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La estatua de monedas

domingo 17 de julio de 2022 | 6:00hs.
La estatua  de monedas

En una época mi viejo se dedicó a juntar monedas, con la idea de fundirlas y fabricar con ellas una estatua. En homenaje a no sé quién: según me dijo, alguien que quería o admiraba o algo así, y que se había muerto hacía poco. Solo supe que era una mujer pero no puedo recordar quién era, ni si me dijo su nombre en ese momento. Tampoco me enteré si fue un problema técnico con la fundición de las monedas lo que terminó convenciendo a papá y a sus amigos de que no se podía avanzar con el proyecto. No creo, con mi hermano conseguimos moldear una hermosa ballenita metálica y veteada que todavía conservo sobre una repisa. Sí recuerdo que en el garaje de mi casa, donde teníamos un gimnasio con una bolsa para practicar boxeo, un puching ball y una soga para trepar y hacer cabriolas, un día comenzó a crecer en un rincón esa montañita de monedas de cualquier tipo. Supongo que eran todas de muy poco valor; muchas extranjeras, algunas doradas, otras plateadas. Para ese entonces el auto, por supuesto, pasó a dormir afuera.

Las monedas estaban al lado de un montón algo más grande de bolsas de arpillera repletas de cascarillas de cacao, que durante meses llenaron el ambiente de un aroma silvestre, a chocolate rústico y primitivo. Ese aire se podía masticar. Mis viejos y sus amigos repartían el cacao en orfanatos, asilos y hogares, debía ser muy nutritivo. Revolcándonos entre las dos montañas, mis hermanos y yo jugábamos todo el día y sólo de cuando en cuando nos propinábamos un par de piñas para justificar la bolsa, el puching ball y los guantes de box. Una tarde, después de varios meses de surgida la montañita de monedas, que de a poco había ido ganando bastante altura y ocupaba casi medio garaje, unos amigos de mi viejo, creo que los mismos de las cascarillas de cacao, llegaron en un camioncito y se la llevaron. Cuando volví a casa, me recibió papá con cara de velorio, parecía un perro recién apaleado. “Se llevaron las monedas, no vamos a hacer la estatua”, fue lo único que dijo. No quiso explicar por qué.

Bajé al garaje y en el rincón de las monedas sólo quedaba un rastro de polvo mezclado con una especie de aserrín duro y brilloso, parecía ralladura metálica. Mi hermano menor, científico en ciernes, a escondidas había estado durante semanas poniendo a prueba con una lima la dureza de las distintas piezas de la montañita. Con mi hermano recogimos con cuidado hasta la última ralladura y las fundimos en un pequeño molde con forma de ballena. La llamamos Moby Dick. Nuestra Moby Dick no era blanca como en la novela de Melville, pero tampoco plateada ni dorada. Era veteada, o atigrada, o más bien barcina. Compartía repisa con los libritos de la colección Robin Hood: La isla del tesoro, Tom Sawyer, Sandokan, El príncipe valiente, Tarzán y, por supuesto, Moby Dick. Devoramos Moby Dick media docena de veces a dúo con mi hermano, mientras uno leía el otro frotaba la ballenita barcina. Habíamos leído el cuento de la lámpara de Aladino un poco antes, y mezclamos las historias, así que se nos dio por suponer que a fuerza de frota frota podríamos sacar un genio, o al menos algún secreto, de nuestra metálica e impasible Moby Dick.

Pocos días después de la desaparición de la montañita de monedas de nuestro garaje, y el mismo día en el que el tema de la estatua también desapareció para siempre (o mejor dicho hasta hace muy poco) de nuestras conversaciones, mi viejo nos llevó a mis hermanos y a mí a la costa, muy cerca de donde por esos años estaban los grandes tanques de combustible de YPF. Entramos caminando al río, ahí era bastante playo. Cuando el agua nos llegó más o menos a las rodillas, papá nos dio a cada uno de nosotros un montón de monedas que se ve que había guardado en una bolsita, y nos dijo que las tiráramos lo más lejos posible. La idea nos encantó a mí y a mis hermanos, estuvimos una media hora lanzándolas con fuerza a la manera de un mortero o un cañón para que describieran la parábola más eficiente posible, o a ras del agua a ver si llegaban más lejos haciendo sapito. Aunque eso era difícil con las monedas. Mi viejo, en cambio, las tiraba cerquita nomás, sin fuerza. Yo diría que las desparramaba como maíz a las gallinas, o más bien como si fueran las cenizas de un cadáver muy querido que necesitaba descansar de una vez. Y a medida que las arrojaba repetía en un murmullo una sola palabra, parecía un nombre o un rezo. O no sé, como si llamara a alguien. O le avisara. Yo era el que estaba más cerca, pero a pesar de que la brisa soplaba para mi lado las palabras de papá no me llegaban claras. Le pregunté “¿qué decís, papi?”. “Nada, nada”, me contestó. Su voz me llegó lejana, como venida desde el otro lado de un muro altísimo. O como si fuera necesario hablar en sordina porque estábamos enterrando a alguien. Pero yo no me daba cuenta ni me importó, estaba entusiasmado, aturdido por un inabarcable estado de felicidad. Supongo que me parecía que algo importante estaba pasando o iba a pasar. Creo que eso le sucede a cualquier chico cuando siente que comparte un misterio o un secreto con su padre, aunque no sepa bien de qué se trata.

