martes 16 de agosto de 2022
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El velorio de la cruz

(Superstición, leyenda y hecho real)

domingo 19 de junio de 2022 | 6:00hs.
El velorio  de la cruz

“Amigo director: Lo invito a asistir esta noche al velorio de la cruz a realizarse próximo a mi casa. A usted que le interesan estas cosas, le conviene venir. Lo espero a la tardecita. Cone Vignolles.”

La pequeña misiva que llegó una mañana, provenía del almacenero que me surtía de todos los alimentos. Era éste un individuo pintoresco y nos habíamos hecho buenos amigos. Dotado de una paciencia ilimitada para lidiar con sus parroquianos, hablaba guaraní, portugués, alemán, polaco y ucraniano. Era un extraordinario políglota y no menos comerciante. Excelente amigo, gracioso, simpático, sabía calmar al vecino borracho, evitando peleas que se suscitaban al borde del mostrador entre los vapores de la fuerte cachaza brasileña o los jarros rebosantes de vino, que vendía a buen precio a los serranos, a quienes facilitaba créditos que cobraba cuando éstos entregaban el tabaco, única producción de la zona de la cual vivían. Su almacén se encontraba ubicado estratégicamente frente a la Compañía 43 donde estaban los depósitos, y era el lugar obligado donde se detenían los carros que iban a este lugar o a Concepción de la Sierra, distante treinta kilómetros. En la época de la cosecha, Cone y su amigo Medina, extraordinario compañero de éste y su hombre de confianza, no descansaban un solo momento durante estos días atendiendo a cientos de personas que comían y pernoctaban en lugar esperando turno para vender el tabaco.

La noche caía cuando me apeé frente al almacén, un día sábado, día favorable para la celebración. Cone me esperaba y después de desensillar y largar el caballo en un potrero, me llevó hasta el interior del almacén y me alcanzó unas velas.

-¿Y esto? ¿Para qué es?

-Son velas para que usted encienda una y la coloque en la mesa junto a la cruz del muerto que se va a velar. No deje de echar un rezo que es muy importante para esta gente. No se le vaya a ocurrir reír de esta ceremonia, que ahora todos los ojos de los serranos están puestos en el nuevo director, y de ésta, si se porta bien, puede significarle la simpatía de todos. -Dirigiéndose al dormitorio me llamó diciendo: -Venga que le voy a presentar a un buen amigo.

Sentado en el borde de una de las camas, en el interior de la habitación destinada a ese objeto, se encontraba un hombre morocho, de ojos grandes, barbilla firme, casi cuadrada; morrudo, de regular estatura. Se levantó cuando entramos, mirándome firmemente a los ojos. Hecha la presentación, me apretó la mano con cordialidad y firmeza. Apenas se dibujó una sonrisa en sus labios.

- ¡Juan Ramírez, señor! ¡A sus órdenes! -me dijo.

Así conocí a uno de los hombres a quien más quise en las sierras, por su honestidad, hombría de bien y decencia.

Ya Medina estaba listo, por lo que a una invitación de Cone, salimos los cuatro rumbo a la casa donde se efectuaba el velorio, lo que hicimos a pie por estar muy próxima, llevando cada uno de nosotros el paquete de velas.

Las luces de los faroles llamados “soles de noche” iluminaban el patio de la casa. Al entrar por un portón, 1o primero que vieron mis ojos fue una larga mesa rodeada de comensales y a escasa distancia una ancha zanja completamente llena de brasas en donde se cocinaba el asado, clavada la carne en “estreptos”, como llamaban en la zona a los asadores hechos con ramas fuertes de paraísos, u otros árboles, que sustituían a los nuestros de hierro.

En otra mesa, hecha como la primera de largos tablones, se encontraban las mujeres y algunos niños. Entre ellas divisé a la curandera, sentada posiblemente en lo que era la mejor silla de la casa, la que al verme me saludó levantando una mano y haciéndome una seña como invitándome a que me acercara. Le contesté afirmativamente con la cabeza, comprendiéndome que lo haría después.

Cone me presentó al dueño de casa, quien nos invitó a pasar a la “capilla” donde se velaba la cruz.

