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Maestra en el camino

domingo 26 de junio de 2022 | 6:00hs.
Maestra en el camino

El viejo Ford trastabilla sobre el barro blando de las huellas marcadas en la angosta picada que con buena suerte la llevará -nueve kilómetros mediante- al pueblo. Qué lejos se le antoja, allá, sobre el camino real. Manotea el volante y lo endereza; el auto titubea entre el envión de la bajada que lo hizo arrancar y la tierra lisa y pegajosa. Ella también vacila. Ni siquiera el jeep de la Compañía se animó a entrar esta mañana y yo aquí saliendo a las cuatro de la tarde con el panorama negro de ciento y pico de kilómetros de tierra bajo este diluvio. Es que no puede ser de otra manera: el fin de semana largo se estira hasta el martes. Y hoy es viernes, se afirma ella. Festejos del estudiante, el clásico baile, alegría en puerta. El camino, aunque sea un cenagal, tienta; sus reclames tibios se alargan desde la ciudad que espera hasta su ánimo. Sin embargo Qué lejos, casi parece otra galaxia, no vas a llegar nunca (pelea con ella esa voz íntima, el enanito de la depre es el nombre que le ha puesto, y es la voz de su inercia y su desgano que procura, una vez más -últimamente le ocurre esto- vencerla).

Allá arriba la escuela, como de patas abiertas sobre los altos pilotes de madera, cerrada y muda después de clase, los despide con un adiós mojado. A ella y al auto, el viejo fordcito que le prestó su padre porque los kilómetros son largos, hija, y sos tan joven, dos horas de andar a pie en medio del monte, eso sí un vehículo caritativo no aparecía y la llevaba sin pedirle nada a cambio.

Mira el limpiaparabrisas. No da abasto su lento moverse como de moscardón rayando el vidrio turbio. Piensa en la subida del Tigre y el puentecito tan angosto, estará resbaloso, será difícil pasarlo.

Por la mañana, en el último recreo, decidió que debía irse, vencer la voz oscura que le repetía quedate aquí y que te coman los piojos, ah, ese dejarse estar y que el mundo entero se deshaga en un sueño letárgico, letal, leteo, letífero, mal recuerda su debilidad por las etimologías. Eso había sido en otro tiempo, cuando pensaba dedicarse a altos estudios de letras, o a la música, no hundir su vida en el monte como las ruedas del viejo Ford en medio del barro colorado.

Pero qué. Estaba la necesidad de trabajar, y también la vocación, el lugar en el mundo, todo eso, para que después me denuncie el tipo ese, desgraciado, algo tan absurdo como acusarla de quedarse con dinero que gobierno manda, dicho en el pedregoso castellano del colono extranjero, quién lo hubiera pensado antes, parecía tan servicial, y ahora... Un balde de agua helada a su crédula ilusión de la escuelita perfecta donde todos la querían.

Esa tarde tuvo el cuadro completo que la decidió. Del otro lado de la galería gritaban unos pocos chicos del turno. Eran los que no quisieron faltar y se mojaron a puro largarse a pie por la picada que subía y bajaba festoneada de verde y doblaba en curva final pronunciada antes de salir al rozado. Los vio ruidosos y retumbantes e imaginó el silencio helado -feriado- de los días siguientes. Las noches solas, de rumores selváticos y viento entre las rendijas. Se desbordaba su hambre de luz, de azúcar, lo que encontraría en la ciudad. Y de alimentos también: si se quedaba, debería buscar qué comer en el almacén a cinco kilómetros de la escuela y embarrarse, romper su único zapato, porque el auto seguro que por ese lado, el de los teales, con ese tiempo no entraría.

Y no lo pensó más: pase lo que pase yo aquí no me quedo. Y ahí está, dándose fuerzas para contrarrestar el impulso depre (¿el enanito?) que le repite quedate quedate. Hunde el pie y acelera y el condenado Ford se encabrita y ronronea pesado, casi patina y eso que apenas estoy saliendo, la que me espera.

La lluvia empaña la visión pero alcanza a distinguir una camioneta estilo reliquia de tiempos mejores que se acerca enfrentándola: es el ruso su vecino -un decir: vive a tres kilómetros-. En cuanto la ve, se detiene y baja cubriéndose con una bolsa de arpillera. Le repite lo que ella ya sabe o imagina: la picada está intransitable. A duras penas pasó él, y eso porque su camioneta tiene cadenas. Ella no va a poder subir la cuesta del Tigre, dice, el puentecito está que se cae, con el agua del arroyo pasándole por encima, dice.

¡Flop! el enanito letal despierta, intenta convencerla de que si se queda estará protegida del barro y los malos caminos mientras cae la lluvia lenta y helada sobre las cumbres altas canta mecánicamente para sus adentros. Verdad es que la que cae es la nieve en la letra de la canción aquella aprendida en las clases de música de la secundaria, nunca pudo acceder al coro a pesar de que el canto era su verdadera pasión. Su geniecillo invisible, como siempre, da vuelta a sus pensamientos, ella había terminado por acostumbrarse a esa voz inaudible, a esa presencia de su lado oscuro.

Pero qué hacer ahora. Wojtowich, su sonrisa, y usted no va a poder subir el cerro del Tigre y ella desplomándose aunque por fuera no cejaba y usted cree de verdad que no. Wojtowicz amistoso: Mire, si se anima, tome de atajo el camino de chacra que va a Las Quinientas, pero cuidado, vaya hasta lo de Hase y ahí doble, va a salir en la picada después del Tigre. Yo no sé cómo estará ese camino, pero es plano, cerros no hay.

