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Último día

domingo 19 de junio de 2022 | 6:00hs.
Último día

Me lo crucé ese día a Walter e iba apurado. Siempre nos encontrábamos en la calle y nos quedábamos charlando, lo conozco desde que éramos chicos. Bah, desde que él era chico, si lo vi nacer. Pero ese día me dijo «me voy a arreglar algo a lo de mis viejos, Graciela». Después supe que les tuvo que pedir plata para ir a la cancha. Fue la última vez que lo vi.

El fútbol era una de las pocas cosas que lo hacían sonreír. Eso y sus hijas, pero las tenía lejos, estudiando y trabajando, sin poder ayudarlas. Entonces, el fútbol era lo único. Más después de lo de Liliana… su muerte. Todo junto le pasó ese año: lo echaron de la fábrica, se compró unas herramientas para ponerse el taller de bicicletas, se fundió y perdió al amor de su vida.

Si los hubieses visto juntos… eran perfectos. A él siempre le gustó, pero ella estaba como en un nivel más alto, era demasiado linda para él. Eso es lo que pensaba Walter. Por eso nunca le hablaba, nunca le decía lo que le pasaba. Hasta que un día se animó y ganó. Ella era divina, morocha, unos rulos larguísimos, después se los cortó y me acuerdo que me enojé con ella porque siempre se los envidié, pero igual seguía siendo hermosa. Y compañera. Mirá que con dos hijas se bancó salir a trabajar por primera vez cuando Walter se quedó sin un peso.

Hasta que pasó lo que pasó con ella y él quedó devastado. Envejeció diez años en uno, no quiso saber más nada con nada, nunca aceptó que le presenten otra mujer, para él sólo existía Liliana. Había semanas que iba todos los días al cementerio, caminando o en bicicleta, porque no tenía para el colectivo.

Vivía de changas, algunos trabajitos que le daban, por ahí le salían algunas cosas más duraderas y les mandaba regalos a las chicas, algunos productos de acá. Tampoco necesitaba mucho la plata, no tenía vicios, se vestía siempre con la misma ropa, había adelgazado más por tristeza que por no tener para comer, si cuando venía a mi casa a cenar apenas probaba bocado.

Pero el fútbol sí, eso sí que lo entusiasmaba. Era como un escape para él. Iba los domingos a la cancha. Fanático de San Pedro. Pero de esos que alientan, no de los que insultan. En su buena época lo seguía de visitante, pero ya no se podía permitir esos lujos. Tenía poca plata, se ve que ese día no consiguió ninguna changa, por eso tuvo que ir a pedirles a los viejos. Yo le dije que si necesitaba algo, que me pidiera a mí, pero le daba vergüenza. Y los padres, con lo poquito que ganaban de jubilación, lo ayudaban.

Jugaba San Pedro contra Deportivo Cerro Grande. Hay bastante rivalidad, es casi un clásico. Ellos vienen en tren y lo pintarrajean todo de verde y negro. Nosotros vamos para allá y se lo pintamos de rojo y amarillo. Y así cada seis meses.

Y Walter fue ver el partido con la plata de los viejos. Empezaba a las cuatro. Ni idea tengo del resultado, pero a las siete menos veinte me llega un mensaje de texto de él: «Negra, estoy jugado, creo que no vuelvo. Te quiero». ¡Claro que lo llamé! Me atendió un tal Augusto, me dijo que un tipo desesperado le vendió el celular casi regalado porque necesitaba plata para un pasaje en tren. Tampoco es que hubiese podido sacar mucho más por ese teléfono viejo y roto.

Como diez veces más lo llamé la semana siguiente al tal Augusto ese para ver si sabía algo. La última vez casi me manda a la mierda, pero prometió que iba a avisarme de cualquier novedad.

Y anteayer llegó Leo preguntando por Walter. No se había enterado, pero nos contó que estuvo con él ese día en la cancha. Y que lo vio raro, nervioso, ansioso. Una mujer, en la tribuna de enfrente. Y que no dejaba de mirarla. Mirá, Leo, mirá, cuenta que decía. Mirala, es igual… es igual a Liliana.

Mariano Bachiller

Inédito. Bachiller es periodista y reside en Posadas

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