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Leviatán y nuestra decadencia

miércoles 20 de julio de 2022 | 6:00hs.
Leviatán y nuestra decadencia

En los colegios religiosos estudiábamos historia sagrada, síntesis sueltas de la Santa Biblia. En una de ellas se refiere a Leviatán, criatura mitológica que se encuentra citada en el Antiguo Testamento como una monstruo del caos y el mal, cuya existencia es de antes de la creación del mundo. Originario de la cultura hebrea, Leviatán, aparece mencionado varias veces en los textos de la tradición judeocristiana. Su creación por Dios se encuentra en el Génesis y Job describe su aspecto físico con semejanzas a un dragón.

Debido al hecho de que está asociado al mal, no es de extrañar que Leviatán sea una de las figuras principales de adoración en la fe satánica, en la que es considerado uno de los nueve príncipes del infierno. Asimismo, pueden encontrarse algunos paralelismos de esta criatura en ciertos textos de la Antigüedad Clásica, tales como la Odisea en la que se menciona a Escila, una ninfa griega que fue transformada en monstruo marino devoradora de barcos y causantes de naufragios. En la época de los viajes de exploración naval, crecieron las leyendas sobre fenómenos extraordinarios vividos por los marineros en altamar. En ese contexto, la leyenda de Leviatán tomó nuevamente vigor, pero en lugar de referir específicamente al personaje bíblico, el nombre se usó como un término genérico para llamar a todos los monstruos marinos descritos por los viajeros. Ignorando a los monstruos humanos que aparecieron y siguen apareciendo en la tierra.

Estos monstruos marinos, que la mayor parte de las veces imaginaban como ballenas, nadaban rápidamente alrededor de las naves hasta crear un remolino, y con ello, se preparaban para engullir naves completas.

Leviatán, junto a otro príncipe del averno, Lucifer, jefe de los ángeles caídos y el más bello de todos, responsable de enseñar a la humanidad el uso de las armas, cuando se asocian provocan caos y guerras. En su accionar, para instigar al hombre a provocar conflictos necesitan poseerlos. Y, en la historia de la humanidad, a variopintos personajes los poseyeron. Por ejemplo, en el siglo XlX el elegido fue Napoleón, en cuyo periodo guerrero (1800-1815) murieron de tres a seis millones de seres humanos 

En el siglo XX por culpa de Adolfo Hitler, causante de provocar la segunda guerra mundial, fenecieron, según cálculos optimistas, alrededor de sesenta millones de personas. A esta espeluznante cantidad debe sumarse los diecisiete millones abatidos en la primera guerra mundial.

En nuestro puntual siglo XXl, Vladimir Putin, el moderno Rasputín, es culpable de asesinar a miles de ucranianos bajo el ridículo pretexto de tumbar a un gobierno pro Nazi que gobierna Ucrania, pues, presupone, pone en peligro la integridad de la actual madre Rusia, continuadora de la política hegemónica y antidemocrática de la antigua URSS. Teniendo en Argentina personajes que le rinden pleitesía.    

El filósofo Thomas Hobbes tomó de este monstruo bíblico para asimilarlo con el Estado. Un adelantado. Publicó en el año 1651 el libro Leviatán, estimando que la vida en estado natural era solitaria, pobre, fastidiosa, bestial y breve. A pesar de ello vivió feliz hasta los 91 años.

Su Leviatán trata la forma y poder de una república civil, donde reflexiona sobre el poder del Estado con miras a justificar los gobiernos de tipo absolutista.

Para Hobbes, la palabra Leviatán se vuelve imagen del poder del Estado. Así lo expresa cuando indica lo que se llama república o Estado, es metafóricamente un gran Leviatán, un ser no humano, un hombre “artificial” destinado a la protección del hombre natural.

Sin embargo, como él lo concibe, no es un ser eterno ni divino, sino que está sujeto a enfermarse y/o perecer como todo mortal, razón por lo cual explica los problemas que el Estado debe enfrentar, y qué leyes debe obedecer para garantizar su supervivencia.

Esta supervivencia está condicionada en Estados que practican la democracia o de regímenes totalitarios. Sobre este último cabe el ejemplo de la URSS, la Unión de las repúblicas socialistas que dio comienzo con la revolución rusa de 1917 y colapsó con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. En América se cuentan tres regímenes totalitarios que aún perduran: Cuba, Venezuela y Nicaragua, países de libertades conculcadas.

En nuestra Argentina, país democrático por excelencia, desde que se reconquistó la democracia en 1983 se sucedieron gobiernos surgido del voto popular, pero ninguno de ellos supo manejar los resortes de una economía estable, imitando en su andar a la época de los conservadores que tiraban manteca al techo, con la salvedad que en aquel tiempo el país era rico merced a producción del campo. Hoy el campo no produce igual, pero produce. Y merced a sus exportaciones entran dólares al país que alcanza apenas para cubrir en parte el gran déficit fiscal, pues se gasta más de lo que se produce. Como no soy economista no entraré en esta materia de expertos, pero bien, estos, podrían preguntarles a las amas de casa como hacen para sostener el hogar y parar la olla en esta encrucijada de tantas mishiaduras. Si no es opinable para legos, bien se puede observar las causas y efectos del mal manejo de los ecónomos argentinos: Inflación galopante, dólar por las nubes, sin valor de la moneda, pobreza extrema del 40% de argentinos, educación paupérrima donde el ministro de educación confiesa que un niño de tercer grado apenas lee, amén de los jubilados con haberes miserables. Para colmo, Belial, el demonio de la corrupción, se ha posesionado de algunos funcionarios y de hombres de negocios.

Sólo nos queda rogar, que los políticos cierren de una buena vez la grieta que los separa y traten de hacer un pacto, tipo Moncloa, para tratar de encontrar la salida de nuestra decadencia.

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