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La mosca

domingo 26 de junio de 2022 | 6:00hs.
La mosca

Pudo haber tenido siete años cuando vio por primera vez una mosca verde. Quedó fascinado por su belleza. Su obsesión desde ese momento fue conseguirse una para sí. Tenerla, cuidarla, alimentarla, como veía que hacía su mamá con los canarios.

Eso constituyó su tarea diaria.

Los torpes dedos infantiles manoteaban el aire procurando asirla pero el esquive velocísimo del insecto lo defraudaba. Entonces, para que no se fuera, quedaba quieto, quietecito, mirándola zumbar cerca de sus narices, ahí, al alcance de la mano, suspendida en el aire de la siesta, por un hilo invisible.

¡Qué felicidad! Al fin y al cabo era suya, vivía en el patio de la casa. Las gallinas que también vivían en el patio de la casa eran de su mamá. Y el conejo.

Lo llamaban “el Rubio”. Era único hijo del matrimonio, que luego de muchos años, pudo saborear el suspenso que produce la dulce espera. Tanto desearon un hijo, que al fin venía.

Tendrá que ser como el papá, fuerte y macizo, o como la mamá: pelo del color que portan los trigales maduros. Y fue como los dos: fuerte, macizo, rubio.

Aquella fortaleza lo salvó cuando la fiebre alta; el médico confiaba en ello como la última posibilidad, y así fue. Eso ayuda, y mucho, cuando el mal resuelve hacerse más hondo y al vocabulario generalizado en la alcoba del enfermito se agrega una palabra monstruosa: meningitis. Tenía cinco años.

La mosca era un punto verde en el paisaje azul.

Un hilito de baba corría sinuoso y brillante por la barbilla del pequeño, y en el rostro inexpresivo, saltones y llenos de vida solamente sus ojos.

Ya hacía tres años que vivían en las afueras de la ciudad. El doctor sugirió el traslado al aire libre para ver si el contacto con la naturaleza oficiaba el milagro. Fueron vanas las preocupaciones para devolver al niño su equilibrio. La enfermedad lo condenó a una idiotez difícil de superar pero había que hacer lo imposible. (Cuando uno tiene un hijo y está enfermo, quiere ser él, reemplazarlo. Y también uno es capaz de quebrarse las uñas con una pinza y canjearlas por un dolor suyo. O meterse las manos por la boca hasta el corazón y arrancárselo para estrujarlo en sus labios anémicos. O tapujarle arteramente pero con todo cariño el turno del viaje).

El creyó que la mosca verde era siempre la misma. Su mosca. Su querida mosquita. ¡Ay! Si pudiera tenerla aunque fuera un instante en sus manos, acariciarla, mimarla. ¿Pensaría si a las moscas se las puede besar?La madre enfermó de congoja. (El dolor, como enfermedad del alma, es brutal. Comienza en un desmadejamiento, y a medida que la depresión nos invade, lentamente los sentidos van transfiriendo sus facultades al corazón, hasta llenarlo como una maleta. Y entonces pesa sobre la boca del estómago. Y uno cree que le han clavado una estaca, pero se equivoca, es el corazón, que está cargado con los cinco sentidos y aplasta al estómago). A veces, también se muere. Como la mamá del “Rubio”.

¿Cómo pudo haber sido? De pronto el pequeño se encontró con la maravilla de una mosca verde entre las yemas. ¿Y esto? No sabía que tenía esos diminutos bracitos chatos y transparentes. La suya colgaba del aire sin estas cositas. Y le quitó las alas.

Ahora sí era su mosca. Que ya no estaba moviéndose de aquí para allá frente a sus ojos, sino aquí, a cuestas su desesperación de prisionera, corriendo de una a otra palma de las manos. Era la primera vez en muchos años que sonreía.

No había otra solución. El tenía que salir a trabajar, y no podía dejar al hijo solo y así, pobrecito. (¡Hay que estar en la trama para comprender el por qué a veces uno espanta los escrúpulos y parece desalmado). Ella lo perdonaría desde donde estuviera, porque esa misma mañana después de un mes, trajo aquella otra.

Era tal la turbación que no pudo notar el gesto de repulsión de la mujer cuando conoció a su hijo. Para más, la baba le caía a raudales. Pareciera que con la felicidad de haber capturado la mosca verde, las glándulas se hubieran echado a secretar con una generosidad inagotable.

Sin embargo, se dispuso a afrontar la presencia de ese pequeño monstruo. Estaba cansada de andar en la vida y, al fin de cuentas, se amparaba.

Quedaron solos. Cada uno a sus cosas: ella a las tareas y el niño a su mosca.

Supo que tenía que dar de comer al insecto que atesoraba en la cajita. Giró la cabeza y sus ojos cayeron exactos en el bolso de la recién llegada; de un manotón lo volteó y empezó a hurgar en sus entrañas en busca de algo que pudiera servir de alimento. Destapó y volcó un frasco de agua de colonia y no le agradó el olor. Los polvos se pegaron a la tierra de sus manos y se empastaron con el perfume desparramado. Le llamó la atención el lápiz labial. ¿Sería carne? Embadurnó a la cautiva.

La mujer entró corriendo atraída por el fuerte olor e los elementos dispersos.

-¡Idiota! ¡Chancho! ¡Tire esa porquería!...Y cogiendo la cajita de la mosca la volcó. El animalito quiso huir, pero con toda rapidez lo aplastó con el pie. ¡Plop!

El niño la miró horrorizado mientras ese casi imperceptible ¡plop! restallaba como un latigazo dentro de su pecho, su vida se desmoronaba a pedazos y su corazoncito de niño enfermo no aguantó más. Lentamente se dobló y cayó de bruces, los labios sobre la oscura mancha de su maravillosa obsesión. E inició el viaje en busca de la mamá.

César Felip Arbó

Felip Arbó publicó, junto con Acuña y Manuel A. Ramírez, el libro de poesía “Triángulo”. Es autor además de “Los turnos de Satanás” y “La voz del sendero”

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