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Álbum de figuritas

lunes 04 de julio de 2022 | 6:00hs.
Álbum de figuritas

Por Ramón Claudio Chávez Ex juez federal

Suele decirse que hobby es una actividad o pasatiempo favorito que las personas practican en sus ratos de ocio. Esta actividad suele convertirse en un vicio saludable que nos lleva a apasionarnos para ampliarlo al máximo e incluso invertir dinero en él. Los coleccionistas de estampillas, billetes de distintos países, mariposas multicolores, pueden incluso viajar a lugares distantes para obtener esas piezas que tanto aprecian.

Cuando no existía el marketing ni los derechos de imagen, los comerciantes creativos inventaron un gran negocio pensando precisamente en los hobbies de las personas.

En esa línea de razonamiento, aparecieron los famosos álbumes de figuritas de jugadores de fútbol profesional. La revista Fulbito era una de las promotoras de ese juego y negocio apasionante. Tenías que comprar el álbum y completar las figuritas de todos los equipos. Los kioscos vendían en un sobre cerrado cinco o seis que se descubrían en la apertura. ¡Se vendían como caramelo!

Aunque parezca mentira el premio por el álbum completo era una pelota de fútbol número cinco, que no estaba al alcance de cualquiera: había pocas y caras. Conseguir las figuritas era fácil, pero una de ellas difícil o imposible de obtener. La gurisada pegaba las figuritas con engrudo o con cola y se ilusionaba con llenar todo e ir en busca de la ansiada pelota.

En más de una oportunidad intercambiaban las figuritas que alguien no tenía por otra de igual dificultad; y, si era alguna un tanto difícil, el trueque era más costoso y requería, como parte de pago, más figuritas comunes. Los chicos solían hacerse los desinteresados en los cambios para que el poseedor de la buscada no advirtiera el valor real de la que poseía.

Como el negocio era vender figuritas repetidas, los muchachos iban a comprar a otros negocios, pensando ingenuamente que allí estaba la difícil. Cada cual tenía muchas figuritas repetidas y así comenzaron los juegos con ellas y así nació, el arrime, la tapadita, el espejito y el cielito, que podría extenderse en una tarde completa dependiendo de la suerte del jugador.

–¡A mí me faltan cuatro para completar el álbum!

–¡Yo tengo dos de esas, pero te cambio por 50 cada una!

-¡Dale, ya sólo me faltan dos! -responde el niño.

Si eran varios los chicos del hogar, era común la existencia de más de un álbum, porque se ilusionaban con las fáciles y la colección crecía.

Con mucha razón suele decirse que la inocencia de los niños no tiene precio. Que no se compra ni se vende y hay que valorarla, apreciarla y disfrutarla todos los días. Esa inteligencia emocional era manejada por nuestros padres, que también creían en esa magia mostrada de modo genuino y natural.

–¡Ya vas a completar el álbum! -nos decían.

Nosotros no sabíamos cuántas figuritas difíciles se habían hecho, creíamos sanamente que la suerte estaría de nuestro lado.

Como no podía ser de otra manera, yo también formé parte de esta época y por supuesto coleccionaba figuritas. En mi álbum faltó la difícil, la de Juan Carlos Puntorero, el jugador de fútbol de las divisiones inferiores de River y que, sin haber debutado en primera, fue vendido a Atlanta como parte de pago por la transferencia de Luis Artime y Mario Griguol -el hermano de Timoteo-.

Como no recordarlo a Puntorero, que poco tiempo después jugó en Chacarita. Le llamaban Manija. Era la manija que necesitábamos para ganar la pelota número cinco. La manija que escaseaba.

Mientras esperaba la que me faltaba, jugaba a la tapadita con las rodillas apoyadas en el suelo. Las tiraba con efecto para que, al golpear en la pared, puedan tapar a las que se encontraban en el piso.

El o los creadores del juego lo habrán patentado con algún reglamento para cubrirse de cualquier cuestionamiento respecto a la escasa o casi nula posibilidad de ganar. Nuestros padres entendieron que se trataba de un juego, no de una rifa, por eso compraban las figuritas que tanta emoción nos generaba. Ellos también se alegraban cuando les decíamos que teníamos la mayoría y faltaba poco para completar el álbum.

En ese entonces no existían los derechos de imagen y por lo tanto no necesitaban pedir autorizaciones a los clubes o a los jugadores para publicarlos. En cambio, en la actualidad las cosas cambiaron y hoy Wanda Nara estaría reclamando a Fulbito o a los dueños del juego una millonaria indemnización por los derechos de imagen de Mauro Icardi, y más aún si fuese la figurita difícil.

El tema de las figuritas fue tratado por el escritor Rafael Bitrán en un libro titulado ‘Malditas difíciles’. Los coleccionistas de antigüedades suelen ofrecer en venta esos álbumes originales y alguien se los debe comprar.

Actualmente subsisten estos tipos de juegos, con otra tecnología, con otras imágenes y con otros premios, como los juegos de apuestas tan comunes en los deportes. Pero yo prefiero la inocencia de antaño; ese pasatiempo interminable de acostarte pensando que al día siguiente la suerte te traería la figurita imposible. La camaradería sana del cambio con amigos, o con los otros chicos, sin ningún interés de ventajearlo, persiguiendo los mismos sueños.

A mi álbum le siguió faltando la difícil. Cuando terminó el juego lo conservé por un tiempo y después terminé abandonándolo en cualquier lugar. Seguramente el fuego se habrá apropiado de él. Pero rescaté todo lo lindo que me dejó mientras lo iba completando, no tanto por la pelota, sino por el desafío en sí.

Juan Carlos Puntorero, ese álbum, como muchos otros, te siguen esperando.

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