martes 24 de mayo de 2022
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De Posadas a Tacurú Pucú

domingo 08 de mayo de 2022 | 6:00hs.
De Posadas  a Tacurú Pucú

Entre otros pasajeros iban don Remigio Ayala, uno de los dueños del vapor; don Patricio Gamón, jefe Político de San Lorenzo, hombre ya de edad, muy conocedor de tradiciones y costumbres de los indios actuales y de los antiguos guaraníes, don Gregorio Pomar, obrajero en Cuñá-Pirú, un señor Vidal de Santa Ana y don Manuel Romero hijo, contratista de los yerbales de Tacurú-Pucú.

Con la facilidad con que se entienden personas educadas, entablamos pronta relación con todos, siéndome esto de gran utilidad en mi caso de viajero.

De noche, como el vapor fondeaba siempre, se discutían cuestiones referentes al alto Paraná, en las que todos agregaban su contingente adquirido, ya por la práctica, ya por tradición o por lo que habían oído decir.

Generalmente se trataba de indios, de tradiciones, de costumbres, leyendas, etc. Mientras Methfessel y Beaufils se entregaban al inocente placer de la pesca, casi siempre infructuosa.

Cruzamos frente al puerto de Candelaria  célebre por haber sido campamento del General Belgrano cuando su campaña libertadora al Paraguay en 1810. De allí se llega al arroyo San Juan donde se halla un ingenio y de este a Santa Ana que se encuentra frente al lugar llamado Ibicuiñaró (Arenal bravo) habiendo dejado atrás las barras de los arroyos Paraguayos Verde y Tres Palmitas.

En Santa Ana se halla también otro ingenio azucarero de mayor importancia, fundado por el general Rudecindo Roca. Desde el vapor se divisan los grandes edificios de material, con sus altas chimeneas que se levantan como contraste al lado de las chozas, o mejor ramadas miserables de los indios Chaqueños, Tobas y Matacos que allí trabajan.

El vapor sigue siempre su marcha aguas arriba, luchando contra la fuerte correntada que obliga a andar despacio, lo que nos permite ver mejor sus costas que poco a poco se levantan.

En medio del río se eleva la isla de Pai apité (corona de fraile). Dejamos atrás el Río Yabebiry (río de las Rayas) cerca del cual se hallan las ruinas de Loreto y entramos en la gran cancha de Teyú Cuaré (cueva que fue del lagarto) de unos dos mil metros de ancho, que tiene sobre la costa argentina unos enormes paredones de piedra coronados de magnifica vegetación.

Don Patricio Gamón me dijo que en el año 1855, un indio viejo le había contado que en otro tiempo existió en estas rocas un enorme lagarto (Teyú) y que un día, saliendo de entre una rajadura, pasó el río a nado y formó el arroyito que se ve enfrente sobre la costa paraguaya.

Esta leyenda india no deja de ser interesante y es muy parecida a la que tienen los paisanos de Entre Ríos, de que los primeros que formaron los arroyos, fueron los Gliptodontes, cuyos restos generalmente se descubren en sus costas, lavados por las aguas.

¿No habrá entre estas dos leyendas el mismo origen?

Pasando Teyú Cuaré se llega al arroyo San Ignacio que corre cerca de las ruinas de la ex reducción jesuita del mismo nombre y un poco más sobre la costa paraguaya desemboca el río Santa María que pasa cerca de las ruinas de Trinidad y Jesús . Después el arroyo Capiguary (del Carpincho) y luego, en la cancha de Trinidad, el paredón de piedra del Suindacuá (cueva de la lechuza) donde, según la tradición, se perdieron una vez todas las vacas de las reducciones de Jesús y Trinidad, transportadas por un santo en castigo porque los indios no las cuidaban como debían, y creyendo ver en las piedras roídas por el agua las huellas de estos animales.

A la vista salta que al extraer los jesuitas por cualquier razón esos animales de allí, daban una satisfacción a los indios, al mismo tiempo que les propinaban según su costumbre, una lección de formidable moral para lo sucesivo. 

Mas tarde llegamos al puerto de los Jesuitas de la Misión de Corpus,—un gran remanso,—última reducción sobre el río Paraná, situada como todas, lejos de la costa. Frente al puerto se halla la corredera o salto del mismo nombre y frente a este el arroyo Itambororé (piedra carcomida) y dos islas situadas casi paralelamente.

