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El desafío de volver

domingo 22 de mayo de 2022 | 6:00hs.
El desafío de volver

En un pueblo pequeño las noticias pasan rápido de boca en boca, como un río desbordado que inunda y el agua penetra por todos los rincones. Allí todos se interrogaban entre sí, ¿cuándo pasó eso?, casi de inmediato las respuestas tenían diversas versiones para un mismo hecho, porque ahí, donde la vida es tan simple y de comportamientos cotidianos sin alteraciones, cualquier noticia es una campana que lanza al viento sus sonidos en total libertad.

Al principio, eran unas cuantas familias que se instalaron en este lugar para estar más cerca del trabajo, algunos del aserradero y otros en las labores de las chacras, con el pasar de los años se fueron agregando vecinos, parientes y forasteros para formar un pequeño caserío donde todos se conocían y compartían sus alegrías y preocupaciones, así se gestó un nuevo pueblo en la inmensidad de la selva misionera.

Una calle principal, un almacén y casitas de madera agrupadas sin ningún orden urbano, de gente de trabajo y vida simple, una vez por semana entraba un camión con la proveeduría de las mercaderías necesarias para la subsistencia básica, lo demás lo obtenían de la producción en sus propias chacras y para las otras compras, debían trasladarse hasta el otro poblado más grande que estaba a veinticinco kilómetros de distancia, por esos caminos de tierra colorada rodeados del verde monte cerrado con árboles añosos.

Pero insistían con la misma pregunta, ¿cuándo pasó eso?, nadie pudo precisar la fecha que Joaquín y Josefina se fueron juntos de sus propias casas, sin despedirse de nadie y sin destino conocido. Claro que fue una gran sorpresa para todas las familias que vieron crecer a esos chicos, igual que a sus hijos, cuando de pronto, abandonaron sus hogares paternos sin dejar huellas, ni mensajes, una incógnita fatal, allí mismo empezaron las mil conjeturas y los chimentos de pensamientos perversos y de bocas maliciosas, sin embargo, ninguno fue capaz de enfrentar a los padres de Joaquín, ni de Josefina para pedir alguna explicación de lo sucedido, fue asumido como un acontecimiento especial que por mandato del respeto, la honorabilidad y de buena vecindad, pero también, porque no querían arriesgarse a recibir una respuesta justificadora o un insulto enfurecido por el intento de meterse en asuntos ajenos.

Las dos familias se encerraron en un mutismo total y se devoraron la vergüenza de lo sucedido, guardando adentro de ellos la esperanza de que los jóvenes vuelvan algún día a los hogares paternos, porque ello representaba una manera humilde de resguardar el orgullo familiar, muchas veces se veía a los padres con la mirada perdida en la calle principal con la ilusión de ver las figuras de sus hijos regresando a la casa.

En esas reuniones trasnochadas de vecinos se comentaba, si crecieron juntos Joaquín y Josefina los vieron jugar desde niños y también compartir los encuentros juveniles del barrio, en las reuniones sabatinas con la música que ponía el almacenero para hacer más alegre la vida de esa gente trabajadora y sencilla, pero el tiempo fue pasando sin pausa y nadie se percató que ahora eran jóvenes y entre ellos cruzaron sus miradas y por el brillo de sus ojos se dieron cuenta que también sus cuerpos percibían sensaciones nuevas y entre baile, música y bromas sin declamaciones de sentimientos, ni exposiciones románticas, reconocieron sus afinidades afectivas y las intensas atracciones silenciosas que a los dieciséis años de edad son desbordantes y animosas, pero solo las sombras fueran testigos silenciosos de ese amor entrañable que iluminaba sus vidas de mil colores y montados en esa pasión decidieron cabalgar la vida juntos en otro lugar, con las expectativas de encontrar un espacio donde formar su propio nido, el nuevo hogar que habían idealizado construir unidos, desafiando todos los escollos de un mundo aún desconocido.

Joaquín era muy laborioso, acompañaba a su padre en los trabajos de la chacra y se ganaba unos pesos cuando el camión repartidor llegaba al pueblo, ayudando a descargar las mercaderías con entusiasmo y cuidado. Josefina creció junto a su madre ayudando en las tareas del hogar y cuidando a sus hermanos menores, con el mismo afecto que recibía de sus mayores.

