miércoles 25 de mayo de 2022
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El árbol de cristal

sábado 30 de abril de 2022 | 6:00hs.
El árbol  de cristal

Solo quisiera ser uno de los motivos de tu sonrisa, quizá un pequeño pensamiento de tu mente durante la mañana, o quizá un lindo recuerdo antes de dormir. Sólo quisiera ser una fugaz imagen frente a tus ojos, quizá una voz susurrándote en tu oído, o quizá un leve roce en tus labios. Solo quisiera ser alguien que quisieras tener a tu lado, quizá no durante todo el día, pero de una u otra forma, vivir en ti.
Gabriela Mistral

Mi nombre es Aylen, tengo siete años y llegó el momento de mi viaje. Volví a buscar a Pirata. Lo encontré tirado moribundo, mirando cómo las luces del semáforo pasaban de un color a otro.

Pirata es un perro viejo y casi ciego. Sus ojos se fueron quedando blancos y tristes. Lo levanto y consuelo con caricias. Tiene el pelo blanco y una mancha negra alrededor de un ojo; no me costó mucho encontrarle un nombre adecuado.

Lo escucho gemir por última vez y puedo escuchar su respiración como una suave brisa, deteniéndose. No tarda en dormirse apoyando su cabeza en mi regazo.

Mi mamá murió cuando yo nací y de mi papá no recuerdo mucho; su vida ya no fue la misma después de eso, al poco tiempo desapareció y mi vida dejó marcas en las personas de esta historia.

Mi crianza estuvo a cargo de la hermana de mi mamá, la tía Marcela. Ella armaba los arbolitos de cristales y alambres que con mis primos mayores íbamos a vender al costado de la autovía. Recuerdo sus palabras la primera vez que me llevó con ella.

—Todos tienen que vender siete arbolitos por día, si es más, mejor —me dijo, sin mirarme a los ojos—. Sos la más chiquita de todos, con que vendas cuatro está bien y vas a estar con Eliana.

Eliana, la mayor de mis siete primos, tenía once años, pero parecía tener la sabiduría de alguien mayor. Todos los niños éramos su responsabilidad y se pasaba sus días cuidándonos y fabricando las artesanías. Sus pequeñas manos, curtidas y resecas, habían aprendido tanto a cocinar como a armar esos pequeños arbolitos que eran el principal sustento familiar.

Inconscientemente me apegué a ella y a su vez Eliana me tomó bajo sus cuidados y lo hacía con mucha paciencia y esmero.

—Quiero que te quedes conmigo todo el tiempo. A la ruta salís cuando yo salga, te voy a ayudar a vender tus arbolitos. –dijo, mientras caminábamos rápidamente todos juntos, muy temprano, hacia nuestro lugar al costado de la autovía.

—¿Alguna vez no vendiste todos tus arbolitos, Eli? –Le pregunté, mientras trataba de seguir sus pasos.

—Sí —me contestó, mientras se tocaba el hombro—. Y mi papá me dio una paliza. Cuando se cansó de pegarme se fue y nunca más volvió. Nos dejó.

Nunca más le pregunté sobre su papá, pero supe por qué ella cuidaba tanto de mí como de sus hermanitos. Las palizas, en vez de debilitarla, fortalecieron su espíritu, pero también la privaron de su niñez. Para ella estaba bien así.


II

La aldea estaba a medio camino entre la casa de mi tía y la autovía. Sus casas de madera prefabricadas habían desterrado a las antiguas chozas hechas de ramas gruesas, isipó y paja.

Los amplios patios albergaban enormes árboles aislados que pertenecieron a una antigua selva virgen. El humo de los fogones se podía ver desde lejos tanto como sentir el olor del reviro por las mañanas y los guisos al mediodía.

El camino, largo y bordeado de pastos estaba cruzado de mangueras semienterradas de agua, además dividía a la aldea en dos sectores y terminaba en una hermosa y moderna escuela. Mi escuela.

Separada del conjunto de viviendas, estaba el ranchito del viejo Aparicio. Rodeado de tacuaras atadas entre sí con alambres, no eran un obstáculo para ver la gran cantidad de envases de vino y caña desparramados como una alfombra por todo el patio. Colgaban de los gajos de un paraíso cintas rojas y negras, y algunas calaveras de animales, como lagartos, cuatíes y gatos.