Sobre una mesa y un poco más alta que ella, estaba la cruz hecha de hierro forjado de la cual pendían cintas de sedas de varios colores, predominando los azules, blancos y rojos.

Más atrás, un cuadro de San Antonio, también adornado con guirnalda de papeles rojos y blancos y sobre éste, un crucifijo.

Más de cuarenta velas ardían sobre la mesa, descargando la estearina o sebo sobre su superficie y llenando la pieza de un humo acre que al inhalarlo picaba en la garganta.

Unas ochos mujeres, rezaban al parecer el rosario y una muchacha, bastante bonita por cierto, sentada en un rincón, vestida completamente de negro, lloraba silenciosamente.

Prendimos una vela cada uno, colocándola sobre la mesa y después de santiguarnos, nos acompañamos en un Padrenuestro a coro.

Finalizamos el rezo y después de santiguarnos nuevamente, salimos de escape disparando del olor nada grato de las velas.

El dueño de casa nos llevó hasta la mesa donde ya se encontraban comiendo el asado los visitantes, acompañado del vino que en gran profusión de botellas llenaba aquella.

Entre trago y trago, bocado y bocado, se conversaba animadamente. De vez en cuando, algún comensal espantaba de un puntapié, sin ningún miramiento, a algún perro o un chancho que en gran número se disputaban las sobras que se tiraban a un costado de la mesa.

Carne de cerdo, vaca, pollos y gallinas asados, fueron a parar a los estómagos de los invitados y de los que no lo eran, que en el velorio de la cruz asisten cuantos deseen y la llegada de un forastero, es interpretada como un homenaje a la memoria del muerto y se lo atiende como a un buen amigo y con toda cordialidad

El vino, bebido en grandes cantidades, azuzó las lenguas, algunas ya pastosas por el exceso de alcohol.

Callado escuchaba sus conversaciones, interesándome especialmente las que se referían al muerto y a la ceremonia.

Así supe que éste murió misteriosamente un año antes en el yerbal, Era “mensú” y uno de los que más yerba cosechaba,

Recién llegado, me costaba interpretar su lenguaje, pues a pesar de ser la mayoría argentinos, todos conversaban en brasileño, un portugués corrompido por el uso de la mezcla del castellano, idioma peculiar de la frontera.

Juan Ramírez, que se encontraba a mi lado, me aclaraba las palabras que no comprendía.

-Eu creo -dijo uno de los comensales-, que Ulogio (el muerto) era el marido de la Cáa Yary y que ella lo matou cuando la traicionau con la Ercilla.

-Deje de falar pavadas. Morreu de un ataque al corazón y nada mais. Eso e todo -le replicó otro vecino que se encontraba a su lado

- ¿Quién es la Caá Yary, Don Juan? ¿Y qué historia es esta?

-Es una leyenda del lugar. La que le puede explicar bien el asunto es Doña Clemencia, la que desde hace rato está mirando para acá. Seguramente quiere conversar con usted pues vi cuando llegamos que le hizo una seña. Los chicos me contaron que le estuvo ayudando en la escuela. ¿Se hizo amigo de ella?...

-¡Creo que si...! ¿Qué tal es la vieja?

- Por aquí dicen que es payesera y peligrosa. Más vale tenerla de amiga que de enemiga. Conmigo es muy buena y lo es con la familia. Hay mucha fantasía en lo que dice la gente y en estos lugares es muy supersticiosa. Si uno fuera a creer en todas sus macanas, quedaría loco. Converse con la “comadre” que es una mujer que sabe de todo. Ella le va a explicar mejor que yo.

Así lo hice y a poco me sentaba apartado unos metros de la concurrencia, con Dona Clemencia, la que al acercarme me saludó cordialmente

- ¿Qué tal, comadre? -le pregunté.

- ¡Ah! ¡No se olvidó de que va ser padrino de mi nieta! Así me gusta. Estoy bien, compadre. ¿Y a usted? ¿Qué le parece esto? -dijo y con su mano en un amplio giro, abarcó la original “fiesta”.

-Que no la entiendo y quiero que me explique qué es el “Velorio de la Cruz”.