Sin dificultad se pasa el salto que no es sino una corredera grande, se cruza ante la barra del arroyo Santo Pipó (manos y pies de Santo) que debe su nombre a unas piedras carcomidas, sobre las que dicen que pasó Santo Tomás, dejando estampadas sus huellas. Después se llega al puerto de Ñacanguazú (agua de cabeza grande) en costa argentina, donde se halla un establecimiento de maderas, que según he oído decir, va a ser montado con todos los elementos necesarios y más modernos. 

De Ñacanguazú pasamos por las barras de los arroyos Pirapó (Manos de pescado o mejor aletas de pescado, haciendo alusión a que allí salta mucho éste) luego el lugar llamado Caarendy (Yerba hedionda) el arroyo Manduby (del pescado Manduby) puntos todos, cerca de los cuales hay obrajes yerbateros y de maderas sobre la costa paraguaya. Más adelante, sobre la misma costa, atracamos al puerto de Yaguarazapá (pasaron todos los perros) donde reside el sabio Moisés Bertoni de Blanquis, a quien no pude ver, pero sí saludar por medio de una tarjeta.

El vapor siguió su marcha y después de cruzar delante de Tabay (pueblo chico) fue a fondear en Cuña Pirú (mujer flaca) donde hay otro obraje de maderas de don Pedro Labat, para seguir viaje al día siguiente.

La pesca de la noche anterior se reanudó consiguiéndose solo un par de armados.

La conversación esa noche versó sobre comentarios de la noticia que dieron los obrajeros de haber cazado en esos días un tigre que tenía sobre la conciencia quince perros, victimas todos de su deber como cazadores, que dieron con un tigre tan baqueano que en cuanto se metían al monte los atrapaba.

El tigre habíase vuelto tan insolente que no tenía inconveniente en venir de noche a comer en las ollas el resto de la comida diaria.

Todo el obraje estaba justamente alarmado, hasta que sobre el cadáver del último perro le hicieron una cimbra con dos Remingtons, que le mató al volver a comer el cadáver del desgraciado can.

A propósito de tigres, entre muchos episodios que se contaron, don Patricio Gamón, como muy aficionado a esta peligrosa caza, nos refirió el siguiente:

Cazando con dos compañeros cerca de Jesús, en la orilla de un monte, sintieron un gran tropel y al rato vieron salir de él y entrar en el campo una gran piara de chanchos salvajes. Poco después siguiéndoles el rastro, apareció detrás de ellos un tigre que marchaba cautelosamente.

No habrían andado cien metros cuando el tigre saltó sobre un chancho resabiado, al que mató de un zarpazo.

El chancho al caer gritó y rápidos como flechas, los demás chanchos cargaron sobre el tigre, que no tuvo más tiempo que saltar sobre un pequeño tacurú (hormiguero en forma de cono que se levanta del suelo) rodeándolo los chanchos, y empeñándose un combate formidable, entre el tigre que daba zarpazos a diestra y sinientra y los chanchos que procuraban alcanzarlo.

En una de esas un chancho pudo prendérsele de la cola y derribarlo, mientras los otros lo atacaron con sus terribles defensas dejándolo muerto.

Muerto el tigre los chanchos se retiraron y los felices cazadores se encontraron con la friolera de 18 chanchos muertos que utilizaron muy bien. En cuanto al tigre fue imposible sacarle el cuero pues estaba completamente tajeado.

Luchas más o menos parecidas de chanchos con tigres he oído referir a personas que merecen entera fe, la mayor parte presenciadas por ellos en distintos puntos del Brasil, Misiones y Paraguay.

Por eso la caza de este chancho de quijada blanca no deja de ser peligrosa. Los cazadores tienen siempre buen cuidado, antes de matar uno, de procurar algún árbol accesible para poder trepar, pues si comete la imprudencia de quedar en el suelo puede costarle muy cara. El chancho es sumamente rápido, tanto para correr como para dar la dentellada que es horrible, mientras que desde arriba de un árbol se pueden matar unos cuantos sin peligro y fácilmente.

Al otro día recién a las siete pudimos salir por causa de las neblinas diarias que se producen en el río, debidas a la gran evaporación de agua.

Continuamente no dejábamos de admirar el cambio de panorama que se efectuaba en las costas.

