miércoles 29 de junio de 2022
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El escarpín

“La desgracia descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir”. Pensamientos (1670) — Blaise Pascal

domingo 29 de mayo de 2022 | 6:00hs.
El escarpín

Yo conocí a Isabelina de la peor forma posible.

Mi nombre y apellido no son importantes. Hago este relato para intentar liberar el peso de la culpa que acarreo desde hace un tiempo.

Las circunstancias que me llevaron a viajar desde Puerto Iguazú hacia la capital, Posadas, fueron la adquisición de un préstamo bancario para la reforma de mi hostal.

En esa época, las jornadas de protestas ciudadanas estaban en su apogeo; en distintos puntos de la provincia los cortes de ruta estaban a la orden del día y los viajes de madrugada eran una solución efímera para llegar a destino sin contratiempos.

Aquella mañana de diciembre el sol se filtraba entre los viejos árboles de la plaza posadeña y la multitud eufórica festejaba la solución “favorable” de sus legítimos reclamos. Las mujeres, hombres, ancianos, niños, familias del interior curtidas en los yerbales y la tarefa, llegaron hasta las puertas de la gobernación y la golpearon hasta que fueron escuchados.

El año dos mil diecinueve llegaba a su fin. Las vidrieras de los locales comerciales fueron cubiertas con alegres motivos navideños, al igual que las sucursales bancarias, tiendas, heladerías y kioscos, las promociones, bajos intereses y descuentos eran el común denominador en todos ellos.

La multitud comenzaba a reducirse gradualmente, juntaban sus pertrechos y luego los colocaban en ómnibus, camiones y automóviles; unos pocos se retiraban de a pie, perdiéndose entre la gente que atiborraban las cuadras del microcentro posadeño.

A continuación, un ejército de barredoras, empleados municipales, acompañados de bomberos, comenzaron a limpiar el caos de botellas, papeles, pancartas y cubiertas quemadas.

Las autoridades habían vallado todo el frente de la casa de gobierno. Los caños de estas barreras fueron utilizados por los manifestantes para el armado de estructuras que pudieran sujetar lonas  y así poder guarnecerse del calor y alguna que otra tormenta, muy habituales en esa época del año. Fue debajo de uno de estos improvisados refugios donde encontraron a Isabelina, con su bebé en el regazo, sin vida.

Hoy puedo definir a Isabelina como una anciana en el cuerpo de una joven en sus veinticinco años. De estatura media, los hombros habían perdido la horizontalidad y su firmeza, la piel, sin embargo, era tersa, brillante y tenía el color del cacao. Los delgados brazos envolvían la pequeña mortaja de su desdichado querubín. Su mirada se detuvo un instante en mí y pude sentir el dolor infinito en esos ojos de azabache. La sangre se me congeló en las venas.

—¡Por Dios! –gritó una persona.

—¿Qué pasó? –preguntó otra. Un anillo se fue formando alrededor de la enjuta figura, deseosos de saciar la infinita sed de morbosa curiosidad. Una familia de turistas se detuvo un momento para observar la dantesca escena y luego continuaron caminando indolentes.

Indecisa consulté mi reloj, el mediodía se acercaba irremediablemente; no quería perder mi turno en el banco y apuré el paso, tratando inútilmente, de concentrarme en mis diligencias. Cobardemente abandoné el lugar.

Adentro, el frío del aire acondicionado se adhirió a mi piel. Empleados autómatas y clientes ansiosos se desplazaban cronometrados de un sector a otro, ignorantes de la tragedia que había terminado por soltarse, en la vida de alguien, allí afuera. ¿Presagio de lo que les esperaba a los humanos en un futuro cercano?

Al salir una hora después, el calor me azotó el rostro; con un nudo en el estómago decidí pasar por el fatídico lugar. No había nadie. Nada hacía suponer que allí la muerte había insuflado su aliento en los rosados labios de un pequeño inocente. El olor al orín permanecía inalterable en el ambiente y se mezclaban con el de las de comidas que procedían de los humeantes carritos.