-¿Con mucho gusto, compadre! Ya ve. Es una especie de fiesta religiosa, Esa cruz que usted vio ahí adentro, estuvo durante un año puesta sobre la tumba del muerto. Al cabo de un año se la saca y los familiares invitan a su velorio, Creen que los rezos y la adoración que se le brinda durante la ceremonia, ayuda a descansar en paz al muerto y aun a ganar el paraíso. Cuantas más personas concurran y haya más velas prendidas y más rezos en su memoria, la seguridad de conseguir el eterno descanso de su alma se acentúa, máxime cuando se muere de improviso, como en este caso.

-Comadre, ¿quién es la Caá Yary?

-¡Con que se enteró de lo que andan diciendo por ahí!... Pero usted, no cree nada de esas cosas, para qué le voy a contar...

¿Y cómo voy a creer, si no sé de lo que se trata?

-Está bien -me contestó—. Pero no se vaya a reír que esto no es “brinquedo”, como dicen los serranos.

Sacó de su bolso un cigarro, que yo le prendí solícitamente. Echó una bocanada de humo y recostándose en la silla, entrecerró los ojos y empezó a referir la extraña historia,

-¿Sabía, compadre, que Ulogio era mensú dedicado por entero a trabajar en los yerbales? Y no era de los más guapos que digamos. Siempre su “raído”, que es el montón de hojas de yerba que envuelven en una bolsa, que después el capataz pesa pagando de acuerdo con la cantidad recogida, era uno de los más livianos y sus compañeros lo hacían objeto de sus burlas.

-Un día apareció por mi casa...-. Cuando me dijo esto me miró de soslayo para ver el efecto de sus palabras Yo no moví un músculo de mi cara, que creo vio seria y atenta, por lo que prosiguió su narración, al parecer satisfecha—. Como le digo, apareció en casa una noche de tormenta a pedirme ayuda. Me dijo que quería aparearse con la Caá Yary y que le explicara cómo tenía que hacer. La Caá Yary, compadre, es la diosa de la yerba. Dicen que un día Dios, acompañado de San Juan y San Pedro, bajó a la tierra y todos anduvieron caminando por estos montes. Allí vivía un matrimonio anciano que tenía una hija muy hermosa, a quien, para conservarla virgen y pura, llevaron a ese lugar, cuidándola de todas las acechanzas de los hombres. Dicen que el viejito, atendió muy bien a Dios y a sus acompañantes, dándolos de comer lo poco que tenía, y entonces Dios resolvió premiarlo y llamándolo a su presencia se dio a conocer y le preguntó que deseaba,

El viejo le contestó que lo único que quería era conservar a su hija viva para siempre.

Parece que Dios resolvió el asunto transformando a la muchacha en la planta de yerba y confiándole el poder de ser la dueña de la selva y del yerbal.

Con ella era que Ulogio quería juntarse. Le contesté que se dejara de macanas, que el asunto no era tan fácil y le costaría mucho,

Me ofreció una vaca y un ternero si le enseñaba, y como seguía insistiendo, le hice el gusto.

-Cuénteme cómo se hace, comadre, para conseguir a la Caá Yary.

-¡Ni, nunca!... No puedo contar sino únicamente al que está dispuesto a ser el marido de la Caá Yary, y eso se hace un Viernes Santo, pues si no pierdo el poder que viene desde varias generaciones. A mí me enseñó Doña Eustaquia, mi madrastra, que fue la mejor curandera y payesera de cien leguas a la redonda, .. eso y todo lo que sé, y sepa, compadre, que para adquirir poder en oraciones y payés, se debe enseñar en viernes y algunos, solamente en Viernes Santo pues hacerlos o prepararlos en otros días, no determina ningún efecto,

La última vez que lo vi vivo a Ulogio fue cuando me trajo la vaca y el ternero. Venía muy contento y cuando le pregunté si había surtido efecto mi enseñanza, se sonrió y no me contestó.

Supe que durante dos años era uno de los tareferos que más ganaba en el verbal y le voy a explicar por qué.

Cuando la Caá Yary acepta a un mensú por marido le ayuda en su trabajo. Ella es muy hermosa y visible solamente para éste. Por pequeño que sea el raído del mensú. siempre pesa más que los otros pues la Caá Yary se sube a éste cuando está puesto en la balanza.

