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Historia de Coca, nieta de la bruja del baldío

domingo 22 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Historia de Coca, nieta de la bruja del baldío

Era Coca una linda guayna qué, cuando murió su madre, huyó de la mísera tapera donde vivía con ella y la abuela (doña Nacha ) y se refugió en un monte virgen cercano al centro de la ciudad, cuidando – es un decir-,  de la vieja, rebuscando algo de comida en donde pudiera y  para compartir  con la que postrada esperaba gimiendo de hambre y de dolores que ya ni noción tenía de donde partían.

Recostada en un viejo y pringoso sofá abandonado en el baldío la anciana calmaba sus fríos con andrajos tan poco limpios como el resto del entorno y teniendo como improvisada pero tibia y suave almohada un gato negro.

Cuando aún podía caminar y hasta correr un poco, se cuenta que ella y Coca  acechaban al felino que por las siestas atrapaba algún apereá y hasta llegó a cazar (no obstante su visible debilidad o mejor dicho,  débil visibilidad), tal vez contagiada del hambre que la afligía y  de  la miseria de las habitantes del sucucho, a un conejo seguramente autoexcarcelado de su jaula en alguna casa cercana, pero al que caro le costaría su efímera libertad y quizá su deseo de convertirse en un “conejo de la suerte” (como en  la televisión), ya que el Garfield subdesarrollado lo atrapó de un magnífico salto digno de un felino pero, a su vez, la vieja salió de su postración y se prendió de la cola del gato. Mientras la chica tirando de las orejas del conejo logró arrancárselo y mordiéndole las venas del cuello bebió la sangre caliente del animalito ahora víctima de una lenta muerte. La anciana peló al gazapo valiéndose de una herrumbrada tijera y compartió el cuerpo con su compañera.

En lo mejor de ese inesperado y sorpresivo, al par que substancial aunque crudo almuerzo, las mujeres vieron llegar un hombre joven que no desentonaba con el sitio para nada…

Con descuidada barba, melena pringosa, vestía las deslucidas hilachas de lo que habría sido un saco alguna vez y un pantalón que, remendado incluso sobre los remiendos anteriores, dejaba ciertas partes del cuerpo del muchacho al descubierto.

Traía una bolsa atada a un palo – tal como los vagabundos de las historietas o un local Huckleberry Finn -, y sonriendo y saludando a las damas se autoinvitó a compartir la comida. Pero no le pareció buena la idea de comer gato y encima… crudo.

Así qué sacó fósforos y un diario viejo y comenzó así a cocinar un plato que bromeando, el errabundo pero al parecer alegre visitante de las que el barrio conocía como “las brujas”, bautizó como “felino a las llamas”.

Eran el cocinero y las dos comensales sentadas en la tierra tres felices humanidades, de la impensada y felina cena el muchacho cortaba un trozo para la vieja, otro para la joven y otros para él.  Tal vez no fuera un delicioso bocado cada uno, pero llenaron las panzas del trío de modo tal que dejaron los restos para, aconsejadas por el recién llegado, “hacer un ensopado para la noche “.

Después recorrió el lugar, cortó algunas cañas blandas y con sus hojas se preparó un colchón sobre el que estiró sus andrajos. Tomó de la mano a la joven y la acostó sobre el improvisado lecho, echándose sobre ella  mientras hacía señas a la vieja para que se fuera  a “su dormitorio”.

Tras una larga sesión de sexo no esquivado por ninguno de los jóvenes y finalmente apreciado por ambos, el fauno del montecito le dijo a la muchacha que ella iba a ser su mujer y que iban a ir ahora a conseguir ropa y comida.

Volvieron al amanecer. Se habían bañado en una acequia y comieron lo que robaron en una panadería y se agenciaron de dos sábanas para ellos y una colcha que regalaron a la “madrina”, doña Nacha.