El batallón de limpieza había desaparecido, llevándose cualquier recuerdo de los manifestantes, pero había algo entre las plantas. Tapado por un montículo de hojas, yacía el escarpín blanco.

La historia hubiera sido diferente si yo simplemente lo ignoraba. Me quedé observándolo unos segundos, indecisa, hasta que lo recogí. Como dije, era de color blanco, con detalles de corazones dorados; le quité algunas hormigas que se habían adherido a sus hilos de lana, lo sacudí suavemente e introduje sin dudar en mi cartera.

Me alejé rápidamente mirando por encima de mi hombro, cual ladrona que espera el grito acusador, pero nadie se percató de mi hallazgo, y fue así como comenzó mi pesar.

II

Los tiempos de la peste y la reclusión no pudieron borrar los recuerdos. “La madre, con su niño en brazos, me reclamaban la prenda”; noche tras noche los acontecimientos de aquella mañana se desataban en mis sueños. ¿Qué debería hacer para desprenderme de tan vívidas alucinaciones? En ocasiones, trataba de arrojar al cesto de basura el pequeño abrigo de la desdichada criatura, tal vez así terminaría con mi pesar y podría finalmente descansar. Pero una y otra vez me arrepentía.

La soledad en esos días era la sutil cómplice de mis pesadillas, ambos implacables opresores de la mente y del espíritu. El hostal, enorme, silencioso y expectante, fue mi cárcel. El verano cedió ante el otoño y las hojas palidecían en los árboles del monte circundante y al caer, derribadas por el viento del sur, se arremolinaban en las galerías.

Una descabellada idea iba tomando forma y estaba decidida a ponerla en práctica; el movimiento turístico comenzaría a reactivarse e iba a necesitar algunas cosas que podría haber conseguido aquí, en mi ciudad, pero fue la excusa perfecta para viajar nuevamente a Posadas.

¿Qué buscaba en realidad? ¿Por qué no dejar las cosas como estaban? ¿Qué estaba haciendo? Estas y otras preguntas me atormentaron durante todo el viaje por la ruta número doce. Ver a los árboles atravesados por clavos y alambres para sujetar carteleras de propagandas políticas y comerciales acentuaba aún más mi pesar; una ofrenda al Dios macabro del ego y la ignorancia.

Al llegar, me coloqué el barbijo y resguardé mi automóvil en el estacionamiento de siempre, le facilité las llaves al joven y le adelanté un pago para que lo lave.

Con paso inseguro me desplacé por calle Bolívar hacia el centro, tratando de distraerme con las vidrieras, pero mi mente estaba en otro lugar, atrapada por mi voluntad, que ya comenzaba a ceder. Apuré mi andar al darme cuenta de que me estaba arrepintiendo, las premoniciones me asaltaban y mi conciencia luchaba contra lo irracional de todo aquello que pensaba realizar.

La enorme plaza, con sus canteros rebosantes de coloridas flores, no disimulaba lo evidente. Una sociedad distanciada, de rostros cubiertos que escondían la tristeza o la alegría, pero había algo más, una sensación de miedo y desconfianza parecía emanar de las personas. Las miradas recelosas, acusadoras, de pánico visceral hacia una naturaleza que se purificaba; implacable, justiciera y que invitaba a su danza mortífera a toda la humanidad, sin distinguir la raza, el credo o condición social.

En las escalinatas de la catedral, una mujer y sus hijas pedían limosna a los transeúntes, tenían  tristeza en la mirada y la esperanza de una vida mejor se les escurría inexorablemente.

No encontré a la mujer. Mi desazón iba en aumento a medida que caminaba, reprochándome la desatinada ocurrencia de ir tras una pesadilla que me asolaba, decidí regresar por donde había venido.

¡Qué estoy haciendo! Estas palabras golpeaban mi cerebro una y otra vez mientras caminaba con cierta prisa, hacia el estacionamiento. Faltando una cuadra, un rayo invisible pareció alcanzarme y me detuve en seco. No podía dar crédito a lo que mis ojos veían: frente a la entrada del playón, el joven cuidador le alcanzaba una pequeña bolsa de papel a una mujer. Era ella.

