miércoles 29 de junio de 2022
Cielo claro 13ºc | Posadas

El cielo abierto

domingo 22 de mayo de 2022 | 6:00hs.
El cielo abierto

El pálido sol del invierno doraba la ciudad y el campo cuando volví para las vacaciones de invierno. Era un julio frío de vientos silbadores que azotaban los eucaliptos del camino y doblaban las desnudas copas de los paraísos. Los galpones blanqueaban bajo la luz débil de un cielo lechoso y a lo lejos dormitaban tiritando las vacas en los campos avaros de alimento. Bandadas de patos bordaban de alas oscuras el horizonte. Los teros prolongaban sobre el espacio débilmente azul su algarabía y junto al alambrado brillaban, vencidas por el viento, las melenas hirsutas de la paja brava. El molino desgranaba su canto monótono -un chirrido acompasado- sobre las ráfagas que se abatían en sus aspas. El hogar me recibió con su cálida ternura. Me envolvieron las voces de mamá y mi hermana modulando la bienvenida tantas veces añorada cuando estaba lejos. La gravedad de mi padre ocultaba una ternura apretada y escondida bajo las preguntas más formales.

Recorrí las amplias habitaciones, me llené del perfume de las maderas, del brillo rosado de las lámparas, de las chispas de oro y plata de las fruteras y candelabros, de las olvidadas tibiezas del raso y el terciopelo de cortinas y sillones, de las suavidades de los antiguos encajes que mi madre disponía sobre los respaldos.

Pude disfrutar, durante las primeras, horas, de la charla con los que tanto había extrañado rodeando la mesa blanca en el comedor al que retornaban mil ecos familiares. Mis padres y mi hermana esperaron todo ese día antes de darme la noticia; no quisieron empañar las primeras horas de alegría, nuestro reencuentro después de la larga separación; no desearon apagar la charla vivaz de los que no se han visto por un tiempo y anhelan saber todo del otro. A la mañana siguiente, después del desayuno, me lo dijeron. Cacho estaba de vuelta. Había llegado los primeros días de julio luego de permanecer en un hospital casi un mes. Mi amigo tenía un pie amputado. Acusé el golpe en lo más profundo de mi pecho. Me ganó de entrada una rebeldía sorda mientras mil imágenes se superponían en mi mente, mil recuerdos de todas las horas de nuestra vieja amistad. Ante mi silencio papá y mamá trataron de hacerme reaccionar, comprendiendo la impresión.

- Él está tranquilo, resignado, digamos…

-Además siempre se puede pensar en un pie ortopédico... Ahora ya camina con muletas pero no sale mucho…

 -Supongo que tendré que acostumbrarme... él era tan temperamental …

Lentamente, y como si cargara sobre mis hombros todo el peso de las penas del mundo, abatido, crucé la quinta y tomé el senderito hacia la casa de Crescencia. El aroma de las mandarinas maduras no logró arrancarme de mi asombro, de mi todavía incrédulo ensimismamiento.

Cacho me tendió la mano. Por instantes no nos dijimos nada, pero yo leí detrás del brillo de sus ojos hundidos en el rostro pálido toda la tristeza que trataba disimular, y un miedo que jamás había sospechado pudiese sentir él, tan lejos de sentimientos de tal naturaleza.

- Qué hacés, viejo... -me sonrió apenas.

-¿Qué pasó? -le pregunté.

-Y... fue defendiendo una posición. Me hirieron en el pie... no era mucho, quedamos tres días aislados; se cortaron las comunicaciones; éramos unos pocos con un sargento; después de la batalla nos retiramos a unas lomadas, tratamos de escondernos. Pero no teníamos la radio, habíamos perdido todo, apenas nos quedaban los fusiles, una metralleta. Y no podíamos salir. Resistimos el frío como pudimos; nos amontonábamos para transmitirnos calor. En esos tres días el pie se me infectó y además tuve un principio de congelamiento.

 -¿Y cómo salieron?

