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Cien días para vivir

domingo 12 de junio de 2022 | 6:00hs.
Cien días para vivir

Tres meses le dieron de vida al muchacho de ojos tristes; ¿quién diría que solo serían noventa días de vida? ¿Acaso el médico en su carrera había cursado alguna materia relacionada con la de dar tan malas noticias?

Bien, no se lo podían explicar de otra manera, más que decirle al joven de ojitos caídos, que en su cerebro había un huésped que no se lo podría extirpar por la zona donde estaba alojado, y que de dejarlo, simplemente un día colapsaría y provocaría no solamente esas terribles jaquecas que desde hacía tiempos sentía, sino que llegaría el inevitable llamado al ángel de la muerte. Quien asechaba desde hacía días esa morada, donde tristemente se desplomaba cada vez más con cada paso que daba este hombrecito que no llegaría a conocer el amor, porque apenas en tres meses debería iniciar su viaje eterno y aún no cumplía ni sus quince.

¡Que cruel que puede ser el destino! Se preguntaba, y al mismo tiempo que en su cabeza colapsada por la enfermedad aparecían estos pensamientos, luego surgían aquellos de vida, aquellos que le llenaban de esperanza, como por ejemplo si ya sabría que se moría en tres meses, podría hacer todo aquello que quisiera porque todo lo que sería riesgoso para cualquier mortal, para él solo era un reto a la muerte, una especie de desafío que se proponía con tal de no pensar en su catastrófico desenlace, que por otra parte era cercano y doloroso… Raúl, este muchacho de ojitos tristes, de a ratos volvía a un destello de vida, y se decidía a vivir. A hacer todo aquello que no haría en su “sano juicio” así mismo les decía a los suyos, y juntando un par de pertenencias salió a la aventura que buscaba realizar y que no se había animado antes, por miedo, por prejuicios, por mil cosas que del “qué dirán” lo afectaban y lo terminaban limitando a su rutina tan básica, tan aburrida, tan llena de vacíos. A cinco meses de cumplir los quince; luego del veredicto de “solo tres meses de vida” que le propició el neurólogo, Raúl decidió escribir una carta a sus padres con un título similar a “si me pasa algo antes de cien días”… y hecho esto se fue una mañana de agosto rumbo a la aventura la cual solo el destino sabría hacia donde lo llevaría.

Y sí… le dolía la cabeza principalmente cuando pensaba en modo negativo, cuando el sol lo iluminaba muy fuerte, y cuando le daba por llorar a mares solo bajo la sombra de algún árbol lejano a su hogar.

Le dolía el alma, y el cerebro, pero no estaba dispuesto a rendirse, así que decidió vivir, decidió que antes de su partida haría todo aquello que siempre soñó hacer, como correr en la lluvia fría de un agosto que no lograba despedir el invierno, subirse a un globo para ver la caída del sol, trepar un cerro del norte de su país, comprar un helado en una cafetería y no pagarlo, salir corriendo, luego volver y dejar el dinero en la mesa; porque era solo la adrenalina de no haber pagado lo que lo motivó a hacer aquel terrible plan.

Estuvo más de dos meses haciendo de su vida un recorrido por rutas, parando a dedo a los autos, y yendo sin destino fijo a ningún lugar. Cuando una tarde de octubre, cuando ya el sol hacía picar la piel, una camioneta vieja con las chapas descoloridas, paraba ante la señal de “dedo levantado de Raúl”.

Para su sorpresa una muchacha bonita, joven, de más o menos su edad, iba acompañada por una abuelita muy arrugada y con dulce sonrisa. Raúl sube, agradece, y acepta el desafío de descansar en su casa.

Más bien, ¡qué casa! ¡Su rancho! Pero desde ese día que las conoció, nunca supo si era la pócima de té casero que le dio a tomar, o acaso era el ángel de la muerte que decidió hacerlo esperar un poco para el viaje final… nunca lo supo, desde que fue a su humilde morada, no solo conoció el amor de juventud de mano de aquella rubia paisana con largos cabellos, sino que extendió sus días, de noventa a cien…

Pidió en su lecho que vayan sus padres, a quienes los buscaron para estar con él. Al entrar a la habitación y verlo en su catre al lado de tan bonita muchacha; y al verlo sonreír con su brillo de ojitos que ya no estaban tristes, supieron sus padres, que se acercaba el final. Pero antes de partir Raúl había conocido al amor, había experimentado la adrenalina, y había dejado de tener esos ojitos tristes que opacaban su rostro moreno hasta aquella ocasión en la que se le iluminaron, y le otorgaron días de alegría, de luz, de paz, de vida. No eran noventa días sino cien los que vivió Raúl antes de partir, con una hermosa sonrisa en su rostro, con la paz de saberse querido, comprendido, junto a sus padres, y a sus nuevas amigas; junto a quienes amo en la vida.

Jéssica Martini

Inédito. Martini reside en Puerto Rico, es abogada y docente. Ganadora (2004 y 2005) del concurso literario “los jóvenes cuentan”.

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