La duda me asaltó al instante, traté de mover las piernas que me pesaban toneladas, no podía, estaba paralizada. Ella comenzaba a marcharse e hice lo único que podía, gritar.

—¡Espere! –Ella ni siquiera volteó para mirarme.

—¡Señorita! ¡Por favor! –La voz me salió con más fuerza. El joven avanzó hacia ella y le tocó el hombro; se detuvo y giró la cabeza en mi dirección. Recuperé el aliento y el control de mis extremidades; deseaba realmente estar en otro lado, ahora que la tenía enfrente.

No dijo nada, simplemente se quedó parada, mirándome. Aquellos ojos negros me taladraban a través de los largos flequillos, unos dedos delgados apretujaban contra su estómago, la bolsa de alimento que el joven playero le había obsequiado (no todo estaba perdido).

Percibí su embriagante perfume a jazmín y eso me dejó confundida, pues mi prejuicio dictaba que alguien así no tendría un buen aroma. Vestía una blusa con apliques floridos por sobre un gastado pantalón vaquero que le quedaba grande y lo tenía amarrado a la cintura con un viejo cinto de cuero. Calzaba unas alpargatas pequeñas de color negro.

—Tengo algo suyo. –No reconocí mi propia voz. Mis dedos hurgaron el interior de la cartera, mientras mi corazón galopaba descontrolado. Extraje la prenda y se la ofrecí–. Creo que esto le pertenece. –Sus ojos no se despegaban de los míos, ni siquiera miró el escarpín. Me percaté de que el joven cuidador permanecía expectante a los acontecimientos.

—Carajo, pero si es la botita de lana –lo escuché decir, como si estuviera a kilómetros de distancia.

—¿Qué? –dije sin bajar el brazo. Su rostro era de absoluta sorpresa.

La escena era tragicómica. Los tres parados en la vereda, yo con el brazo extendido hacia la mujer que parecía taladrarme con su mirada y el joven playero que sin dudas tenía conocimiento de la existencia del escarpín perdido.

—Disculpe, señora, ella es sorda y muda. ¿Conoce usted el lenguaje de señas?

—No –le respondí sorprendida. Bajé mi brazo con la prenda todavía en mi mano.

—Si quiere, yo le puedo traducir.

—¡Claro! –lo interrumpí impaciente.

—Mire –continuó él–, no me pregunte cómo, pero Isabelina sabía que alguien le iba a traer su botita.

—Isabelina –murmuré y creí ver un esbozo de sonrisa en el pétreo rostro de la mujer. Traté de relajarme mientras pensaba en la pregunta que le haría, para mi sorpresa, fue ella quien tomó la iniciativa.

Sus largos y delgados dedos se movían con gran presteza, al finalizar colocó los brazos al costado del cuerpo. El improvisado traductor levantó el pulgar en señal de asentimiento.

—Ella le agradece por cuidar y traerle la botita. –Isabelina extendió un brazo para tomar su preciada reliquia. Deposité la prenda en la palma de su mano y sentí que recuperaba la tranquilidad perdida en los últimos tiempos.

—Por favor, quisiera saber qué le sucedió a su bebé. –Me arrepentí al instante de lo que dije, pero era demasiado tarde. El joven meditó unos segundos.

—Eso le puedo responder yo. –Su expresión se volvió seria, como si una nube oscura lo envolviera de repente–. Ella vino del interior con su bebé cuando comenzaron las manifestaciones, estuvieron demasiado tiempo expuestos al sol, en la ruta, y después acá no tuvo la respuesta que buscaba. El responsable de traerla la abandonó a su suerte cuando consiguió lo que quería; un puesto en algún lugar.

Necesitaban atención médica, su bebé estaba deshidratado y no aguantó, nadie pudo hacer nada, después, ya no pudo volver a su casa. Lo perdió todo.

En ese momento del relato, yo pasaba por diferentes estados de ánimo: sorpresa, incertidumbre, temor y lástima. No lograba digerir la terrible injusticia cometida por alguien para con esta mujer y, lo peor de todo, que hubiera quedado impune.