-Nos vieron los helicópteros de rescate. Después de muchas horas de habernos avistado vino una patrulla. Pero yo ya estaba jodido... El médico me hizo llevar al Continente. Ahí ya me sospeché que la cosa no era fácil, que no la iba a sacar barata... Me lo cortaron en Río Gallegos y a los pocos días cayeron las islas. Pero no me lamento de nada, fue cumpliendo con mi deber, estoy orgulloso...

-Viejo, vos sabés cómo lo siento, yo...

-Dejá, no pensés en eso. Cada día me siento mejor. Ya me voy a acostumbrar. Eso sí, lo del camión se acabó. A la fuerza. Tengo que ir pensando en otro laburo. Pero ahora me dedico al descanso... y a pensar mientras la pata se me termina de curar...

-Qué ¿no está del todo bien? -me asombré.

-Sí, casi, lo que pasa es que el frío me produjo principio de congelamiento y gangrena, por eso me cortaron y no sé... parece que en la pierna hay algo... pero no hablemos de enfermedades... ya voy a salir adelante. Contame qué tal vos en la Universidad... ¿Estudiás o escribís versos?

Ese día vi también a Lucrecia. Más de tres meses habíamos estado separados manteniendo únicamente el contacto a través de las cartas. La palabra escrita cobraba casi la fuerza del sonido a la distancia, mientras ambos devorábamos el papel.

Ahora, uno frente al otro, era la palabra callada, el signo ausente, el que modelaba el más dulce de los significados; el silencio, el más poderoso significante para fundar nuestro diálogo amoroso, en antiguo, eterno y siempre renovado mensaje del amor, del primer amor, inolvidable comunión de las almas jóvenes en ese breve trayecto ideal de la existencia. Me contó que su padre había continuado en la actividad gremial y participado en algunos tumultos no muy violentos. Los breves días de las vacaciones nos reunieron diariamente en los lugares que considerábamos nuestro: los territorios que fueron delimitando nuestros pasos por las sombreadas calles suburbanas, por los paseos verdes de las plazas, los espacios que guardábamos con nuestros compañeros como zonas propias donde se hablaba nuestro lenguaje y al que no podían alcanzar las preocupaciones, las intrigas, los intereses mezquinos de la otra parte del mundo. En casa se quejaban porque estaba poco tiempo con ellos, especialmente mamá. Me tenía para los desayunos y los almuerzos; el resto del tiempo me llamaban los amigos, la barra que volvía a juntarse, Lucrecia y Cacho. Cacho especialmente. Teníamos largas conversaciones junto a la parva, como en los antiguos días de la niñez. Casi todas las tardes de ese julio frío que marcó un hito en mi vida nos vimos en aquel lugar habitual para nuestros juegos de niños y nuestros ocios de adolescentes. Él casi no salía. De tarde en tarde nos había acompañado al pool pretextando que con las muletas le resultada todo muy incómodo y más difícil. Todos confiábamos en que una vez recuperado volvería a ser el mismo de antes, de siempre, con sus bromas pesadas, sus chistes agudos, su buen humor, sus ganas de vivir.

 

Sólo le pido a Dios

que el dolor no me sea indiferente

que la reseca muerte no me encuentre 

vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.

 

Lucrecia adoraba la música. Más que yo. Su espíritu soñador se consustanciaba con las letras que proponía el rock nacional.

-¿Qué te parece esta letra? -me decía mientras aumentaba el volumen del grabador.

-Me gusta. Me parece que todos los jóvenes tenemos que pensar así

Sólo le pido a Dios

que lo injusto no me sea indiferente 

que no me abofeteen la otra mejilla...

-Eso sí que está bien. Hay un montón de injusticias en el mundo y nosotros debemos acabar con todo. No me refiero a las injusticias que ya todos sabemos: la pobreza, el hambre, la falta de chances iguales para todos. Me refiero a otras... El desprecio que algunos hacen sufrir a otros, sin ninguna razón valedera... Por ejemplo por diferencias religiosas, porque uno es más inteligente o se cree que el otro, la incomprensión... la incomprensión entre hermanos entre los que se dicen amigos, hacia los chicos...

