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Recuerdos de mi muerte (Las letanías de un alma en pena)

domingo 03 de julio de 2022 | 6:00hs.
Recuerdos de mi muerte (Las letanías  de un alma en pena)

Yo estoy muerto.

No, no. No están confundidos ni leyeron mal, tampoco hay algún error de imprenta: yo como persona, como cuerpo de carne y hueso, estoy frito, refrito. Bien muerto y enterrado. No se asusten, ni tiren el libro y salgan a correr, simplemente ahora me he vuelto inmaterial, impalpable e invisible: un espíritu o una vulgar alma en pena, y esa es la que habla.

No estaba enfermo ni tuve algún accidente. Simplemente fui asesinado por mi querida y venerada esposa, Alma. Sí, así como lo leen, y aunque no lo crean tiene ese nombre: Alma. ¡Desalmada debería llamarse! Qué barbaridad… llevábamos más de treinta años de casados y convivíamos de lo más bien. Recuerdo que en nuestros mejores momentos de amor y pasión yo había jurado amarla por toda la eternidad ¡y ella respondió que me amaría por dos eternidades! ¡¡Dos eternidades!! Esta exageración creo que ya debía haberme despertado algunas sospechas, pero bueno… aquí estoy ahora y según lo acontecido, veo que ella no estaba –supongo– del todo conforme conmigo, porque mi muerte no fue un hecho desgraciado o accidental. No me cayó un florero en la cabeza, ni me tropecé y lastimé la cabeza, nada de eso. Fue un frío asesinato.

Han transcurrido ya seis meses, y la verdad que no recuerdo bien qué fue lo primero que vi o sentí desde el momento que empezaba a abandonar la vida terrenal. Confusamente puedo rememorar que estaba durmiendo la siesta, en el dormitorio, en nuestra cama matrimonial. De repente sentí como si me empujaban, como si comenzaba a caer a un pozo oscuro de interminable profundidad, donde todo era vértigo y alcanzaba a ver muchas imágenes, como si frente a mí se desarrollara a gran velocidad una película psicodélica, y en esa película veía imágenes muy familiares, con gente y situaciones todas conocidas, como ya vividas o experimentadas… o sea toda mi vida en pocos segundos o milisegundos, vaya uno a saber… de repente fue como si chocara contra algo, o como si un golpe me sacara de esas imágenes o ensoñaciones, y comenzara a ver otras imágenes… otras terribles imágenes más “reales”: veía mi dormitorio, es decir nuestro dormitorio, nuestra cama y ahí… estaba acostado yo, sí yo, yo mismo; con mi cabeza ensangrentada, al igual que la almohada, las sábanas y arrodillada sobre la cama… ¡estaba mi esposa empuñando un revolver aún humeante y  con las manos enguantadas!

No entendía absolutamente nada. Parecía un sueño incomprensible, porque las sensaciones que percibía no eran las mismas que las de los sueños normales, tampoco era una pesadilla, aunque mucho se le pareciera. Lo distintivo y casi “real” era que yo podía apreciar con los mínimos detalles, todas las características de la escena, los movimientos de mi esposa y… mi cuerpo absolutamente inmóvil. Yo hacía un esfuerzo tremendo para despertarme y salir de esa situación, pero… ¡ahí me di cuenta que no estaba soñando! ¡Estaba muerto! ¡Mi esposa acababa de matarme!   

No lo podía creer… Me negaba a creer que mi espíritu ya había abandonado a mi cuerpo y desde otra dimensión podía verlo todo ¡Estaba realmente muerto! ¡Por Dios no terminaba de convencerme! ¿Será posible? Sí… No había ninguna duda. ¡Qué tipa desgraciada para hacerme esto! Pero… ¿por qué? ¿Qué le hice para que me matara…? ¡Treinta años de vida matrimonial tranquila y se aprovecha cuando duermo la siesta para matarme! Quería gritarle cosas, pedirle explicaciones, insultarla, decirle de todo menos que era linda, y sentía que hacía todo mi mayor esfuerzo y abría mi boca y emitía cientos de insultos con todas mis energías, pero… nada, no ocurría nada, se notaba que no me salía ni siquiera un mísero susurro. Sin dudas no producía ni el más mínimo sonido audible, porque mi esposa estaba de lo más pancha ahí en el dormitorio. No podía hacerme oír. ¡Qué impotencia!