Isabelina rechazó el dinero que le ofrecí, se despidió a su manera y se alejó caminando; no volvió su rostro hacia mí.

Sin embargo, yo no podía dejar de mirarla.

Agradecí al joven de la playa de estacionamientos por contarme la historia de esa mujer y regresé a Puerto Iguazú. Desde mi auto, volví a presenciar la dantesca imagen de árboles ensartados o talados. Eran vestigios de una antigua selva. La tierra que los vio nacer estaba ultrajada, desgarrada y sus entrañas expuestas bajo el filo de las retroexcavadoras.

No obstante, estaba en paz con mi conciencia, satisfecha por lo que había hecho y deseosa de continuar con una vida normal, sin pesadillas ni temores. Dios sabe lo equivocada que estaba.

III

El hombre y su esposa habían hecho la reserva con antelación para el fin de semana; llegaron un sábado desde la ciudad de Posadas y los instalé en una habitación, desde cuyo balcón se podía admirar el majestuoso río Iguazú.

Ambos eran amables, se podía percibir el cariño y respeto que se tenían, más admirables aun por los años que llevaban de matrimonio.

Luego de servirles el desayuno se tomaron un descanso y a media mañana se dirigieron a las cataratas; regresaron a la tarde, cansados, pero felices y satisfechos.

La noche fresca de septiembre se impregnó del olor de las azucenas y los crisantemos que habitaban en los jardines del hostal; un aroma en particular activó el déjà vu, fueron segundos, pero tan real que casi lo pude palpar.

Cenaron en un restaurante de la ciudad y los escuché llegar a la madrugada, entre risas y cuchicheos se acostaron; el silencio se adueñó de todo y, después de mucho tiempo, tuve nuevamente un sueño intranquilo.

Ese domingo soleado invitaba a la recreación y pude recibir a más turistas, una pareja de jóvenes tenía especial interés en realizar la caminata por un sendero que recorría un sector del monte cercano.

Sentados y disfrutando de unos mates, la mujer y su esposo provenientes de Posadas, decidieron también efectuar el paseo por la selva. Marqué en mi celular el número del joven guía, perteneciente a una comunidad de guaraníes establecida en la zona; no demoró en presentarse y se dispusieron para la travesía.

El tiempo aproximado para el regreso sería cerca del mediodía, yo los esperaría con un frugal almuerzo, luego escucharía sus anécdotas. Extasiados, maravillados, sorprendidos, estos eran el común denominador en la mayoría de mis inquilinos, por tener la oportunidad de caminar sobre el retazo de una selva prístina.

Los vi introducirse en silencio, con las cámaras listas para ser disparadas sobre cualquier maravilla que se les presentase. Cerré los ojos tratando de reprimir la evocación de mi pesadilla y me concentré en mis quehaceres.

La ansiedad me rondaba cuando observé por enésima vez el reloj,  decidí aguardar un poco más para contactar con el guía.

Unos minutos después, escuché los gritos de la mujer.

Eran desgarradores, cargados de espanto, y a mí la sangre se me congeló en las venas. Corrí desesperada hacia el grupo, faltaba una persona, el hombre de Posadas; su esposa era la que emitía los alaridos y clamaba por su marido.

—¡Se perdió! No… no lo puedo encontrar. El monte se lo llevó. –Las palabras del guaraní fueron una bofetada en el rostro. La joven pareja traía en andas a la mujer que parecía a punto del desmayo.

—¿Qué…? ¿Pero cómo…? –Se me había formado un nudo en la garganta.

—Por favor. Tiene que llamar a emergencias… a la policía también. Yo voy a entrar a buscarlo –dijo decidido–, discúlpeme; pero algo raro pasó allá.

Hablaba pausado y con aplomo, pero sus ojos estaban cargados de dudas; yo me negué rotundamente a validar sus intenciones; le dije que esperara a las autoridades, pero fue inútil. En un abrir y cerrar de ojos desapareció por el sendero.