Sólo le pido a Dios

que el engaño no me sea indiferente 

si un traidor puede más que unos cuantos

que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

-¿Y eso? Aquí hay mucho para comentar...

-Ya lo creo... Como que hay un montón de formas de traición y de traicionarse a uno mismo...

Sólo le pido a Dios

que el futuro no me sea indiferente

desahuciado está el que tiene que marchar 

a vivir una cultura diferente.

-¡Eso me gusta! ¡Ahí estoy de acuerdo! (Lucrecia rebelde). Por ejemplo los programas de televisión donde nos tenemos que aguantar idiomas extranjeros, costumbres extranjeras, caras extranjeras, música extranjera y todo presentado como si fuera lo mejor del mundo, lo único que vale la pena, lo que hay que imitar…

 -Pero si a vos te gusta la música del rock por ejemplo, del rock americano, los Beatles, además del rock argentino...

-Me gusta, no te niego. Yo no te estoy diciendo cerrarse a lo que es bueno de todo el mundo. Soy bien humanista. Me refiero a abandonar lo de uno y aculturarse, tomar la cultura extranjera como la propia. Eso sí está mal. A mí me parece que hay que saber apreciar todo lo bueno de la ciencia; la técnica y el arte de toda la humanidad, pero saber bien dónde están las raíces propias, y no desprenderse nunca. Al contrario, arraigarse cada vez más. Si uno está seguro de quién es, se aprecia mejor lo propio y lo ajeno, se conserva la identidad y uno no se vuelve un extraño que no sabe para qué lado tirar... una especie de tipo sin patria... sin patria cultural.

Sólo le pido a Dios

que la guerra no me sea indiferente

es un monstruo grande y pisa fuerte

de toda la pobre inocencia de la gente.

 -¿Y ahora? ¿Estás de acuerdo? -insistía-. Mirá que significa rechazo a la guerra a cualquier guerra.

-En principio estoy de acuerdo -decía yo- Cualquier guerra es absurda y no tiene justificación final. Pero a veces te meten o hay que meterse... no hay remedio.

- Yo haría cualquier cosa, si pudiera, para impedir cualquier guerra... (Lucrecia rebelde)

- Ojalá que a vos y a mí no nos alcance ninguna guerra nunca, ninguna clase de guerra -le dije con la caricia más pura que jamás le pude ofrendar, sobre sus mejillas trigueñas en las que todavía temblaban las formas de la infancia.

Algunas tardes Cacho nos acompañaba en el auto a dar vueltas por la ciudad. Entonces parecía contagiarse de la alegría irresponsable de Marcelo, Hernán y yo. El auto tomaba la calle principal que se perdía en el horizonte. Un mar de oro enceguecedor, el sol muriente de la tarde invernal, enmarcaba en perspectiva los letreros de los negocios, los balcones, algún mástil con su bandera perezosa, las balauntradas de las terrazas. Bulliciosos, los bares y los cafés iban iluminándose paulatinamente y el centro se llenaba de una vida inquieta y apurada, de los pasos nerviosos de los trabajadores que emprendían el regreso, con la protesta de las bocinas como fondo a mil rumores diversos; voces, chirridos de los frenos, rugir de cien motores, siseo de los neumáticos sobre el pavimento, golpeteo de pasos, alguna risa joven, los gritos de los chicos. Desde las veredas partían los saludos de los amigos, de las chicas, ese agitar de manos, ese brillo cómplice de los ojos de aquellos que nos apreciaban, cofrades de ese culto nunca como en esos años puro y sincero, la amistad.

Cacho amigo, muchacho rebelde, sediento de vida, comprometido con el mundo y con vos mismo. Aquí y ahora, en esta parva que fue nuestro rincón a través años y más allá de la distancia y de mi dimensión, te evoco. Aquel invierno aprisioné tu voz para siempre, y sus ecos anidaron acunados por las palabras de todos mis recuerdos.

Fragmento de la novela El cielo. Publicado en Cuentos Misioneros, antología de relatos breves de la provincia de Misiones (2004)

Eduardo Roberto Biazzi – Glaucia Sileoni de Biazzi

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