El Hombre se vuelve taciturno y callado. Enflaquece, porque parece que la Caá Yary le exige mucho como amante y se lo ve quedar en el yerbal días enteros.

¡Guay del mensú si éste llega a enamorarse de otra mujer! Entonces le pasa lo que a Ulogio, lo mata sin remedio.

-¿Usted vio esa muchacha toda vestida de negro que lloraba en un rincón de la pieza donde están velando la cruz? Bueno, esa muchacha vino al pago hace un año y medio. ¡Ulogio se enamoró de ella! Cuando la Caá Yary se enteró. ¡Púfate!... Lo mató... Lo encontraron boca abajo frente a la planta más grande del yerbal. El médico dice que fue un ataque al corazón, pero yo sé bien, que fue la Caá Yary que se vengó.

-Lástima que no me cuente cómo se hace para hacerse novio de la Caá Yary. Ahora que estoy solo... me vendrá bien tener una novia tan linda.

-Usted lo toma a broma, compadre, y es incrédulo. Pero Ulogio está muerto y todo el mundo sabe lo que le cuento. Véngase el Viernes Santo a mi casa y le enseñaré a conquistar a la Cáa Yary – me dijo muy seria.

Desde la distancia, mientras conversaba con Doña Clemencia observaba a un grupo de personas, entre las cuales se encontraban Cone y Ramírez, discutiendo animadamente, con un señor alto, rubio y al parecer alemán.

Me pareció que los ánimos estaban caldeados por los gestos y las voces que empezaban a levantarse. Pedí permiso a Doña Clemencia y rápidamente me aproximé a Cone.

-¿Qué pasa? - le pregunté.

-Este alemán bestia, que se ha mamado y ha empezado a despotricar contra los argentinos. ¡Mire los negros como están alborotado y ya el vino ha hecho efecto a todos, de modo que va a salir una bronca...!

En efecto. Desde varios lugares del patio comenzó a acudir gente joven y algún viejo que trataba de calmar a los más belicosos.

En ese momento el alemán gritaba:

-¡Hitler va a ganar guerra y entonces nosotros mandaremos a Misiones. Ya estamos preparados y verán negros del diablo, cómo los tendremos a nuestro mando!

Casi sin darme cuenta sentí que mi voz gritaba:

—¡Usted no puede decir eso, salvo que esté borracho y ni aun borracho le puedo permitir como argentino, tolerar esto!

Se hizo un silencio de muerte. El coro que rodeaba al alemán se abrió dejando un espacio que me colocó a unos diez pasos de éste que, sorprendido, me miró.

—¿Y usted, quién es? —me espetó.

-Un argentino, que le da diez segundos para pedir disculpas por el insulto que usted ha inferido a nuestra patria –y así diciendo desprendí el saco y dejé a la vista el revólver que llevaba en la cintura.

Como quedara callado, puse la mano sobre el cabo del revólver y cuando ya lo empuñaba, gritó:

-¡Espere un momento...! ¡Sí, yo quiero disculparme, sí, me disculpo!

-Le vamos a creer -le dije amenazante-, si grita tres veces “¡Viva la Argentina!”.

El alemán, miró a su alrededor y sólo vio caras hoscas y dispuestas a todo. Nadie se había movido de su sitio, y miraban expectantes la escena que se desarrollaba a la luz de la luna.

El silencio se rompió con los gritos del alemán: “¡Viva la Argentina...!’’ lo que se repitió no tres veces, sino diez entre las risas de la concurrencia y así terminó aquello.

Cone me miraba sorprendido. Muy serios y callados, Ramírez y Medina. Cuando volvíamos de regreso en silencio, no pudo con su curiosidad y me preguntó: —¿Usted le iba a disparar, director...?

-¡No! ¡No podía!

-¿Cómo? ¿Por qué no podía?

-Mi revólver no tiene una sola bala. Las gasté en el camino cuando venía al velorio.

-¡No le creo!...

-Tome -le dije, desenfundando el revólver. A la luz de su linterna comprobó que efectivamente no tenía balas.