Ella nunca ha andado por esas chacras, está a punto de volverse, condenada ostracismo del fin-de-semana-largo-en-el-monte, pero se convence de que es más difícil dar la vuelta que seguir avanzando. Imposible salirse de las huellas. Caminante, son tus huellas el camino y nada más. A ver hasta cuándo me duran las ganas de cantar. El ruso ya se aleja por la curva haciendo roncar su motor. Ella se sobrepone a la inercia, a los piojos. El fordcito es guapo, no es la primera vez que enfrenta el barro, se tiene fe al volante. Importa llegar a la ruta, de allí todo será más fácil.

En el cruce de chacras duda unos segundos: los maizales bordean un camino, el que desconoce y tal vez sea mejor; lo toma y avanza. Al parecer va fácil. El auto se desliza, mientras todo sea hacia adelante no hay problema. Empieza a anochecer, demasiado pronto, debe ser por el mal tiempo. Cae la noche lenta y helada sobre las cumbres altas debería cantar y el enanito roe una depre incipiente allá en el fondo donde se oculta su miedo, sus cobardes ganas de echarse a morir sin luchar, emparejadas al deseo de trances novelescos que le viene de sus lecturas infantiles de Sandokan y el Tigre de la Malasia. Con la mala luz del coche buena estoy para aventuras...

El camino desenrosca maizales erguidos. No tiene idea de la hora porque olvidó su reloj de malla rota en la caja de tizas. Serán las cinco y media juega a adivinar. La marcha se hace interminable, sigue cantando, no sabe por qué, la canción aquella de las clases de música: Se ascieeende... a la montaña... a la montaña donde la... ¿cómo seguía la letra?

No hay tiempo a pensarla, allá adelante un charco rojo abarca de costa a costa el camino. Ancho, inmenso ¿será profundo?, ¿barro blando donde quedará patinando, o acaso sepultada, hasta el final de los tiempos? El ruso no habló de esta laguna. Deja el auto en marcha y baja a inspeccionar. No, no se atreve a intentar el cruce... Qué ganas de llorar como cuando era una nena y se perdió de la madre.

Ya es pura penumbra la tarde. Habrá que hacer algo. Por ejemplo, caminar en busca de ayuda. Maldice el momento en que tomó ese atajo, más vale malo conocido, las chacras son todas iguales, ha perdido el rumbo, ¿y ahora qué? Sola su alma bajo la impiadosa llovizna. Por lo menos eso: por el momento, sólo llovizna.

Sus zapatos pesan en el barro. Pesa la oscuridad que parece derramarse de los árboles al paso. Hasta que, oh milagro, no sabe cómo, surge una lucecita a lo lejos, que al acercarse es un fogón, la sombra de una mujer que se inflama al soplar sobre el tronco que arde y el hombre, que se ofrece a ayudarla.

-Pero no, maestra, este camino es el que lleva a Las Quinientas... Tiene que dar vuelta, volver hasta el cruce de Hase y ahí tomar la picada al pueblo.

Y el hombre se tapa con un viejo saco y salen, caminan los dos, él alumbra con una linterna, es noche ya cerrada. De golpe, el auto se aparece como figura siniestra entre relámpagos.

-Mire, va a seguir lloviendo. Tenemos que apurarnos.

Ella maniobra y ve alejarse el gran charco en una marcha atrás que el hombre ayuda empujando cada vez que entra a patinar. Así llegan al abra de pasto que permite la vuelta y, de ahí, al cruce. Vuelva señor a su casa, de acá sigo sola, ya bastante me ha ayudado.

-No, maestra, no la dejaré en esta intemperie. Voy con usté hasta la ruta. Y si permite, manejo yo.

Cómo volvería después el hombre a su ranchito del maizal. Con este tiempo, de noche, tantos kilómetros, señor...

-Eso es cosa mía, no se preocupe, maestra.

La ruta es ancha, cruzada de faros que avanzan en una y otra dirección. Después de lo andado, parece la Quinta Avenida. Ahora, si se empantana, se hará más fácil encontrar auxilio en los que pasan, ella conoce la solidaridad rutera. Ha retomado el volante y no puede dejar de pensar en el desconocido que la ayudó. Qué hubiera podido hacer ella ¿ofrecerle una propina? La sola idea suena como una ofensa. Dios se lo pague, y no se le ocurrió nada más. Las deudas más grandes se las endilgamos a Dios, pobre Dios.

Pobre hombre, a estas horas irá caminando en el barro, se habrá sacado las alpargatas, piensa ella, que ni preguntó su nombre y se siente Sandokana de la ruta, Tigresa de las Malasias embarradas... Y canta, y su mal espanta, a los gritos, en cada subida con las huellas bien marcadas resbalando apenas ligera como exhalación.

Se ascieeende a la montaña... Lejos quedan la ruindad del tipo aquel que la denunció, los gritos húmedos de los chicos en la galería, la sonrisa de Wojtovich. Después de todo tuvo razón el ruso, salí del agujero y aquí estoy. El enanito negro de sus desventuras se ha marchado. Ella todavía no lo sabe, porque va concentrada en el camino largo, larguísimo, empinado, que se le ofrece.

Tampoco sabe que, aunque no volverá jamás a ver a ese hombre desconocido de camino -casi un ángel, una aparición de tiznadas alpargatas- aquel gesto único la iluminará en los tramos oscuros de su vida. Cuando alguien se empeñe en hablar de la maldad humana, ella esgrimirá su recuerdo iluminado con luz de linterna y relámpagos. Para seguir, Sísifo hembra, pero cantando: Se ascieeeende a la montaaaaña...

Olga Zamboni

Del libro Cuentos Misioneros. Olga Zamboni fue miembro de la Academia Argentina de Letras con extensa obra publicada en el género lírico, narrativo y dramático.

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