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Almohada de cuero

domingo 15 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Almohada  de cuero

No había llovido ni la mitad del tiempo que en Macondo, pero para la fría Santa Bárbara significó la muerte. Huguito Ramenov aprovechó el cuero de una de las tantas vacas que mató el diluvio para fabricarse una almohada impermeable con la cual acostarse en las ramas del frondoso gomero y ver el mundo diluirse. La untó con cebo, la rellenó con trapos viejos y la estrenó. Sin éxito. Era dura, incómoda y resbaladiza. Y se le cayó varias veces. Tras la última, enojado, la pateó, la pateó, la pateó, se sacó la bronca y la acomodó de derecha adentro del gallinero, con remate seco con el empeine del pie.

Había inventado la pelota, el juguete más preciado para él y sus nueve hermanos, incluidas las mujeres.

Hijo de búlgaros que llegaron en un barco piojoso en busca de un mejor porvenir, Hugo (para la familia siempre fue Iguio) conocía apenas a un puñado de personas fuera del campo en que vivía. Nunca fue a la escuela porque después de la lluvia eterna ya no quedaba ni el maestro. La emigración fue descomunal. Las tierras fueron compradas a precio vil y Hugo, tras la muerte de sus padres, conservó una pequeña parcela. Sus hermanos se fueron en busca de trabajo, pero él se quedó.

Santa Bárbara se fue repoblando y Hugo seguía allí. Se fue formando lentamente un pueblo. Hugo aprendió algo de castellano, pero lo hablaba con dificultad. Si era retraído en su lengua, lo fue mucho más en un idioma que jamás dominó.

Cuando la selección regional visitó el pueblo, él tenía casi 80 años, aunque había nacido hace 63. La vida no había sido grata. No sabía leer ni escuchaba radio. Menos conversaba con los vecinos, así que no estaba avisado. Por eso, cuando pasó por el descampado frente a la comisaría y se encontró con una enorme tribuna que le impedía ver detrás, no entendió qué pasaba. Se acercó y tampoco entendió por qué había diez tipos de camiseta amarilla, otros diez de rojo y dos con guantes en las manos (uno de negro y el otro de verde), cada uno debajo de lo que parecía el esqueleto de una cabaña. Lo sorprendió esa réplica de su vieja almohada de cuero, ahora blanca y mucho más redonda de lo que él jamás la pudo hacer. Impactado, siguió caminando, se metió en la cancha con la mirada fija en la pelota hasta que de pronto le llegó a los pies. La pisó, enfrentó al tipo de guantes vestido de negro, amagó hacia adentro, enganchó hacia afuera, eludió al de guantes y la colocó con remate fuerte y seco, arriba, junto al poste de la cabaña, hasta inflar la red que la recubría. Gritó palabras incomprensibles y luego cayó muerto.

Inédito. Bachiller reside en Posadas, es periodista.

Mariano Bachiller

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