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Pinceladas de historia

Dos culturas encontradas

domingo 22 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Dos culturas encontradas

La llegada de las primeras familias ucranianas y polacas al sudeste misionero en 1897 es parte de la política inmigratoria que el Estado argentino de la Generación del Ochenta (1880-1916) había implementado en el país a partir del legado alberdiano “gobernar es poblar”. Junto con esa política de puertas abiertas, especialmente a ciudadanos europeos, se implementaron otras medidas como el fortalecimiento del estado con el pleno funcionamiento de los tres poderes y, especialmente una política educativa que obligaba a los niños de entre 6 y 13 años a asistir a la escuela. Se formalizó esa idea con la implementación de la ley 1420. Esta tuvo como finalidad principal, además de la lógica lucha contra el analfabetismo reinante en esos tiempos, la de “argentinizar” a todas aquellas masas de inmigrantes que venían de las culturas más diversas del viejo continente europeo. La escuela tenía la finalidad de educar en el idioma y los valores fundamentales de la argentinidad a los hijos de aquellos europeos. Por eso se hicieron comunes las celebraciones de las efemérides, la veneración a los símbolos patrios, el canto del himno y la canción diaria de la bandera, etcétera.

La documentación oficial de esa política educativa menciona cierto idilio en las relaciones de los niños nativos argentinos con los recién llegados. Sin embargo, el historiador Esteban Snihur, que viene estudiando desde hace décadas el tema de la inmigración ucranio-polaca en el sudeste de Misiones, observa en la documentación escolar de la zona, principalmente, serias dificultades para los maestros que debían educar los niños de Azara, Apóstoles y alrededores. Y el problema de la diversidad de lenguas no se limitaba sólo a los niños europeos. Cuando éstos llegaron a estas tierras, esa zona, como gran parte del Territorio Nacional de Misiones, estaba previamente ocupada por paraguayos, correntinos y brasileños (de origen alemán) que habían traspasado el Uruguay en una corriente espontánea de colonización. Por ello, en las aulas se mezclaban las hablas portuguesa, ucraniana, polaca, alemana, guaraní y criolla.

El testimonio de una maestra correntina, en 1901, recogido por Snihur en la documentación de la Escuela Número 1 de Apóstoles, la señorita Mérope Binotti, es muy elocuente para ilustrar esta situación. En abril de ese año dejaba asentado el siguiente comentario: “Componían mi grado 40 alumnos entre varones y niñas de la edad de 7 a 14 años, analfabetos, y de diferentes nacionalidades. El idioma habitual de la mayoría de estos niños no era precisamente el nacional, sino el guaraní, el portugués, el polaco y el ruteno. ... En mi entusiasmo de maestra novicia olvidé bien pronto la primera desagradable impresión, y las dificultades que encontraba para comprender y hacerme comprender de mis alumnos, me causaban más bien hilaridad, a tal punto que a veces no podía ocultarla. Al pedirles el nombre de algún objeto, fruta o animal que les presentaba como ilustración, algunos querían dármelo, pero unos en guaraní, otros en portugués, en polaco o en ruteno, muy contados eran los que respondían en castellano”.

Esa situación derivaba en el rápido agotamiento de los docentes destinados a esa zona y la movilidad de los educadores era constante. Dice Snihur que la escuela como institución, como así su director y el maestro, constituían para la población la expresión misma de la presencia del poder del Estado Nacional. Tanto el maestro como el director, así como los inspectores del Consejo Nacional de Educación que periódicamente visitaban las colonias, eran vistos por los pobladores como personas que detentaban un “poder”, delegado por el gobierno, siendo por ello muy respetados y hasta temidos.

Ese intento del estado nacional de fortalecer las identidades nacionales a través de su política educativa chocaba contra una profunda carga de nacionalismo que traían en sus mochilas culturales los propios inmigrantes. Durante todo el siglo XIX, las luchas de ucranianos y polacos por su independencia habían formado una dirigencia política que fortalecía ese nacionalismo a través de instituciones como las parroquias, los teatros, las bibliotecas. Y estos grupos de inmigrantes venían imbuidos de esa cultura patriótica. Y la trasplantaron a esta zona creándose, periódicos y publicaciones en lengua polaca y ucrania, se instalaron escuelas parroquiales con formación en aquella cultura profundamente religiosa, se formaron cofradías o asociaciones culturales.

Esa convivencia de dos culturas diferentes se mantuvo, con más o menos inconvenientes hasta la década de 1930 donde asume el gobierno del país el primer gobierno de facto que, obsesionados por la defensa de la soberanía territorial y los valores nacionales, empiezan a ver al inmigrante como un enemigo con ideas comunistas o nazis, depende de cuál fuera su origen. Sólo el culto religioso de los ucranios y polacos, por su esencia católica, se salvó de la mirada acusadora del nacionalismo de derecha. Muchos fueron perseguidos y el hablar en un idioma que no fuera el español no sólo se sintió como una “vergüenza”, sino también como un peligro para la seguridad de quien lo pronunciara.

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