Las enredaderas variadas asaltando los árboles y cubriendo con su manto verde grandes extensiones, los tacuaruzús como grandes plumeros balanceándose, las palmeras levantando su penacho de hojas, los lapachos llenos de flores rosadas, los troncos caídos, los árboles cargados de parásitos de toda especie, el fumobravo con sus hojas plateadas, las piedras de la costa rojas y negras sobresaliendo del agua, las playas arenosas dando sus notas amarillas o blancas, infinitas mariposas brillando al sol, los pájaros trinando; de vez en cuando una garza blanca o una bandada de monos carayás que nos saludaba lanzando chillidos y saltando de rama en rama, aquella sucesión interminable de paisajes magníficos, monótona en su composición pero variable a pesar de todo y tan admirablemente dispuesta, que cuando la vista quiere fatigarse, un pintoresco salto de agua despeñándose con violencia, una ensenada caprichosa, un grupo de palmeras o de árboles, como nueva sorpresa, vuelven a interesarnos. Así vamos pasando los arroyos de Capioví (paja verde) Pirayuy (pescado amarillo) Mbopicuá (cueva del murciélago) y Paz Curuzú (Cruz del Padre) sobre la costa paraguaya; hasta llegar al puerto de Garuhapé, costa argentina, sobre la etimología de cuyo nombre hay dos opiniones: unos dicen que es Caruaguapé y otros Caruabapé. En el primer caso quiere decir comer camalote: de carú=comer, aguapé. camalote pequeño.

En el segundo querría decir comer indio chato. Carú=comer; abá=indio, pe=chato o petiso. ¿Cual de estos nombres será el verdadero?

En los mapas se encuentra señalado este arroyo con el nombre de Caruaguapé, pero muchos viejos del Alto Paraná me han asegurado que el verdadero nombre es Caruabapé.

Si esto fuera cierto, los guaraníes considerados mansos hasta hoy ¿no habrán pagado también en alguna época, su tributo a la antropofagia como casi todas las razas? No deja de valer la pena averiguar bien el verdadero nombre de este puerto al que sigue el arroyo Tembey (del labio).

Cerca del gran remolino de Yatitay (agua de caracol) encontramos una gran balsa de madera de más de sesenta metros de largo, compuesta en su mayor parte de cedro, que venía aguas abajo remolcada por una chalana.

Sobre la balsa habían construido un ranchito donde venían unas mujeres cocinando.

Al pasar el vapor nos saludamos a gritos y aquella mole de madera empezó a bailar al compás de la marejada que levantaba el vapor, mientras seis u ocho perros que llevaban, nos despidieron con un concierto descomunal de ladridos.

Sobre la costa paraguaya apareció el arroyo San Rafael y sobre la argentina desfilaron el arroyo Paranai Mini (Paraná chico) el remolino Bayruzú (remolino feo) y Caraguatay (arroyo del Caraguatá) y la gran isla de este último nombre que se levanta con su alto cerro casi en medio del río.

Como el río estaba muy bajo pudimos apreciar una playa de grandes rocas, cortadas en forma muy parecida a la del basalto, y sobre estas los restos del vapor Teresa, que hacen algunos años se estrelló contra ellas.

El casco estaba completamente en seco, abollado, abierto en varios puntos y cerca de él desparramadas la caldera y diversas piezas.

El tiempo amenazaba lluvia y el sol empezaba a declinar cuando cruzamos delante de estos despojos.

Al llegar a San Lorenzo o Güirapai (arroyo del arco) costa paraguaya, nos alcanzó un gran chaparrón acompañado de un fuerte viento. Felizmente duró poco, pero lo bastante para impedirnos seguir más adelante.

Descargamos parte de los animales, tarea peligrosa por estar el piso del vapor resbaladizo. Al fin se consiguió desembarcarlos sin desgracias.

Allí conocí al señor Juan José Arrillaga, encargado de la explotación de esos yerbales.

Esa noche fui llamado por el señor Ayala para curar al peón pateado por uno de los burros a nuestra salida de Villa Encarnación.

Recién se empezaba a quejar de dolores en el vientre. Felizmente llevaba un poco de laúdano que le administré externamente, lo que lo alivió.

Esta cura me valió después en Tacurú una clientela numerosa de enfermos que deseaban ser curados por mí, creyéndome médico a pesar de mis protestas, pero como humanidad obliga, no tuve más que ser héroe por fuerza. De algo me valió siempre, pues pude conseguir de esta manera algunos objetos y datos importantes, a pesar de que disminuyó en mucho mi botiquín.

Amaneció con buen tiempo, generalmente en las Misiones las lluvias duran poco, y la navegación se reanudó a las 7.30. El primer arroyo que se pasa en la costa Argentina es el Piray Guazú. (Arroyo Grande del Pescado). Desde su puerto arranca la picada que va de la costa del Paraná a San Pedro de Monte Agudo,  población situada en medio de las Misiones, de donde salen varias picadas para Paggi (Costa Uruguay) y para Palmas y Campo Eré.