La gente decía que el viejo se alimentaba de niños y que por las noches más oscuras vagaba desnudo por el monte gimiendo y aullando como un animal. Pasar frente a su casa de camino a la escuela era una verdadera tortura para mí y mis primos, pero no para Eliana. Recuerdo su voz seria y adulta.

—Es un pobre viejo que no puede vivir sin alcohol. No es malo, nunca lastimó a nadie.

—Pero, Eli, ¿por qué nadie lo ayuda? —le pregunté con un sentimiento de lástima repentino.

Eliana me miró con ternura y sus ojos verdes parecieron entristecerse, eligió sus palabras unos segundos antes de responder.

—Tiene que ver con el cacique. Hace muchos años su esposa había enfermado, y era grave. Aparicio era el curandero de la aldea y le había preparado un remedio de yuyos. La mujer empeoró y tiempo después se suicidó. Él lo culpó por eso y ordenó que todos lo ignorasen por ser un farsante.

Eli debió ver mi cara de sorpresa porque sonrió y luego dio fin a su historia.

—Es lo que dicen, no significa que sea la verdad.

Pero sí que era cierto. Tan cierto que el viejo aborigen tomaba para aplacar las visiones que lo perseguían desde su juventud. A él le fue mostrado el pasado y el futuro de su pueblo; la gloria y decadencia de su raza habitaban en sus pesadillas.

Poseía el poder de curar y predecir, pues pertenecía a un antiguo linaje de sacerdotes que habitaron en una gran porción de selva. Eran temidos por las demás tribus, tanto por su ferocidad en las batallas como por el conocimiento de la medicina natural y la interacción con los animales salvajes.

Combatieron a los conquistadores casi hasta el exterminio, pero algunos sobrevivientes se adentraron en lo profundo de la selva y la niebla del tiempo los cubrió en el olvido.


III

—Despacio, chicos, y en fila. —La voz de la mae era una melodía en la mañana.

Aún siento su perfume suave y dulce, su sonrisa y sus abrazos en la puerta del aula cuando entrábamos a clases.

El aula era acogedora, ella se encargaba de darle calidez, brillo y mucha magia.

—¡Para vos, mae! —le dije, mientras le daba mi pequeño ramo de margaritas, todavía húmedas por el rocío del amanecer.

—Son hermosas, Aylen, gracias —me respondió mientras se inclinaba para tomarlas.

Las paredes cubiertas de figuras, letras y palabras escritas en guaraní y español, los números y un gran sol con nuestros nombres formaban cada uno de sus rayos. La mae Azucena tenía los ojos negros y tristes.

Una tristeza que nacía en su vientre y se trasladaba a su espíritu. Yo podía sentir el dolor en cada abrazo que me daba. Su dolor de no poder ser madre se mezclaba con mis ansias de tener una y ella poseía la sensibilidad de percibir mis necesidades.

Su vida cambió en su cumpleaños y un lazo invisible nos unió para siempre.


IV

—Mañana es el cumpleaños de la mae Azucena, Eli, y quiero regalarle un arbolito. ¿Me ayudas a hacer uno?

Ella sonrió y me sorprendió, Eli no sonríe tan fácilmente. El dolor había aumentado en los últimos días.

Las golpizas de su papá le habían lastimado los huesos y músculos del hombro para siempre.

—Claro, Aylen, solo faltaría una piedra para la base—me contestó entusiasmada.

—Yo sé dónde hay una muy linda —le dije—, pero me vas a tener que acompañar a buscarla. —Le devolví la sonrisa y ella frunció las cejas. Supe que ya sabía la ubicación de la pequeña roca.

Hermosa, ella brillaba como un diamante azul, a pesar del polvo y la basura, bajo el sol del mediodía. Formaba parte de un círculo de piedras alrededor de un pequeño arbolito, en una esquina del patio del viejo Aparicio.

Avanzamos inseguras hacia el portón de la casa y antes de que hubiéramos aplaudido el viejo ya estaba frente a nosotras.

El pelo descuidado de color ceniza le llegaba hasta el hombro, los ojos negros parecían ver dentro de las personas y su piel oscura estaba cruzada de arrugas. De estatura media y cuerpo encorvado no parecía ser una persona que corriera de noche por el monte, como se decía de él.

