miércoles 29 de junio de 2022
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Agustín Federico, un estudiante del Interior

domingo 15 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Agustín Federico,  un estudiante del Interior

El almanaque marcaba que transcurría el mes de noviembre del 2014, en un rinconcito norte de la Argentina, en la ciudad de Apóstoles, provincia de Misiones, también conocida como Ciudad de las Flores, Capital Nacional de la Yerba Mate y Capital Provincial de la Semana Santa y el Pesanké.

«Al final, tenían razón los más viejos. El paso por el quinto año es más rápido que Pablo Escobar escapando de la Policía. Poco a poco, se acerca la hora de decidir...Las decisiones que tome no son ninguna boludez, son demasiado importantes», reflexionaba Agustín, mientras estaba cómodamente acostado en su habitación que compartía con su hermanita Rebeca, de 12 años de edad.

—Y, Agustín, ¿ya te decidiste?

—No lo sé, vieja. Realmente es una decisión complicada, che… Me gusta la política, la filosofía y también las artes visuales. Aunque, para serte sincero, me imagino una vida siendo político. Rascándome todo el día, ganando fajos y no haciendo nada.

—No digas eso, hijo, que aún quedan políticos honestos hoy día. Si los cuento con una mano, me sobran varios dedos, pero, bueno, vos tenés que pensar en lo que te gusta realmente, en lo que te hace feliz — contestó Cristina.

Aquella madre aún no podía creer que su pequeño hijo ya era todo un hombrecito. Estaba terminando el secundario y pronto partiría rumbo a la gran ciudad y el nido vacío dejaría, emprendiendo vuelo hacia la capital de la provincia, ya que aquellas carreras preseleccionadas quedaban en la ciudad de Posadas, a unos 70 kilómetros aproximadamente de Apóstoles.

Como muchas familias del sur de Misiones y del norte de Corrientes, la familia de Agustín era descendiente directa de inmigrantes ucranianos y aquello lo hacían notar con mucho orgullo en su cotidianeidad, mirando, sintiendo y viviendo en el mundo de una forma singular, embanderándose de la cultura milenaria, practicando ritos, ceremonias y cocinando platos típicos.

En la cena de aquel reflexivo día, los protagonistas en los paladares de los comensales fueron los perojés de ricota. Pero esta… no era cualquier ricota. Era una preparación casera de la chacra de los abuelos maternos, la cual estaba cargada de una magia especial, ya que tenía el sabor particular del esfuerzo y del amor, ingredientes esenciales a la hora de realizar la cocción. Una rica salsa blanca siempre acompañaba, aunque en esta oportunidad le faltaba cebollita de verdeo y Cristina lo hizo notar, casi sintiendo un poco de culpa por ello.

—Mamá, mamá, ¿por qué le servís la comida a él primero? —exclamó Rebeca.

—A partir de ahora, te voy a llamar Celoslandia y te voy a proponer que te calles la boca, porque a vos te serví primero en el almuerzo —contestó en un tono molesto.

Por su parte, el padre de la familia, jefe del hogar, era Ernesto, quien comía sus clásicas chuletas sin importar el qué dirán, pues no estaba muy acostumbrado a usar los cubiertos de modo coherente y fehaciente. Pero, bueno, condecoraba de algún modo con sus manos sucias aquellos paisajes familiares.

—¿Y, Agustín? ¿Para dónde vamos a ir el año que viene? ¿Curitiba, Brasil, como anhelaba el abuelo?

—No, papá, jamás de los jamases sería cura. Demasiado soporté las sotanas en el colegio. Eso no es para mí —contestó, negándose a aceptar ese mandato con resignación.

—Que Dios lo tenga en su Santa Gloria al viejo. Era tan bueno — agregó Cristina.

Aunque, en parte, el joven comprendía al difunto abuelo, sus anhelos estaban lejos de convertirse en una realidad concreta. En la familia existía una tradición un tanto extraña: quien heredase el nombre del abuelo sería sacerdote. Pero, al parecer, esta sería una excepción, ya que el sacerdocio estaba muy lejos del proyecto de vida que Agustín Federico planificaba en su tierna mente adolescente. No obstante, era consciente de que el no ser sacerdote, quizás, muy probablemente… lo convertiría en la típica oveja negra. De esas que nunca faltan en ninguna familia. Las resignadas, excluidas. Sí, los famosos patitos feos, los bichos raros, los diferentes, los locos, con todo lo que aquello implicaría. Sin embargo, estaba dispuesto a pagar las consecuencias de sus elecciones. O, al menos, eso aparentaba por su firmeza a la hora de dictar sus veredictos respecto a qué hacer. No obstante, ¿tendría la fuerza y el coraje para mantenerlos con el tiempo?

Capítulo 1 de  “Agustín Federico. Un estudiante del interior”,  novela que representó a Misiones en al Feria Internacional del Libro que se realiza en Buenos Aires. Slobozien es profesor de Psicología, nació en Colonia Liebig y reside en Apóstoles.

Lucas Teodoro Slobozien

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