Después viene el arroyo Alegre  y el Piray Miní y más adelante, como continuación de un gran banco de rocas, se levanta la Isla Parehá que se muestra como un alto paredón pelado, coronado de vegetación.

Sobre la costa paraguaya pasamos las bocas de los arroyos Yacuí Guazii y Miní (Arroyo del Yacú) que quedan casi frente de los dos Aguarays (arroyo del Aguará) Guazú y Miní.

Muy próxima a la costa argentina encuéntrase la piedra Centinela o Itatuyá que dicen ser el marido de la piedra Itanguaimí de la que hablaré más adelante.

Luego se halla un lugar llamado Abátitigüé  donde dicen que los Jesuitas en otra época plantaron maiz; luego el arroyo Toro Cuá (Cueva del toro) y el Uacabay (arroyo con remanso feo en la cabeza) el Ñacunday (arroyo de la garza) que se despeña por un precioso salto bastante alto, el remanso de Cochinetá (lugar de los chanchos del monte); la piedra Itaipuité (piedra en medio del río) la Isla Paranambú, (bramido del Paraná) el remolino del Tupicuá (donde toman agua los Tupis) el arroyo Caraymanó (hombre muerto) y el arroyo Urugua-í.

El río parece enangostarse cada vez más; las costas cambian de aspecto a cada momento, mostrando de vez en cuando grandes paredones de piedra coronados de vegetación que se elevan a ambos lados, debajo bancos de arena que han quedado descubiertos, y que se alternan con otros de piedras, que como restingas parecen querer cerrar el paso del río que va siendo cada vez más tortuoso.

Llegamos a Pirá pitá (pescado colorado) puerto del pueblo indio guayana de Villa Azara, costa paraguaya, y un poco más arriba, enfrente, cruzamos delante de la boca del Yací (agua que enferma) el remanso de Tabocai (piedra partida por el fuego) y fuimos a fondear en la barra del Ituti (salto blanco) costa paraguaya.

Al otro día pudimos contemplar a la pasada este precioso salto. Dejamos atrás los dos arroyos Yroi Guazú y Mi (frio) viendo después sobre las rocas de la playa la famosa piedra Itanguaimi (piedra vieja) que tiene no solo una forma particular sino también su leyenda.

Esta piedra es ovoide y gruesa abajo, arriba tiene una estrangulación y de esta se eleva otra porción casi cuadrada pero más chica, de manera que parece un gran cuerpo que sostiene una cabeza.

La leyenda del Itanguaimí tiene para mi modo de ver su origen en tiempo de los Jesuítas.

Es creencia de los indios Guayanás, que esta piedra, primitivamente fue una muchacha de mal carácter que nunca obedecía a sus padres. Un día la madre la mandó con un cántaro a traer agua del río y fue con tan mala voluntad, que Tupá (Dios) la transformó en piedra, viéndose aún hoy con el cántaro en la cabeza.

Al pasar por allí los indios nunca se atrevían a tocarla ni a hablar fuerte porque decían que sino venia tormenta.

No es extraño que esta leyenda tan moral, segunda edición de la mujer de Lot, en la que también se castiga la desobediencia, haya sido sugerida por algún jesuita que aprovechó la oportunidad que le presentaba la naturaleza, para la propaganda de sus doctrinas; tanto más que los indios no necesitan de leyendas para hacerse obedecer por sus mujeres e hijas. Demasiados argumentos persuasivos de otro orden tienen, sin necesidad de recurrir a estos más o menos creíbles.

Sobre la costa argentina desemboca el arroyo Mbocay (arroyo del arma de fuego) nombre curioso cuyo origen no puedo encontrarlo más que en alguna arma que cayó al agua, cuando la expedición célebre de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que según tengo entendido, pasó cerca de allí para entrar por el Monday (agua del ladrón) que se encuentra sobre la costa paraguaya, casi frente al Iguazú (Río Grande).

Cuando pasamos este último dejamos la República Argentina y seguimos navegando entre costa paraguaya y brasilera. Sobre esta última se halla establecida la Colonia Militar llamada da Foz do Iguazú; dependiente de la Comisión Estratégica de Guarapuava y perteneciente en su territorio al Estado del Paraná.

Desde abordo se ven los edificios principales de la colonia diseminados sobre la barranca, en medio de los terrenos desmontados de la tupida vegetación que los cubría, de la que solo han dejado algunas palmeras que proporcionan alguna variedad al paisaje.

El río sigue angosto y tortuoso cada vez más. Ambas orillas se elevan a sesenta y más metros, cubiertas profusamente de vegetación intrincada.

