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Vuelo en tormenta

domingo 17 de julio de 2022 | 6:00hs.
Vuelo en  tormenta

¿Qué hace ese tipo? ¡Está loco ! Con esta terrible tormenta y quiere aterrizar en el aeropuerto, cuando está cerrado. Se van a matar!!

Estos pensamientos cruzaban por la mente del controlador de torre del aeropuerto Gral.

San Martín de Posadas, aquella tarde del mes de octubre hace ya muchos años.

Decidimos ir a Buenos Aires desde Misiones en un Cessna 172 R.G.

Para quienes no tienen idea de la denominación de aviones, les comento que este era un avión monomotor a hélice de 4 plazas con tren retráctil.

Despegamos desde Campo Grande y pensábamos completar combustible en Posadas.

La esposa de uno de los pasajeros, piloto civil, nos dijo “Tengan cuidado con el tiempo”. No le prestamos mucha atención y despegamos.

Como piloto al mando iba el dueño del avión; un reconocido productor de la zona centro. Además viajaban en condiciones de pasajeros, un médico y un niño de 8 años.

La idea era ir hasta Buenos Aires de paseo y al mismo tiempo de instrucción de vuelo, ya que entraríamos al TMA Baires (Área de control Terminal) ‘un cuco’ para los pilotos del interior y aterrizaríamos en San Fernando o en Don Torcuato, volando de noche y con plan de vuelo instrumental. La capacidad del tanque de combustible nos permitía un vuelo directo a Buenos Aires. Yo estaba sentado en el asiento de la derecha, como copiloto y en calidad de instructor de vuelo. Era una linda y despejada tarde de octubre 1991.

A medida que transcurría el vuelo hacia Posadas, vimos que se formaban nubes de distinto tipo, mayormente cúmulos, pero el cielo en nuestra ruta, seguía siendo apacible y despejado.

De pronto, vimos asombrados que hacia Apóstoles estaba todo cubierto por nubes de tormenta.

En la jerga aeronáutica se les llama Charlie Bravo. Son en realidad Cúmulus Nimbus, la más peligrosa nube de tormenta de desarrollo vertical, que se eleva miles de metros.

Seguimos volando y al ingresar al TMA Posadas le informamos por radio de nuestro tránsito y nos responden desde la torre: Posadas se encuentra ‘bajo mínimos’. En otras palabras, eso significa que el aeropuerto no está operativo.

Allí me entré a preocupar. Pensé en aeródromos de alternativa: Quiteria, en Encarnación, Paraguay, también se había cubierto. Miré hacia atrás y vi una muralla de nubes negras. Hacia Campo Grande o San Ignacio, en la pista de gendarmería- operativa en aquellos años - no podría regresar. Hacia Apóstoles, se alzaba amenazante una negra muralla de nubes. Para nosotros ya no era una alternativa viable.

Como me había hecho cargo de las comunicaciones, hablo de nuevo con la torre de Posadas y me responden: “Aeropuerto cerrado. No puede aterrizar.”

En el asiento trasero en donde iban el niño y el médico, se dieron cuenta que la cosa no estaba bien.

Yo mantenía la calma y pensaba a mil. El piloto que hasta ese momento estaba a cargo de los mandos me dice: “Maestro, hágase cargo” dejando traslucir la angustia en su voz. Tomo el control del avión y analizo mis posibilidades. Quiteria en Paraguay enfrente de Posadas: cerrado… hacia atrás, San Ignacio, cerrado, Apóstoles en igual situación. Mi única opción era Posadas. Pero el aeropuerto estaba inoperativo. ¿Qué hacer? Estábamos dentro de una tormenta que nos había encerrado sin posibilidad de escapatoria.

En ese momento volábamos a 1.200 metros de altura … de pronto vuelvo a mirar mi altímetro y leo 400 metros. O sea que un instante, la tormenta nos había empujado 800 metros para abajo. La nariz del avión apuntaba hacia la vertical. Imagínense, eso es como estar en una montaña rusa. Los testículos te suben a la garganta, y el cagazo es total. Pero tienes que mantener al calma. Por tí y por tus pasajeros.

Vuelvo a solicitar permiso a Posadas para aterrizar- por tercera vez. Me contestan ¡NEGATIVO!

Aunque hubiera solicitado una entrada por instrumentos… tampoco me la iban a autorizar.

Imagínense, estar en una habitación totalmente a oscuras y no ver nada. Así era nuestra situación en aquel momento. De pronto; se abre debajo de nuestro avión un agujero azul. Esta es la mía, pensé.

Me zambullí con la máquina por ese agujero y de pronto vi la pista. La tormenta arreciaba.

Le anuncio a la torre de control; “Aquí Lima Víctor Alfa Mike Uniform pista a la vista solicito permiso para aterrizar”. Me responden de manera inapelable: “Negativo, aeropuerto cerrado”

El controlador de torre está sentado dentro de una oficina vidriada y con aire acondicionado. Puede ver en todas direcciones. ¡Pero está en TIERRA!

El piloto está en el aire y a cargo de un avión y sus pasajeros. ¡Es el responsable!

Por supuesto, no le hice caso al controlador del aeropuerto y aterricé. No había otra opción.

La aproximación a la cabecera 19 la hice a plena potencia para tener control del pequeño avión.

Cuando salimos hacia calle de rodaje nos sacudieron las ráfagas de la tormenta. Apenas llegamos a plataforma les pedí a mis pasajeros: “Préndanse de los montantes porque sino , nuestro avión se vuelca.

El controlador de torre a los gritos: “¡Le voy a hacer un acta de infracción!!” Le respondo: “Usted haga lo que tenga que hacer. Nosotros estamos aterrizados, gracias a Dios”.

La tormenta en esos momentos sobre el Aeropuerto General San Martín de Posadas estaba en su máxima expresión. Los cuatro prendidos a los montantes. Así estuvimos por casi unos 15 minutos hasta que amainó un poco para permitirnos amarrar el avión.

Fui hasta la oficina de ARO –AIS (Servicio de Información de vuelo ) para dar la entrada del avión y declarar a mis pasajeros. Me hacen firmar el acta de infracción.

Una hora más tarde, pedimos un taxi hacia la ciudad, y esa noche festejamos la vida cenando un rico asado en una parrilla de Posadas. Al día siguiente, continuaríamos nuestro viaje a Buenos Aires.

Actualmente podemos contar esto como una anécdota más de vida. Pero bien podríamos haber encabezado un titular en los diarios que diría más o menos lo siguiente:

“En un siniestro de avión – ayer en horas de la tarde - pierden la vida cuatro personas, entre ellos un menor” Afortunadamente esto no ocurrió. No se puede vencer a una tormenta, pero Dios es nuestro mejor copiloto...Siempre !

 

Inédito. Gómez es instructor de vuelo, piloto comercial Primera Clase de avión y periodista. Reside en Jardín América.

Rosamel Gómez

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