Pero… ¿qué veía ahora? La almohada de ella estaba como destripada, despanzurrada… ¡obvio, la usó de silenciador para dispararme! Y podía distinguir con toda claridad que las balas entraron por mi nuca ¡porque la desgraciada me encajó dos chumbazos para asegurarse de matarme! Podía ver bien los agujeros que me hizo y por donde seguía saliendo sangre. Sin dudas, las balas habían ingresado en mis centros vitales en el cerebro porque morí al instante, ya que todavía veía que sangraba y claramente ya estaba muerto y con mi espíritu flotando en la pieza. Tal vez no llegué a dar ni siquiera unos pataleos. Quedé seco en el acto. Traté de reconocer el arma, pero no era mi Colt calibre .38 largo, que siempre lo tenía en mi mesita de luz, sino que era un calibre .32 largo ¿De dónde habrá sacado ese revolver?

Lo que siguió me costó comprenderlo: mi esposa sacó de su cartera unos papeles (tres hojas de oficio) y los desparramó por la pieza, luego abrió la pequeña caja fuerte que teníamos en el dormitorio y sacó otros papeles ¡eran los pagarés de mis deudores! También extrajo el cuadernito donde tenía la lista de ellos, con las sumas adeudadas, los montos que me iban pagando, los intereses que aplicaba y demás datos.

Antes de seguir es importante que les diga en qué trabajaba, bueno… yo me dedicaba a prestar plata. Sé que desde este momento empezarán a despreciarme, pero ese era mi principal trabajo. Obviamente, hacía firmar un pagaré por cada préstamo, que se lo devolvía cuando me abonaban el dinero prestado más los intereses. Algunos nos llaman prestamistas, otros, nos denominan despectivamente usureros, pero lo cierto es que cumplimos una función muy importante en la comunidad; cuando algún vecino se ve en aprietos y no tiene plata –por ejemplo– para trasladar de urgencia o hacer operar a un familiar; o porque el banco está a punto de embargarle o rematarle la casa; o si un abogado le exige una determinada suma de dinero para sacar del calabozo a un ser querido; bueno, ahí aparecemos nosotros y solucionamos el problema. Claro, nos cobramos muy bien por esa misión, ya que los intereses que aplicamos son siempre muy altos (cinco o seis veces mayor a los intereses que cobra un banco), y si al cabo del plazo estipulado no pueden devolver el capital del préstamo más los intereses, nos quedamos con los bienes que posea la persona: la casa, el auto, el tractor, los campos o los animales. Aparenta ser un poco brutal y sanguinario verlo así, pero que se le va a hacer… Sé que no somos bien vistos ni queridos por la comunidad en general, pero bueno, lo nuestro no es hacer beneficencia, es un trabajo. Era mi trabajo.

Pero… ¡Por Dios! ¿Qué hace ahora? ¡No lo podía creer! La desgraciada rompía en mil pedacitos todos los pagarés, luego arrancaba todas las hojas con anotaciones del cuadernito y también las convertía en mil pedacitos. Fue al baño los arrojó al inodoro y tiró la cadena ¡al diablo con todo el dineral que tenía en documentos! ¡¿Tan loca estaba mi esposa?! Yo no podía comprender nada. Nada tenía sentido. Podía haber cobrado toda esa plata o quedarse con los bienes de los deudores si no devolvían la plata ¿por qué hacía eso…? Siguió revisando la caja fuerte y sacó unos fajos de billetes que los guardó en su cartera negra. Luego puso el revólver en una bolsita de plástico y lo metió en su cartera, al igual que el resto del cuadernito. ¿Qué hacía… está completamente loca…?

Traté de ver qué eran o qué decían los papeles que desparramó en el dormitorio, y pude distinguir que eran hojas en blanco en las que había pegado letras sueltas –recortadas de diarios y revistas– y que conformaban frases como:

“Maldito usurero” en una de las hojas; “Prestamista estafador” en otra, y “Andá a cobrarle al Diablo” en la tercera.

 ¡¿Qué significaba todo eso?! ¿Mi propia mujer acusándome de algo que yo lo hacía desde hacía más de veinte años? Todas estas cosas ella las conocía muy bien. Pero además… ¿qué significaba toda esa puesta en escena?

Luego se puso a desparramar los cajones de las mesitas de luz, de la cómoda, tiró las cosas que había en el ropero, como buscando algo. En pocos segundos el dormitorio se transformó en un verdadero despelote. Comencé a darme cuenta de que eso no era un acto de locura emocional, ni un arranque de rabia hacia mí, porque todo lo hacía con fría tranquilidad… se notaba que todos esos gestos y actos, estaban premeditados… muy bien calculados. Sin dudas ya lo tenía pensando desde hacía mucho y con todos los detalles.

