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Las travesuras de Peruco

lunes 27 de junio de 2022 | 6:00hs.
Las travesuras de Peruco

Los pueblos y ciudades pequeñas tuvieron, tienen y tendrán personajes populares. Algunos más conocidos que otros, pero personajes al fin. En la ciudad del norte entrerriano La Paz había varios. Nos detendremos en uno, Peruco Cosentino.

Peruco era peluquero y vivía en la calle 3 de Febrero y Sarmiento. Ejercía la profesión como si fuera un pasatiempo y, lógicamente, conocía casi todos los chismes de la ciudad. Dueño de un humor ácido y bastante bolacero. Gustaba juntarse con los jóvenes, del Colegio Nacional y Comercial para disfrutar de lo que él, con ironía, denominaba travesuras.

Pareciera que necesitara público para alardear de hechos difíciles de ser tomados como reales o propios de la fantasía del que los contaba. Se jactaba ser amigo de Gasparín, el famoso acordeonista que animaba los bailes en el Club Comercio los 31 de diciembre o 24 de enero. ¡Hasta llegó a decir que fue quien lo trajo por primera vez a actuar a La Paz!

–¡A Gasparín y su conjunto lo inventé yo! -decía sin ponerse colorado. Ni el Flaco Baldassini ni Ramón Carmelo Vargas le creían.

–Averigüen, yo vine con él desde Paraná -insistía.

Gasparín, popular músico, lograba llenar el club y la gente que no tenía guita para la entrada lo iba a escuchar en la calle al lado de donde estaba la cancha de fútbol.

Algunas tardes aparecían en la peluquería  Eduardo Ozuna, Pancho Bilbao, Héctor Frette, después que salía del mercado o el Ruso Domínguez, que regresaba de jugar al fútbol. Cercano a la barbería poseía un espejo de gran tamaño y viejos asientos de peluqueros con cabezal, no sabemos para qué, pero tenían.

Los vagos que pasaban por el lugar sabían que los postigos de la puerta de acceso no tenían vidrios y que Peruco, haciéndose el desentendido, tiraba por allí agua y jabón que contenía en una palangana.

Una mañana se mandó esa joda y enchastró a una vecina que iba presurosa al almacén.

–Doña Julia, discúlpeme, no pensé que justo cuando tiraba el agua a la vereda iba a cruzar usted.

La mujer no le dijo nada ante la broma de mal gusto. Él contaba con alegría la anécdota.

Les decía a sus interlocutores que había dejado de ir al club de bochas Chanta Cuatro porque nadie le ganaba, ni a las bochas o al ludo. El viejo de Ester Careaga, que solía andar por la cantina, sabía que era puro cuento. Conociéndolo, los vecinos del barrio lo saludaban, pero descreían de sus historias. Los jóvenes lo tomaban para la joda, pero Cosentino no se achicaba.

-¿Ustedes saben quién era el mejor bailarín de La Paz?

-¿Quién?

– ¡Yo!

-Dejá de hablar al pedo -le contestaban.

–Esa música que bailan ustedes ahora, la baila cualquiera, paso doble y tangos, como yo lo hacía, nadie... ¿No me creen? Pregúntenle a la señorita Trull o a la profesora de música, esa que el Flaco Pezzone le puso una tabla en el piano.

–Peruco, ellas no van a los bailes.

–Podrán no ir, pero el chisme seguro lo escucharon.

La falta de símbolos de identidad conduce a la exageración del yo. Las personas que alardean suelen necesitar cubrir sus propios vacíos de identidad.

La vanidad es una religión que necesita una legión de fieles; esas personas se asemejan a los pavos reales, tratan de no pasar desapercibidos, independientemente de sus logros. Si es necesario, no escatiman recurrir a exagerar e incluso mentir.

Psicólogos de la Universidad de Texas, estudiando el tema, realizaron un interesante ensayo pidiendo a los participantes que mencionaran una actividad o tema en el que se sintieran competentes y que indicaran cuantos años se habían dedicado a ello. Luego solicitaron que escriban sobre esa área y decidieran cuantas personas debían leer lo que habían escrito. Lo sorprendente fue que, cuanto menos experiencia y dominio tenían sobre el tema, más amplio querían que fuese su público. Al contrario, los más experimentados se mostraron más autocríticos y modestos.

Hay muchos pavos reales en el mundo actual. No podemos afirmar categóricamente que Peruco fuera uno de estos seres propensos a la exageración. Lo consideraban un hombre de pueblo que vivía modestamente sin tener en cuenta que la apariencia, como cáscara vacía, tarde o temprano se  caería. Esa vanidad que exhibía, tal vez cubría otras carencias.

 Quizás, Peruco, quería sentirse fuerte frente a los jóvenes para ocultar otra faceta de la vida o de la misma soledad.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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