Claro que nada significativo sucedió. Aunque esa noche soñé con una estatua de bronce, una mujer perfecta que salía caminando del agua, desnuda y chorreando y con reflejos que el sol de la tardecita le arrancaba sin ningún esfuerzo, como de refilón. Los reflejos eran híbridos, por momentos dorados y por momentos plateados. Muchos años después, poco antes de morir mi padre, es extraño, una tarde de ésas que suelen acontecer en la extrema vejez de tus viejos, cuando ya lo que trascurre en ellos parece quieto, oxidado y gastado, pero a la vez algo muy vivo brota ocasionalmente de los resquicios de ese cansancio demasiado trabajado por el tiempo, todo pareció ponerse en movimiento otra vez entre nosotros dos. Y entonces recordamos el episodio de las monedas.

No sé quién empezó, creo que fui yo. Estábamos dando uno de nuestros habituales paseos en auto por la ciudad, él ya no podía salir a caminar. En el medio de nuestro diálogo sobre bueyes perdidos yo le habré mencionado ese viejo sueño con una mujer de bronce que salía del agua. Él me dijo sin ningún énfasis: “Sabés que yo también soñé esa noche con una mujer… pero la mía se derretía”. Y esbozó una sonrisa. Yo también sonreí, aunque un poco molesto. Quizá porque mi viejo esa vez había soñado con una mujer que, obviamente, no era mi mamá. Y que imaginé hermosa y desnuda, provocativa y casi diabólica como la de mi sueño. Enseguida sentí que por algún motivo indescifrable los dos habíamos necesitado soñar esa noche con esa mujer. O más probablemente era el mismo sueño el que se había incrustado en nuestras dos cabezas. Por suerte, me dije, la mujer desnuda de papá se le derritió. Qué hubiera sido de todos nosotros si no. Mamá, por suerte, nunca se enteró.

Por supuesto que dirigí el auto hacia el lugar de la costa en el que todo había sucedido aquella tarde de hacía tantos años, cuando tiramos durante horas las monedas al agua en dos modos alternativos: parábola o sapito. Ya no estaban los tanques ni la playa de arena, el agua del río Paraná había crecido por culpa de la represa sepultando todo. Ahora había solamente una calle de ripio que moría en el río, y un gran edificio en construcción, la nueva prefectura. Estacioné el coche muy cerca del agua y le propuse a mi viejo que bajáramos. “Estoy cansado, andá vos”, me dijo, “en todo caso, si no tenés monedas, tirá unas cuantas piedritas al río por mí”, agregó, y sonrió otra vez. Bajé solo. Cuando me alejaba, abrió la ventanilla y me gritó: “Y avisame si la ves”.

Asentí con la cabeza, busqué unas cuantas piedras y empecé a lanzarlas como sapitos, a ras del agua. Varias rebotaron en la superficie, hacer sapito era mucho más fácil que con las monedas. Entre piedra y piedra yo miraba hacia el centro del río y hacía esfuerzos para recordar con más precisión a la mujer de bronce. Pero lo único que aparecía era una especie de masa brillante e informe, una de esas emanaciones o espejismos casi transparentes que el sol suele generar sobre la superficie del agua, y en las que uno no puede creer demasiado. Son genios que se desprenden del río, pensé, el sol frota al río y los genios se liberan. Me dije que mi viejo estaría haciendo lo mismo, mirando y buscando. Quizá él tenía más suerte y entre tanto genio transparente que brotaba lograba ver a la mujer dorada. Miré hacia el auto, papá me observaba o era el río lo que enfocaba de una manera más panorámica, no sé bien. Seguí tirando piedritas, después de un rato me di vuelta y miré otra vez el auto, con papá adentro. Esta vez mi viejo parecía muerto, o dormido. La sonrisa seguía clavada en su rostro, como si hubiese estado soñando, o todavía estuviera soñando. O quizá él sí había conseguido ver algo, y ahora lo rumiaba con los ojos cerrados.

Decidí esperar unos segundos antes de caminar hacia el auto, quise hacer infinito ese momento en el que mi padre y yo éramos otra vez una sola cosa. Una sola cosa algo confusa, claro, metida en el resplandor que abarcaba el agua, la brisa, el olor a humedad de las ramas podridas que descansaban en la orilla, el ruido de los remos de un pescador que volvía, una sirena que sonaba desde Encarnación, allá al otro lado del río. El auto brillaba al sol, el río también, y yo tenía todo el tiempo del mundo para avanzar encandilado entre esos reflejos que me acribillaban. Jamás supe lo que sintió papá. Lo único que me queda ahora de la estatua de monedas es ese sueño con la mujer dorada, que vuelve a veces; una foto borrosa de mi viejo sonriente en el garage al lado de la montañita y calzado con los guantes de box, y la ballenita. Que sigue ahí, sobre una repisa. Metálica y barcina y eterna. Sólo le paso cada tanto y con extrema suavidad un paño para que siga brillando con esos reflejos por momentos dorados y por momentos plateados, cuando le pega el sol de la tardecita, de refilón nomás. Pero nunca más la froté de verdad a Moby Dick. Qué sabe uno con qué talante se despiertan los genios o los secretos después de tanto tiempo.

 

Relato publicado en la antología “Gran Chaco-literaturas del Chaco argentino/paraguayo”, Resistencia-Asunción, 2022. Mazal es profesor de Teoría Literaria de la Unam. Publicaciones: Mundos-Diálogos-Silencios (poesía), Darwin poeta (novela) y Andrés vuelve (novela)

Osvaldo Mazal

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