Con natural serenidad se quitó sus zapatos y se puso unas zapatillas mías ¡está más loca que un plumero esta tipa! Ella calza 37 y yo 44 ¡¿qué le pasa a esta mujer?! Salió al patio, caminando como una payasa, ya que se imaginarán lo que puede ser una mujer de pies pequeños caminando con esos calzados gigantes. Comprobé que hacía frío y lloviznaba intensamente con una terrible ventisca. Fue hasta una puertita que daba hacia los fondos –para lo cual debió atravesar el patio y caminar más de diez metros en el barro–, hacia un baldío; la abrió y luego con un destornillador comenzó a forzar la cerradura desde afuera. La destrozó, la entornó y la dejó así. Regresó a la casa, chapoteando barro con mis zapatillas, caminó por la galería, entró a las demás piezas, living y cocina, y por donde iba dejaba un enchastre de barro y huellas. Por supuesto donde más huellas y barro dejó, fue en nuestro dormitorio.

Después se sentó en la galería –siempre con absoluta tranquilidad–, se quitó mis zapatillas y las metió en una bolsa de plástico, donde también metió los guantes que había usado y que en ese momento se los quitó. Se puso nuevamente su calzado, buscó la cartera negra que estaba en nuestro dormitorio (y donde ya lo dije, había metido el revólver, el cuadernito y los fajos de billetes) y se dirigió a una de las piezas de huéspedes y del ropero sacó un bolso mediano –que sin dudas ya estaba preparado de antemano– con cosas en su interior porque lo agarró y se fue... ¡se fue la desgraciada y me dejó ahí muerto y solito! Yo salí tras ella. No salió por la puerta principal ni el garaje que daban a una calle (nuestra casa queda en una esquina), sino por la otra donde estaba el jardín y había un portoncito lateral. Caminó una cuadra hasta donde tenía el auto estacionado, puso el bolso mediano, la cartera negra y la bolsa conteniendo las zapatillas y guantes en el asiento trasero. Yo miraba para todos lados, tratando de ver si en el vecindario habría alguien viendo la escena y que después pudiera salir de testigo. Suponía que podrían haber escuchado las detonaciones y habría algunos asomados a los muritos o las veredas. ¡Pero ni un alma! ¡No se veía a nadie! Claro con ese frío y la llovizna en esa siesta de domingo, lo mejor y más placentero siempre era dormirse una buena siesta como hice yo… y de la que nunca pude despertarme. También recordé en ese instante que, al haber usado la almohada como silenciador, con toda seguridad los estampidos habrían sido muy atenuados. Nadie los habría escuchado. Yo me metí en el auto para ver adónde iba y qué haría. Estaba de lo más intrigado, y de tanta curiosidad, hasta creo que haber olvidado que era apenas un alma en pena acompañando a su asesino. Fue a casa de una de nuestras hijas. Bueno, esto no se los había mencionado aún: tenemos (en mi caso tenía) tres hermosas hijas; María (la menor) estudia en Córdoba, otra, Estela, trabaja en Resistencia, y Josefina de 27 años (la mayor) vive con su esposo a solo seis cuadras. Yo sabía que ambos habían viajado a Córdoba hacía dos días, a visitar a María y quedarse unos días allí, o sea que en casa de Josefina no había nadie. Siempre que viajaban nos dejaban las llaves para que controlemos y cuidemos la casa, para que prendamos las luces y reguemos las plantas. Eso siempre lo hacíamos con mi esposa ¡mi maldita esposa!

