luz y un griterío infernal: sin vegetación que la sostuviera, la montaña se vino abajo y arrasó la mitad del pueblo.

Los policías y paramédicos del condado rescataron a los heridos y no perdieron mucho tiempo en identificar a los fallecidos. Una mano sujetaba una guitarra, suficiente: Eric estaba muerto.

Pero Eric no se murió. En el último instante entregó su instrumento a un solitario turista y se escabulló entre los troncos. Huyó a un poblado cercano y lo encontró un anciano, que lo llevó a su casa, curó sus heridas y al tiempo lo contrató para trabajar su huerta a cambio de techo y comida. Eric, que cambió su nombre a Ralph y se dejó crecer la barba, caminaba una vez a la semana a su antiguo pueblo munido de un ancho sombrero que le cubría la mitad del rostro. Allí vendía algunos vegetales del excedente y aprovechaba para interiorizarse de la situación. La empresa Trusck Inc. había comprado el sitio que ocupaban La Fonda de Jane y otras seis casas para avanzar en su proyecto minero. También adquirió la única estación de radio y desde allí emitía mensajes de defensa de la explotación que ejercía.

En silencio, mientras labraba la tierra y plantaba tomates, Eric fue urdiendo la venganza. Y luego de tres años y medio de aquella vida clandestina, reunió fuerzas una mañana de abril, apenas despuntó el alba, y se dirigió a las oficinas de la compañía minera en la cima de la montaña. Pidió hablar con el capataz con la excusa de ofrecer una propiedad a la venta. En un descuido del secretario, conectó un micrófono al transmisor de la antena y comenzó a cantar ‘Memorias negras’, una canción que compuso en la adolescencia y grabó en un disco que la Trusck Inc. había prohibido.

Al oírla, el pueblo salió del letargo. Una anciana de 93 años cortó el cuello de un oficial de la Trusck con su tijera, niños de primaria asaltaron un depósito y lo hicieron volar en pedazos, la dulce Sally, reina de belleza y defensora de la ecología, subió a un tractor y se inmoló al aplastar la sede del banco, también adquirido por la empresa.

Pero hubo más: 17 mineros orinaron sobre los insumos de la mina y los inutilizaron. Acto seguido, arrojaron al subgerente por un acantilado.

El gobierno central envió refuerzos y allí se profundizó la resistencia.

Antes de la noche trágica, Eric se reconocía un pacifista. Confeso seguidor de los grandes hombres y las grandes mujeres que aportaron su esfuerzo y hasta entregaron su vida por defender los ideales de la no violencia, guardaba, sin embargo, una pasión que no se condecía con sus ideales y que él mismo calificaba como un escape. Es que este guitarrista y cantante folk que había grabado dos discos y era figura reconocida en un ámbito en el que resultaba imposible vivir de la música, trabajaba duramente como electricista, oficio de herencia familiar, pero en cada rato libre conectaba la vieja videocasetera y veía películas de acción. Era fanático de Rambo, de Terminator, de Soldado Universal, de Desaparecido en Acción y de cuanto film le entregara violencia, sangre, muertes y resistencia a la autoridad. De allí, sin saberlo, extrajo los conocimientos con los que encabezó una épica revolución.

Desde el transmisor de la antena de la radio, convocó a los propietarios de Trusck Inc, y para darle solidez a su reclamo, tomó como rehenes al gerente de la mina, Wallace Sanders, y a otros directivos.

Mientras tanto, las calles de este pueblito al sur de Idaho se poblaron de trincheras. La venerable anciana Pemberton, profesora de piano y presidenta del Club de Abuelas Caritativas, empapeló las paredes con la recompensa ofrecida por la cabeza del Astuto Joe, el vecino que chantajeó a las primeras familias para que vendan sus propiedades a la Trusck. Los Boy Scout bloquearon las rutas de acceso y reventaron los neumáticos de las fuerzas federales que llegaban a poner orden. La Asociación Protectora de Animales envió perros kamikaze que hicieron detonar el almacén de alimentos de la empresa minera.

Tres semanas después de que sonara en la radio ‘Memorias Negras’, el propietario de la Trusck, sir John Vincent Wollong, arribó al lugar en el segundo helicóptero; el primero, enviado como señuelo, fue derribado por un barrilete explosivo y los pilotos, arrojados todavía vivos a los cerdos.

Cuando Wollong descendió del artefacto volador, Eric le apoyó la carabina en la frente y le advirtió: “Hay dos formas de que salgas de aquí. La más rápida, saltando”, y señaló un despeñadero de 217 metros.

Qué quieres, preguntó el empresario. Eric exigió que la firma renunciara a todas las propiedades en el pueblo, que se comprometiera a no regresar jamás a esas montañas y que hiciera una donación de 200 millones de dólares para reparar los daños. Wollong se negó. Eric, entonces, cortó la garganta del gerente Sanders y vertió la sangre sobre Wollong. El adinerado empresario durmió aquella noche en un rojo charco.

A la mañana siguiente, dos gallinas picoteaban las piernas ensangrentadas del dueño de la Trusck. La tortura prosiguió por ocho días. Al noveno, Wollong aceptó la derrota y mandó llamar al escribano de la empresa con todos los títulos de propiedad.

Así, el pueblo volvió a manos de sus habitantes, la contaminación se detuvo y floreció nuevamente la agricultura. Se respiraba un nuevo aire, pero Eric no lo pudo disfrutar: la compañía disquera lo demandó por difundir ‘Memorias Negras’ sin abonar los derechos de reproducción y lo hizo encarcelar. Hoy Eric está tras las rejas, a la espera del juicio. En la cárcel no permiten que vea películas de acción.


Inédito. Bachiller es periodista, reside en Posadas.

Mariano Bachiller

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