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Pegasus: ¿el fin justifica los medios?

viernes 06 de mayo de 2022 | 6:00hs.
Pegasus: ¿el fin justifica los medios?

Dice la leyenda que Pegaso, el famoso caballo alado de carácter indomable, sólo llegó a ser capturado y dominado por Belerofonte con unas bridas de oro que le dio la diosa Atenea. Finalmente, y con la ayuda de Zeus, Pegaso logró deshacerse de su molesto jinete y fue convertido en una constelación que nos vigila desde el firmamento.

La tecnología ha resucitado una versión moderna de aquel caballo alado de la mitología griega: el programa espía Pegasus, capaz de vigilar e interferir en nuestras vidas, en los aspectos más cotidianos y en los más íntimos, de una forma hasta ahora sin precedentes, evidenciando la debilidad de los Estados y de las democracias.

Pegasus es un programa informático de espionaje (o spyware) desarrollado por la empresa israelí NSO Group, destinado exclusivamente a los Gobiernos para prevenir atentados terroristas y otros delitos contra la seguridad del Estado.

No obstante, la realidad ha demostrado su uso para espiar a jefes de Estado, líderes de la oposición, grandes empresarios, periodistas, abogados y activistas de derechos humanos.

La preocupación que ha despertado se debe a que, a diferencia de los tradicionales programas de vigilancia, Pegasus accede remotamente a los teléfonos y se instala de forma sencilla en los dispositivos aprovechando las debilidades de los sistemas operativos (iOS y Android), ya sea a través de un mensaje o de una llamada, que no hace falta ni abrir ni contestar.

Una vez instalado ejerce un elevado grado de intromisión en la vida privada de los espiados. Otorga un acceso completo, indiscriminado y sin restricciones a toda su información (mensajes, llamadas, fotografías, audios, vídeos y datos de geolocalización). Incluso, puede activar la cámara o el micrófono del teléfono sin que el usuario lo sepa.

De esta forma, permite no sólo espiar al dispositivo elegido, sino también conocer información contenida en éste sobre terceros ajenos a todo el proceso y, además, suplantar la personalidad del usuario con el volumen de información que se puede conocer sobre él. Todo ello sin que este llegue a sospechar de la instalación de Pegasus, pues una vez que el móvil se apaga, desaparece su rastro.

El problema jurídico que plantea –más allá de la cuestión de quién ha espiado, o de si un Estado va a permitir que otro Estado espíe a sus dirigentes o a sus ciudadanos bajo pretexto de la seguridad nacional o de intereses políticos– es si Pegasus o sistemas alternativos, por sus potentes características, suponen una injerencia injustificada, y por tanto ilícita, en la vida privada de los ciudadanos, o si, por el contrario, el fin justifica los medios y la seguridad nacional justifica que se espíe con programas informáticos infalibles de forma masiva e indiscriminada.

Si bien la seguridad nacional es un objetivo legítimo que permite utilizar programas espía y limitar nuestros derechos fundamentales, en un Estado democrático y de derecho toda limitación de derechos debe estar contenida en una norma clara y previsible, necesaria en una sociedad democrática. Esto exige aplicar un estricto test de proporcionalidad, de manera que si existen mecanismos menos lesivos para conseguir un fin legítimo, son éstos los que deben emplearse. Así lo indican tanto los tribunales como las autoridades de protección de datos.

Entonces, ¿espiar sí o espiar no? Si el objetivo es espiar a un tercero sin que la finalidad sea legítima y esté prevista en una norma, no. No podemos espiar al vecino del quinto por mucho que nos disguste lo que hace. Pero incluso aunque exista una finalidad legítima, como garantizar la seguridad nacional o proteger derechos de terceros, no todo vale.

Necesitamos una norma que prevea el espionaje, que contenga las garantías adecuadas para no lesionar derechos fundamentales y que asegure que los medios empleados deben superar el test de proporcionalidad. Pegasus es desproporcionado y no lo supera; por sus propias características no cumple con los estándares de protección de la privacidad.

Estamos configurando los parámetros de la privacidad en un mundo digitalizado y abierto a nuevas amenazas que hacen tambalearse la estabilidad de los Estados, pero debemos evitar convertir nuestros Estados democráticos en Estados policiales. De lo contrario, como ya sentenció el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el asunto Klass, corremos el riesgo de “destruir la democracia con la intención de defenderla”.


Por Mónica Arenas Ramiro

Para Theconversation.com

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