En toda esta circunstancia, desde que me di cuenta que me había asesinado hasta este momento, en que voy en el auto, no habrán transcurrido –según calculo desde mi nueva dimensión– más de quince o veinte minutos, y en  ese lapso comencé a recordar todo lo ocurrido antes de mi siesta mortal, cómo estaban las cosas y qué habíamos estado haciendo el uno y el otro.  Recordé que ese mediodía no almorzamos juntos, ya que ella tenía un asado por el cumpleaños de una de sus compañeras de trabajo (y su jefa a la vez), la directora de la biblioteca del pueblo (me había olvidado de mencionarlo, mi esposa, o mi viuda para decirlo más correctamente, es bibliotecaria). Yo hubiera ido al cumpleaños si me invitaba (en realidad tenía muchas ganas de ir porque no quería quedarme a comer solo como un perro, un domingo), pero me dijo que era mejor que me quedara a descansar ¡a descansar, qué lindo descanso tenía planificado para mí!, porque solamente iban a estar entre cuatro o cinco mujeres sin sus esposos, así podían chusmear tranquilas y hablar de sus cosas. Había partido unos minutos antes del mediodía, y ahora, por lo que podía ver en su reloj pulsera, eran las dos y media. Recuerdo que cuando salió hacia el cumpleaños, tenía la misma ropa que ahora luce: un vaquero azul un poco gastado, una polera roja, zapatillas azules y la campera marrón; aunque la campera no la tenía puesta cuando estaba en casa y me mató. La campera estaba ahí en el auto, en el asiento trasero. También llevaba una cartera marrón. Llegamos a la casa de mi hija, ella bajó e ingresó portando el bolso mediano. De inmediato se desnudó completamente en el living ¡está más loca que una cabra! ¿Qué irá a hacer ahora? ¿Saldrá desnuda a la calle? Se metió al baño y se duchó bastante rápido (comparando con la media hora que solían durar sus habituales duchas), tal vez no demoró ni diez minutos. Se frotaba frenéticamente las manos y los antebrazos con una esponja y jabón. Se lavó rabiosamente el pelo y se enjuagó varias veces. Todo esto a gran velocidad. Se envolvió en una toalla el cuerpo y con un secador se puso a secar el pelo. Luego sacó del bolso mediano la nueva muda ¡que era exactamente igual a la que llevaba puesta antes!: un vaquero azul un poco gastado y otra polera roja. Se puso unas medias y se volvió a calzar otras zapatillas azules muy similares a las que tenía. Acto seguido tomó todas las prendas quitadas y calzados y los metió en una gran bolsa de plástico, a la que le agregó unos grandes pedazos de ladrillos que trajo del jardín ¿qué diablos hace esta mujer? Fue hacia una de las piezas de la casa, donde la ventana estaba abierta y había entrado bastante agua –por la llovizna con ventisca– y había mojado todo el piso, alcanzando parte de la cama, la mesita de luz y otros muebles. Trató de cerrar las dos hojas de la ventana, pero al parecer, por la humedad y lo oxidado que estaban los cerrojos no había caso, y se volvían a abrir y por supuesto seguía entrando la pertinaz llovizna. Salió de la casa y fue a lo del vecino, una familia a la que conocíamos desde hacía años, golpeó las manos y la atendió una de las hijas; le pidió un martillo y unos clavos y le explicó el problema. La muchacha fue hacia el interior a buscar las cosas y al ratito volvió con el padre, quien se ofreció muy amablemente a ayudarla. Volvieron a casa de mi hija y fueron a la pieza y allí el hombre, se dedicó a intentar arreglarla mientras mi dulce esposa secaba el piso y muebles; el hombre forcejeó un poco con los cerrojos hasta que logró cerrar ambas hojas, y por las dudas clavó un clavo en cada una de ellas, así se aseguraba de que no se abrieran más. Mi esposa le agradeció y el hombre se fue.

De inmediato tomó la bolsa de plástico y un pedazo de ladrillo en la mano ¿qué iría a hacer con ese ladrillo? Salió, subió al auto y se puso la campera. Fue a una estación de servicio –donde siempre cargábamos combustible– saludó al empleado, llenó el tanque y partió hacia las afueras del pueblo, no muy lejos. En pocos minutos llegó hasta un pequeño riachuelo –ya en la zona rural– donde se detuvo, observó en rededor, especialmente hacia adelante y atrás en el camino –constatando de que no hubiera nadie–, luego bajó, sacó el revólver de su cartera, le quitó la bolsa y lo arrojó al agua. Después hizo lo mismo con la bolsa de plástico con sus ropas y los ladrillos, pero antes de arrojarla, le hizo algunos agujeros, sin dudas para que así el agua pudiera penetrarla rápidamente y llevarla al fondo. Regresó por el mismo camino, y a poca distancia, nuevamente se detuvo al costado de un pequeño tajamar. Abrió su cartera negra, extrajo los fajos de billetes y otras pertenencias, dejando adentro algunas chucherías y el cuadernito, metió el pedazo de ladrillo que traía y la cerró a medias, se bajó del auto y arrojó la cartera al medio del tajamar. Metió las cosas que había extraído de la cartera negra en la marrón y partió.

De regreso al pueblo, fue directo a nuestra casa. Subió con el auto en la vereda, poniendo la trompa de este frente al portón del garaje y comenzó a tocar bocina ¡está cada vez más chiflada! Tocar la bocina era algo que siempre hacía para que yo desde adentro de la casa abriera el portón. Ya serían pasadas las tres de la tarde. Uno o dos vecinos se asomaron por el bochinche de la bocina a esa hora. Ella esperó un rato haciendo sonar una vez más ¡obviamente comprenderán que yo nunca iba a salir a abrir el portón! Luego bajó, se limpió un poco el barro de las zapatillas en el pasto e ingresó por la puerta principal, dejando el auto en la vereda.

Recién ahí creo, comencé a entenderlo todo…

Fragmento (Capítulo 1) de la novela romántica “Recuerdo de mi muerte (o, las letanías de un alma en pena)” – Editorial de La Paz. Resistencia – Chaco. El libro será presentado el sábado 9 de julio en la Feria provincial del Libro en Oberá.

Hugo Mitoire

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