Pero sigue latente el misterio, ¿cuándo pasó eso? Pasó cuando la vida se despertó en esos jóvenes con una ilusión inconmensurable y una decisión inclaudicable de volar con sus propias alas, asumiendo los escarnios de todas las críticas y la vergüenza de sus familias, porque ese amor juvenil tenía la fortaleza de la convicción de que juntos podrían construir su propio mundo.

Se aproximaba la fiesta de la navidad, los preparativos para reunir a las familias alrededor de un pesebre donde nacerá Jesús, nuestro salvador y junto a él estarán sus padres, María y José, ofreciendo esa imagen de familia que todos preservan como modelo.

Había en el pueblo un gran entusiasmo, temprano preparaban las mesas donde todas las familias unidas se agrupaban para compartir ese gran momento, ahora con más luces en el exterior para prologar ese festejo navideño como un encuentro afectuoso de todo el pueblo.

Cuando todos estaban muy entretenidos en los arreglos y preparativos del lugar para convocar a los habitantes de ese lugar, por la calle principal ingresan caminando Joaquín y Josefina tomados de la mano y con un niño muy pequeño en su brazo, con paso decidido y una sonrisa serena se fueron acercando a sus casas paternas. Los primeros vecinos que los vieron caminando, sin decir una sola palabra se fueron encolumnados detrás de ellos, el silencio era rotundo, luego se fueron agregando otros vecinos y parecía una procesión de caminantes acompañando a la joven pareja, aunque ahora ya son tres.

Ni siquiera los bulliciosos perros salieron a hacer bochinche, solo la música del almacén inundaba el espacio. Fueron los hermanos menores de Joaquín y Josefina quienes dieron la voz de alerta a cada familia de los visitantes que llegaban. Los dos jóvenes detuvieron su marcha unos metros antes de sus propias casas, que además eran contiguas, allí parados en silencio y todos los vecinos como una muralla humana se acomodaron detrás de la pareja en total mutismo, se estacionaron también dispuestos a develar el misterio de la historia, querían ser testigos presenciales de un acontecimiento inédito para el pueblo, un evento que representaba un hecho temerario para ese lugar.

Cuando salieron los padres de Joaquín y Josefina a la calle y se enfrentaron a sus hijos, solo se miraron a los ojos y en sigilosa complicidad miraron al cielo, luego en forma simultánea levantaron sus brazos para recibir a sus hijos que regresaban a sus hogares. Detrás de ellos, eran muchas manos agrestes en efusivos aplausos y gritos de alegría gozosa de todos los vecinos que en un arranque de euforia compartían ese reencuentro familiar.

No hubo una sola queja, ni reproche ni lamentos, solo algarabía, risas y cordialidad, eran cientos de brazos rodeando a la pareja y al niño, porque era el regreso del hijo pródigo, no como un mendigo, sino trayendo un tesoro, un hijo, una nueva vida para prolongar la existencia y la nobleza de volver a los orígenes, de no renunciar jamás a la raíz de los sentimientos más sublimes, esos que se transmiten de piel a piel, de caricia en caricia, de palabra en palabra, pero que se guarda en el corazón para toda la vida.

Que buen motivo tienen todos ahora para festejar esta navidad con mayor algarabía, no solo porque volvieron los jóvenes que se fueron en forma silenciosa, sino también porque la vida no se detiene en los lechos dolorosos del camino y sigue su curso sin premura, pero con esperanzas, claro, ninguno de los curiosos vecinos se le ocurrió preguntar ahora ¿cuándo pasó eso?, porque como dice el filósofo: “el corazón tiene razones que la razón ignora”. 


Atencio es docente universitario.
Autor de los libros: Amar y sufrir por un hijo, la mejor lección. Abriendo el cofre.
Coautor de numerosas antologías de publicaciones escritas y virtuales.
Miembro de la Sociedad Argentina de Escritores – Filial Misiones (SADEM)

Santiago Atencio

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