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Ramiro no fue al baile

domingo 10 de julio de 2022 | 6:00hs.
Ramiro no fue  al baile

Ramiro Gómez, era obrajero. Trabajaba en el obraje de Guillermo Feller, en el Km. 81, pero casi todos los días volvía a su casa en el centro del pueblo, frente a la Farmacia de Albarracín, pues allí guardaba un tesoro muy apreciado: su joven y muy bella esposa.
Ramiro caminaba gustoso los 15 kilómetros que lo separaban desde el corazón del obraje hasta la Ruta Nacional 14 y allí siempre hallaba alguna conducción para poder dormir en su casa, luego deshacía el camino hasta el obraje debiendo para ello levantarse a las tres de la mañana. Sin embargo, era sumamente feliz.
Rosa Mabel, era una bella doncella, morocha de ojos negros vivaces y brillantes. Para Ramiro era su reina. Su Virgen, a la que levantaba un altar en su corazón y realmente cuando Ramiro la desposó Rosa Mabel era Virgen, la noche de bodas le desató las trenzas de la pureza y le cortó el cabello “ahora-dijo- sos mujer y quiero que todos sepan que sos mujer, mi mujer”.
Compró un tocadiscos a pilas y un disco de moda por aquellos tiempos con el tema “mi propiedad privada”. Que el cantaba con vos ronca y desafinada.
Pero Ramiro amaba tres cosas con la misma pasión, a Rosa Mabel, su trabajo y el baile.
Cada vez que el pregonero del pueblo con chillones parlantes anunciaba que se realizaba un “festival danzante” o “Gran Baile”, en los tradicionales clubes del Pueblo: Ex Alumnos o Sol de América, muy temprano se preparaba para la farra. Se acicalaba, ponía ropa de fiesta, zapatos lustrosos, unos pesos en la billetera, besaba a Rosa Mabel y salía para la juerga. Eso si, siempre solo.
Llegaba a tal o cual salón primero que todos, pedía temprano una mesa en la que comenzaba a beber lenta y pausadamente su cerveza, desde allí iba marcando a las chicas o mujeres que invitaría a bailar, y que luego cumplía con rigurosa organización, nunca fue despechado ya que era un trompo bailando: alegre y elegante.
Cuando la noche comenzaba los estertores de su muerte cotidiana, Ramiro se iba a su casa, donde consumaba junto a Rosa Mabel el néctar del amor, porque Ramiro no amaba ni quería a otra que a su hermosa esposa.
Él la llenaba de mimos, de regalos: vestidos lujosos, joyas de oro. Hasta se decía que su ropa interior era la mejor del pueblo.
Una tarde como siempre Ramiro se preparó para ir al baile.
A la madrugada del domingo, cuando la gente volvía del baile al pasar frente a su casa, comentaban: “qué raro, Ramiro hoy no fue al baile”.
La única música que escuchó Ramiro aquella noche fatídica fueron los es espasmódicos “chac”, “chac”, “chac”, “chac” ... del filoso machete cercenando los cuerpos de Rosa Mabel y su amante.
Cantaron los gallos, anunciando con alegría, e ignorando la tragedia, la llegada del nuevo domingo. Ramiro se sentó en el patio de su casa con el tereré de agua y hojas de cocú.
-Hola mi Sargento. Saludó al policía que pasaba
-¿Cómo te va chamigo?... No fuiste anoche al baile...
-Che... Rodríguez a eso de las nueve, vengan a buscarme.
-Prepará un buen mate con chipá de doña Rosa Mabel...
Ignorando el policía lo sucedido, siguió camino a la comisaría.
Ramiro sacó su pañuelo para que no le viera el rostro empapado en
lágrimas. El sol del verano se prendió al cielo como un disco de oro derretido y un zorzal trinó melodías de amor.

 

Sartori es docente y periodista. Reside en San Vicente. Publicó ocho libros personales y participó en veinte antologías

Diego Luján Sartori

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