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Señor San Juan

viernes 24 de junio de 2022 | 6:00hs.
Señor San Juan

La Noche de San Juan, una celebración ancestral de la humanidad, supo ser uno de los genes del ADN regional. Como suele suceder, existen varias versiones sobre su origen, una de ellas la sitúa unos siete mil años atrás como una fiesta pagana dentro del culto al sol, en coincidencia con el solsticio de verano, un agradecimiento por las cosechas obtenidas y por conseguir; otra versión habla de los celtas como el pueblo impulsor del festejo; se suele relacionarla también con la “leyenda de la Encantada”, una tradición muy antigua del norte español, cuenta la aparición de una hermosa mujer, en cercanías de un castillo, cueva o lugar particular de la comarca, con una larguísima cabellera que peina incesantemente con un peine de oro en la noche de San Juan, visible solo para solitarios campesinos o caminantes que, si osaban mirarla, quedaban encantados -embrujados, prendados- para siempre; otros relatos vinculan la festividad de San Juan con las “verbenas de San Pedro” –efeméride católica del 29 de junio–, las verbenas eran una especie de fiesta popular nocturna de un pueblo o barrio generalmente en honor algún santo católico, también de origen español, solían ofrecer kermeses, comidas típicas y ferias de artesanías, concursos de bailes y hasta versiones infantiles, pero resulta más difícil su coincidencia con el ritual de San Juan.

Esta celebración fue traída a América por los conquistadores ibéricos, todo indica que se mixturó con las creencias y ritos religiosos nativos y tomó sus colores propios; el calendario católico centró la fecha el 24 de junio -nacimiento de Juan el Bautista- de cada año, en el hemisferio sur coincide –más o menos– con el solsticio de invierno, la noche más larga del año.

El elemento central de la ceremonia -desde su más remoto origen hasta la actualidad- es el fuego; en el principio las fogatas se encendían para “darle fuerzas al sol” que se debilitaba cada día ante la sucesión de las estaciones y como elemento purificador.

Supo ser una gran ocasión social en la vieja Misiones y especialmente en la antigua Posadas, se preparaban los juegos característicos con mucho tiempo de anticipación, a pesar del clima poco agradable se hacía al aire libre dado el peligro potencial de las “pruebas”; cerca de la medianoche los más cabezudos jugaban a “la pelota tatá”, es decir una especie de “picadito” con una pelota de trapo bien embebida en kerosene y brea, que se encendía; los curiosos se acercaban lo más posible, el griterío y las risas generadas coronaban la contienda.

En tanto, en otro sector el “toro candil” hacía de las suyas: una persona caracterizada como un vacuno, con enormes cuernos de fuego, arremetía contra los asistentes, provocando más gritos y renovadas carcajadas en los adultos y un gran susto en los más pequeños. El “palo enjabonado” soportaba a osados voluntarios que intentaban alcanzar el aro colocado en la cúspide y descolgar algún premio, luego de luchar con la mezcla de grasa, aceite y jabón que, con mucho esmero, se había colocado en los seis o siete metros del poste en cuestión.

La prueba más importante de la noche era el “cruce de las brasas”: en horas de la tarde se preparaba y encendía con mucho cuidado una gran fogata; a medida que se formaban las brasas eran esparcidas en las inmediaciones hasta conseguir una especie de camino rectangular. Alrededor de la medianoche, las personas “limpias de corazón”, ”creyentes” o “promeseros” hacían una fila y descalzos, procedían a cruzar por esa improvisada vía candente; la creencia popular indicaba que se debía realizar a paso firme, sin prisa ni miedo, haciendo la señal de la cruz con el primer paso y rezando. Si la fe era firme, no se producía quemadura alguna; uno tras otros los dispuestos cumplían el ritual que no hacía distinción de género, los más jóvenes solían cruzar “ida y vuelta”, especialmente si alguna jovencita se mostraba interesada.

Toda la ciudad se engalanaba para la noche del 23 de junio; en las ventanas de las viviendas se colocaban candiles confeccionados con naranjas apepú ahuecadas, donde se introducía una vela encendía al caer la tarde, se omitía el uso de luz eléctrica y hasta alumbrado público donde lo había y se prendían pequeñas fogatas en las esquinas. A las 12 de la noche en punto se realizaban varias pruebas en pos de encontrar el amor verdadero, un “noviazgo serio” y “llegar al matrimonio” que era la meca para las chicas y el “sentar cabeza” de los muchachos.

La más popular de estas pruebas consistía en clavar un cuchillo en el tronco de un bananero hasta el mediodía del día 24, al retirarlo había que interpretar o adivinar que letra se había formado en la hoja, esa era la inicial de la persona destinada a ser la futura esposa o esposo; también se derramaba en una palangana con agua, veinticuatro gotas de cera desde una vela encendida, la letra formada al contacto con el líquido era la inicial de la persona amada.

Los limones eran parte de estos rituales con dos pruebas posibles. Una consistía en arrancar una fruta “a ciegas” -mayormente practicada por varones- si el cítrico estaba muy maduro, la destinada era mayor que el interesado, si estaba verde, la mujer sería menor que el pretendiente; la otra opción -para las chicas- consistía en escribir los nombres de posibles candidatos y colocarlos dentro de limones, éstos –a su vez– se debían guardan bajo una almohada, a la medianoche se sacaba, sin mirar, uno y el nombre descubierto resultaría el futuro marido.

Si el mayor interés estaba en el porvenir, se derretía plomo dentro de una vasija, a continuación, se volcaba el contenido sobre la tierra y se interpretaban las figuras formadas; las “escueleras” solían dejar caer gotas de tinta sobre una hoja de papel, luego la doblaban prolijamente y la colocaban debajo de la almohada, a la mañana se desplegaba el papel y se “leía” la inicial del futuro amado.

La celebración terminaba cuando se prendía fuego el “Judas”, un gran muñeco de trapo, tamaño real, reforzado con fuegos artificiales y petardos, en ocasiones caracterizado.

La festividad se fue diluyendo en la segunda mitad del siglo XX y cuando agonizaba surgió de sus propias cenizas, al fin y al cabo, por más frío que haga, el amor se celebra, se añora y se espera.

¡Hasta el próximo viernes!

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