No dejaron de reír hasta llegar al almacén. Medina me dijo en esa oportunidad:

-Vea Maestro, ésta la ha sacado bien por suerte. Aquí en la frontera no se tienen los revólveres vacíos y cuando lance una amenaza prepárese que se le viene. Si en lugar del alemán, que por lo que veo es bien gallina, hubiera sido algún hombre de avería y aquí en la frontera hay muchos de ellos, no le arriendo la ganancia. A lo mejor a estas horas estábamos velando en vez de una cruz, un fiambre.

Ha demostrado tener agallas y le ha bajado el coco a ese alemán que los tiene a todos enloquecidos con sus órdenes y contraórdenes. Créame que lo felicito, director. Esto le va traer el respeto de todos los serranos; más aun cuando sepan que su revólver no tenía balas. Cuando se entere el alemán, va a llorar de rabia.

-Me alegro por la lección que le ha dado. Sin embargo, usted lo salvó de algo peor que cuando estos serranos se enojan son capaces de hacerlo picadillo como le ocurrió al sargento Mora el día que se jubiló -manifestó Ramírez.

-El sargento Mora era uno de esos policías bravos capaz de pelear con tres o cuatro contrabandistas a machetazos, y traerlos a todos heridos a la comisaria. Era bravo, como pimienta. Resulta que el sargento sospechaba que un hijo de un vecino contrabandeaba caña brasilera y un día le allanó por su cuenta y riesgo la casa, descubriendo que había una botella de cachaza, cosa que no faltaba en ningún rancho pero que significó para el muchacho palos, cachetadas y calabozo. No solamente hizo esto, sino que también se aprovechó del padre, hombre de una conducta intachable, a quien dicen que ató a un poste, mientras judeaba al hijo, invitándolo a contar dónde escondía el resto del contrabando. El muchacho no dejó de advertirle que le pagaría todo lo que le hacía, con lo que enardecía al sargento que arreciaba con sus golpes.

Una semana después se vio precisado a largar al muchacho por falta de pruebas ya que la poca caña que encontró en la casa, no era suficiente elemento de juicio para condenarlo. No pasó mucho tiempo, cuando a Mora le llego la jubilación. A pesar de ser un hombre prepotente, el sargento había logrado poner orden a una vasta zona que abarcaba desde Barra Santa María, hasta Barra Concepción, que significa más de seis leguas de frontera, logrando granjearse la simpatía y el aprecio de la mayoría de los pobladores, quienes resolvieron organizar una despedida y así fue que la noche que recibió su jubilación, un baile y asado ensillado ponía un broche de oro a su carrera.

En lo mejor de la fiesta, cuando nadie podía imaginar lo que sobrevendría, un “Nadie se mueva” y tres individuos armados hicieron irrupción, amenazando a los concurrentes. Uno de ellos, era el hijo de este vecino. Sonó un disparo enseguida otro y se vio caer herido en el medio del salón a Mora. La gente se hizo a un lado y quedó éste solo, desangrándose. Entonces, el muchacho, con un machete en la mano, montó a horcajadas del sargento y como picando carne comenzó a machetearle la cara, mientras le decía: “¡Te acordás cuando ataste a mi padre a un poste y lo judeaste!...” ¡Chas! ¡chas! ¡chas! caía el machete sobre la cara del sargento, que gritaba que por favor lo matara, “¿Te acordás cuando me pegaste? ¡Tomá! ¡Tomá! y ¡Tomá!... ¿Te acordás cuando me metiste en el calabozo? ¡Tomá, perro!”. Y así continuó hasta hacerle papilla la cara.

Nadie pudo acudir en su auxilio ni tampoco se atrevió a intentarlo; los dos compañeros del que efectuaba el asesinato encañonaban a los presentes con sus revólveres atentos y prontos a disparar contra cualquiera al menor movimiento sospechoso. Impasibles miraban actuar a su feroz amigo.

Cuando Mora no dio más señales de vida, paró el muchacho su infernal tarea y a una voz de mando de éste, los tres huyeron refugiándose en el Brasil. Sobre el piso del patio quedó el cadáver del sargento con el rostro horriblemente mutilado en medio de un charco de sangre. Así se vengan estos bárbaros en esta zona.

José Ramallo

El relato es parte del libro La curandera y el maestro. Ramallo era oriundo de Buenos Aires y trabajó como docente en la zona sur de Misiones

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