Coca se enteró que a la mañana siguiente iban a ir a buscar otras cosas y de paso visitar al hermano menor de su “marido” que saldría del hospital al mediodía. No estaba enfermo pero de tanto en tanto simulaba estarlo y entonces lo internaban dos días. Le metían un par de inyecciones y suero y él se los aguantaba porque eso significaba cama, desayuno, almuerzo, merienda y cena.

Se puso contento cuando los vio o mejor dicho saludó al hermano y abrazó y besó a la cuñada con muchas ganas de continuar así largo rato pero el “marido” le dio dos bofetadas a la chica y la propinó una retahíla de improperios aleccionándola y al “enfermo recuperado” lo zamarreó al par que le decía “hermanito eso no se hace”.

El dúo, transformado en trío, regresó al atardecer al monte. La vieja estaba tirada en el colchón del nuevo habitante del lugar. Casi con dulzura el muchacho mayor le pateó la zona baja de la espalda y luego la cabeza y tomándola del pelo la arrastró hasta el camastro. “Tené que sé má respetuosa vieja”, le dijo a la “¿suegra?” que le pedía perdón llorando y luego se durmió.

A la mañana siguiente la pareja y el cuñado (el hermanito menor), que no perdía ninguna oportunidad de manosear a la muchacha, la cual no formulaba queja alguna no tanto por el miedo de ligar como la vieja como por el terror a quedarse sin ninguno de los muchachos, encararon un camino vecinal y …,  por extraña suerte encontraron un camión descargando basura en un  baldío a menos de cien metros,  de su “residencia”.

Desde el vehículo tiraron dos colchones viejos pero para ellos maravillosos, una reposera de lona y madera y una bolsa llena de ropa.  El mayor le dijo al hermano que llevara los colchones al cubículo y los acomodara uno para la anciana y otro para ellos tres y mientras con la chica se encargarían de conseguir la comida.

Todas las buenas se les daban. Encontraron una carnicería donde el dueño dejó sólo el local, para ir al baño quizás, así que en segundos una ristra de chorizos y tres tiras de costillas desaparecieron entre el equipaje de los “novios”.

Demás está decir que comieron como en la última cena de los condenados a muerte. La mayor del grupo se mandó al buche tres chorizos crudos, y una tira entera de costillas a medio asar y se durmió plácidamente por lo que no disfrutó ni se enteró ni por casualidad de cómo el más joven de los muchachos la “disfrutó descargando en ella la necesidad de satisfacer sus bajísimos instintos”.

Afuera la pareja gozaba y retozaba en el colchón de la misma manera que si hubieran estado en un hotel de lujo pero gratis y fornicaban como si al día siguiente ya no pudieran hacerlo más. 

Temprano los tres salieron a “recorrer el espinel”, había que “pegar algún vino” así que decidieron ir a la feria cercana, donde la aglomeración de gente haría que pudieran conseguir algo y sí, lograron un par de botellas de vino, un pan casero, verduras, y dos petacas de caña con ruda que ya estaban a la venta, siendo que en pocos días sería 1 de agosto.

Cuando llegaron a su residencia vegetal y suburbana el mayor manifestó sus deseos de tomar mate. Algo que no había aparecido como necesidad del grupo; entonces le indicó al hermano que fuera a conseguir mate, bombilla, yerba y que “ni se te ocurra venir con el cuento de que no conseguiste”. Apenas salió el muchacho, el hermano mayor destapó la petaca de caña con ruda y se la tomó sin respirar siquiera y enseguida reclamó los servicios sexuales de su amante que no demoró en entregarse ya que sabía hasta la cantidad de golpes que le iban a dar si decía que no.

Luego, mientras el amante “dormía la mona”, la guaina se puso uno de los vestidos “nuevos”, tomó su bolsito de los secretos (DNI, un anillito, un par de fotos y dos pañuelitos), revisó los bolsillos del borracho llevándose los cigarrillos, fósforos y un par de pesos suficientes para algún boleto de colectivo… Y se marchó.