Jamás encontraron al turista, semanas de búsquedas e interrogatorios no aportaron nada y todas las declaraciones coincidían, incluso la de su esposa.

El hombre se había desviado unos pocos metros del sendero para fotografiar unas orquídeas que estaban adheridas a un palo rosa, a cinco metros del suelo aproximadamente y bajo la supervisión del guía.

En un breve instante, para tener un mejor ángulo, rodeó el robusto tronco del árbol y ya no volvió a asomarse. Lo llamaron, gritaron su nombre con desesperación, pero no respondía, se había evaporado, literalmente.

Un tiempo después, el joven guía guaraní me confesaría que había sentido algo cerca del palo rosa, un perfume que no debería estar ahí. Mi fase supersticiosa, enclaustrada en las penumbras de la inconsciencia, se liberó de repente. Sin más preámbulos, le pedí que me llevara al lugar de los hechos, no quería vivir con la duda.

El árbol era majestuoso, pero las orquídeas, mucho más. Bellas, salvajes, matizadas; cual sirenas, eran un canto a la perfección y su atracción, irresistible. Me acerqué y apoyé la palma de mi mano en su áspera corteza.

—¿Siente eso? Es el olor a… –El guaraní cerró los ojos tratando de recordar el nombre del perfume.

—Jazmín –lo interrumpí.

—Acá no hay esa flor señora.

No podía pensar con claridad. Mi mente se aferraba con desesperación a lo racional; luego los vi, y el espanto golpeó mi alma con su mano descarnada. Plegados entre las raíces del árbol, había dos escarpines de color blanco.

—Payé. Eso es payé… payé. –De regreso al hostal, el joven guía repetía una y otra vez esas palabras. Al despedirse, me imploró que incinere las dos prendas.

Los puse sobre las leñas del hogar y las rocié con gasolina, luego les arrojé un fósforo encendido; una súbita explosión naranja precedió a la liberación del horror. Primero fue el llanto agonizante de la criatura, luego los alaridos del hombre perdido y al consumirse en su totalidad un penetrante aroma a jazmín envolvió toda la sala.

Parecía que la locura tocaba definitivamente a mi puerta. En la mente solo tenía espacio para Isabelina y decidí viajar en ese instante a Posadas. Necesitaba confirmar si mis sospechas estaban fundadas, si fui parte de un plan macabro, pero justiciero a la vez, y si era verdad, ¿por qué yo?

El joven de la playa de estacionamiento movió la cabeza en señal de negación.

—Ella simplemente desapareció, la busqué por los hospitales y comisarías, pero nadie la vio. Realmente no sé a dónde pudo haber ido –dijo con sincero pesar.

Le resumí lo sucedido con el turista y los escarpines, esperaba que me dijera que viera a un psiquiatra, sin embargo me alcanzó un periódico. En primera plana la foto del dirigente político desaparecido en Puerto Iguazú. Era mi inquilino. El playero me confirmó que era la persona que trajo a Isabelina desde un recóndito paraje del interior misionero y la abandonó a su suerte durante las protestas en la capital.

Sin decirlo, los dos sabíamos que nada fue coincidencia en esta terrible historia, jamás encontrarían al hombre perdido en la selva y solo la muerte, tal vez, lo liberaría de horrores inimaginables.

Hoy ya no la juzgo ni me di por vencida, aún busco a Isabelina, pero es como buscar un espectro. En ocasiones, me parece verla caminar entre la gente en cualquier lugar, deambulando por las banquinas de los caminos y rutas; pero al acercarme, no son los ojos cargados de tristeza que espero ver, ni tienen el perfume embriagador de los jazmines.

Quiero que sea feliz y que el dolor por su pérdida haya menguado, deseo que su alma pueda sanar y perdonar, porque el olvido no es una opción, al menos para mí.

Mientras el viento murmure su misteriosa letanía entre la copa de los árboles y las flores liberen su etérea fragancia en el aire, Isabelina siempre vivirá en mi memoria.


El cuento pertenece a la obra La Colmena (2021). Chamorro vive en Puerto Iguazú. Tiene publicado además Cicatrices (2018).

Javier Chamorro

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