Es una oleada verde que empieza al pie de los cerros en tonos claros y va subiendo y cambiando siempre. Los tonos sombríos predominan, dulcificados de vez en cuando por la copa verde clara de las guayuviras o de los alecrines, mientras los troncos visibles con sus tintes grises continúan matizando aquella cortina verde orlada de violeta por los árboles lejanos.

Ya pasamos el arroyo Mboichi (madre de la víbora) a veinte cuadras de la colonia. Sobre un alto morro de 60 metros, casi frente a la preciosa isla de Acaray, el establecimiento del señor Isidro Dioberti, progresista vecino de la Colonia, viene después con sus hermosas plantaciones de tabaco.

Sobre la costa paraguaya aparece la boca del río Acaray, que tiene un curso de más de ochenta leguas navegables arriba de su salto, y que sirve para el transporte de las yerbas del interior.

La etimología de la palabra Acaray me ha sido explicada como frase de sorpresa (¡ah Señor!) como si hubiera sido pronunciada por los indios al ver a los primeros jesuitas o españoles. Esta es la única traducción que he podido conseguir de muchas personas.

Media hora después de dejar atrás al arroyo Güirupá (árbol para preparar mandioca) fondeábamos en el puerto de Tacurú Pucú, límite extremo de la navegación a vapor del alto Paraná, y situado frente al puerto de los señores Blossett Hermanos, llamado también Puerto de los Franceses.

El puerto de Tacurú Pucú (Homiguero Largo) no tiene nada de particular. Es una barranca de piedra de 80 metros de altura y cubierta de vegetación. Sobre ella se han construido unos cuantos galpones y un aparato de plano inclinado de madera, muy mal hecho, sobre el cual se deslizan dos trineos que suben o bajan las cargas por medio de un cabrestante.

Este aparato, por demás primitivo, contrasta notablemente con el otro plano inclinado, también doble que poseen los señores Blosset, pero en vez de madera tiene rieles Decauville, y sobre estos corren dos zorras de ruedas desiguales, de manera que bajando o subiendo, como las anteriores son mucho más grandes que las posteriores, el plano de la zorra queda siempre horizontal. Ambas zorras están unidas entre sí por medio de un cable metálico que pasa arriba por una polea horizontal provista de un freno. Cuando una baja cargada sube la otra. Este aparato puede funcionar también por medio de un cabrestante.

Con el freno se modera el movimiento y pueden cargar con comodidad hasta mil kilos.

Las rocas del puerto de Tacurú presentan un aspecto curioso, con grandes cavidades que contienen esferas de piedra a modo de bombas pero el todo unido. Revisando la barranca encontramos fragmentos de alfarerías, muchos de ellos labrados, pero con simples rayas en su mayor parte.

Como quedáramos abordo esa noche, aproveché el tiempo tomando mayores datos sobre el Alto Paraná.

El Alto Paraná es navegable en canoa un gran trecho aún, pero con grandes dificultades, pues en su mayor parte el río se encajona entre grandes paredones, que dificultan atracar a la costa, y por otra parte la fuerza de la corriente, los remolinos, rápidos etc., constituyen un peligro serio para los navegantes.

Más adelante de Tacurú Pucú se encuentra en costa paraguaya el arroyo Tatiyupí que tiene un precioso salto. Tatiyupí quiere decir humo que se levanta, aludiendo a los vapores que levanta el salto. Después se halla otro arroyo: Pirapitá (pescado colorado) luego viene el Paso cué (paso que fue, dicen de los jesuitas). En seguida sobre la otra costa el arroyo Ocoy (arroyo del oco: un pájaro), después la corredera de Itucuabá (salto que abraza).

En medio del río se halla un gran remolino que levanta las aguas: el Mbaybebuy (algo que boya) aludiendo también al movimiento del agua.

Encuéntrase después sobre la costa paraguaya el arroyo Itabó (piedra partida) y llégase finalmente al puerto de Witorocay (Tierra del toro quemado).

En esta sección del río y sobre todo en el remolino Mbaybebuy fue donde se perdieron tantas vidas cuando la emigración hacía el sur de las misiones jesuíticas del Guayrá, en la que, según la tradición, la desesperación había llegado al extremo de que las madres abandonaban, tirando en cualquier parte, a sus hijos por no poder soportar ya su peso, tal era su estado de extenuación.

Del libro Segundo viaje a Misiones 1894. Ambrosetti fue uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar. Autor de innumerables trabajos, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná.
Juan Bautista Ambrosetti

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