¿Habrá sido casualidad? ¿O algún fortuito designio del destino? Pero ahí cerca, a menos de una cuadra estaba el hermano menor y la chica se acercó a él que la abrazó para besarla y luego le dijo… “vamos rápido, que no se vaya a despertar” y preparando unas monedas corrieron hasta una parada de colectivos y subieron sin rumbo, pero por la tarde andaban caminando por la ruta costanera buscando un lugar para hacer noche.

Casi a la madrugada un camionero los alzó en el puente internacional y llegaron a Encarnación, importante ciudad del Paraguay; mientras,  hablaron tanto con el conductor, que decidió tomarlos como acompañantes hasta llegar a Asunción, la capital del país,  donde les consiguió un alojamiento a cambio de hacer la limpieza del lugar y algunos mandados por lo que además de cama, baño y desayuno les dieron el almuerzo, merienda y cena.

Hace 10 años que están allí.

Tienen dos hijos. Un casal.

Ella no ha vuelto a robar ni a beber la sangre de un conejo cazado por un gato.

El no quiere oír hablar de esos tiempos en el monte y debido a su seriedad en el trabajo asignado comenzó a hacer de mozo en el restaurant del lugar donde vivían y ella es ayudante de cocina.

En tanto se están fabricando un carrito hamburguesero con el cual se establecerán cerca de algún lugar donde haya buena circulación de gente. 

Ella a veces reía cuando alguien al llamarla le dice “Señora, puede venir un momento”, pero se sabe que ya se acostumbró (y le gusta). Se ha arreglado el pelo, usa cosméticos, cuida sus uñas como lo más valioso que tiene en sus manos, se baña dos veces por día, manda la ropa a lavar y planchar y los sábados va con el concubino a bailar y al cine. El domingo él no puede con su genio y no deja que se levante de la cama hasta que el medio día cede paso a la siesta.

El patrón suele decirles “si siguen así van a tener una docena de hijos”.

Sólo en momentos muy especiales, estando solos y donde nadie puede oírlos hablan de doña Nacha, de la enramada del monte citadino y los colchones sacados de la basura. Y de la inaceptable posibilidad de que ella tuviera dos maridos pero del hermano asador de gatos ella dice, “no creo que venga a vernos ni vivo ni desde el más allá por que no creo que haya muerto ... ¿de qué iba a morir?”, se pregunta sonriendo con ironía.

El ex falso enfermo suele mirarla con la carita de inocente con la que a pesar de los maltratos consiguió enamorarla y dice como si tal cosa… “¿sabes que muchas veces la caña con ruda causa estragos en la panza y hay gente que ha muerto por eso?”

Ella lo mira y piensa “qué tendrá que ver la ruda con caña con los parientes que quedaron en el monte “ ...

El “hermanito” entonces, le comenta a la que ahora es su mujer, así como al pasar, que la vieja y el primogénito, bebieron de las petacas de caña con ruda a las que mientras volvía de la excursión en busca de mate les agregó las pastillas que él robó del hospital tras la última de sus reiteradas internaciones.

¡Pobre Coca!; se asustó cuando recordó que pensó ir a juntar los frasquitos tirados en la capuera entre los yuyos para sorber las últimas gotas de cada uno. Pero cambió de tema y preguntó “¿cómo le vamos a llamar a la hamburguesería?”.

“Angá pobrecita ella, la viejita - le respondió el compañero -, le ponemos “Las hamburguesas de Doña Nacha”, en las letras grandes, y abajo “Gracias hermanito mayor”, ¿qué te parece?

“No é gracioso mismo mi rey”, dijo la mujer y se fue rápidamente a continuar con la limpieza del salón del restaurante.


Inédito. Abad es periodista, escritor, ex titular de Sade Misiones, en la Feria del Libro de Buenos Aires representó a Misiones en varias oportunidades y en encuentros nacionales e internacionales entre otras actividades literarias.

Esteban Abad

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