—Mba’éichapa karai, Aparicio (Hola, cómo está, amigo Aparicio) —le dije en su idioma poniendo en práctica lo aprendido con la mae Azucena. Eli retrocedió unos pasos tocándose el hombro.

El viejo se quedó con la mirada fija en ella.

—Nde jyva pochy (tu brazo malo) —dijo señalándola con un dedo fino, largo y sucio. Pude entender lo que decía, pero no fue lo único que Aparicio sabía de nosotras, o de mí.

—Mba’é lo mitákuña (Hola, niñas) —dijo mirándome sin moverse de su posición en el portón—, ¿vení a heka la ita hovy? (¿venís a buscar la piedra azul?) —me preguntó.

—¿Pero cómo…? —comenzó a decir Eli tratando de ordenar sus ideas, confirmando que el viejo era especial.

Me acerqué a ella y tomándola de la mano la tranquilicé.

—Jogua, mba’ejogua (Comprar, quiero comprar) —le contesté mostrándole un puñado de monedas que había ahorrado.

Aparicio sonrió moviendo levemente la cabeza en forma negativa, luego habló muy despacio, pero su voz sonaba fuerte en mi cabeza.

—La ita hovy no tiene precio, no se vende. Ita hovy sabe pohano y moñyró. (La piedra azul no tiene precio, ella sabe sanar y abuenar). Solo para el que sepa mirarlo tal como es.

La piedra apareció en su mano. Tan azul y hermosa. Parecía tener una corona brillante e invisible, como un aura cargada de infinitas estrellas y lejanos soles del universo.

Aparicio colocó la piedra en mi mano y en ese momento supe por qué los conquistadores dejaron sus vidas en la selva de los guerreros chamanes. No solo buscaban riquezas, sino que supieron de la existencia de la piedra azul sanadora. Los reyes de reinos lejanos enviaron barcos y soldados en busca de la mítica roca, pero se encontraron con una tribu indomable y cruel que protegió su tesoro hasta casi la extinción.

—Aylen… ¿qué pasa? —La voz de Eli me trajo a la realidad.

—Es hermosa, ¿viste? —le dije.

—Es una piedra, como cualquiera nomás. Pagale y vamos a casa —me contestó.

—Pero mirá, es tan… —comencé a decirle extrañada de que no viera su belleza. El viejo volvió a hablar.

—Ella no ve, solo vo podé. Usá bien la ita hovy—murmuró como un suspiro el viejo y desapareció dentro de la vieja casucha dando por terminada la reunión.


V

Los pequeños dedos de Eli le dieron forma al arbolito. Del tronco principal nacían ramas que terminaban en brillantes y preciosos cristales de color azul, limados de la misma piedra, que representaban el denso follaje y se adherían con pegamento.

Sobre la piedra azul coloqué el material y unimos las dos partes sintiendo una fuerza que surgía del pequeño arbolito. Eli sintió una descarga de energía que la sacudió unos segundos y después de eso su hombro sanó para siempre.

Los ojos tristes de la mae Azucena se iluminaron cuando puse el arbolito en sus manos, un pequeño destello azul en la piedra dio origen a una explosión de nueva vida en el vientre de la maestra.

Todos los alumnos corrieron asustados cuando se desvaneció en el medio del aula. Una semana después su médico le dio la feliz noticia de su embarazo.

—El árbol solo brilla en tus manos —me dijo cuando volvió a la escuela—, y no sé cómo decirte, pero ya me diste el mejor regalo de mi vida.

Dentro de una caja, y en medio de un par de floreadas zapatillas color rosa, me devolvió el arbolito.

Tuve la oportunidad de venderlo muchas veces, pero su energía misteriosa despertaba en mí un apego que sobrepasaba mi entendimiento. A los ojos de la mayoría de las personas era un objeto común, sin nada especial, más allá de su particular belleza simbólica.

No volví a ver al viejo Aparicio hasta su visita en el hospital. Simplemente desapareció y su casa fue ocupada por otras personas que se encargaron de borrar todo lo que podía recordar al curandero.

La camioneta se detuvo a un costado del asfalto y su mamá se bajó a comprar arbolitos. La tristeza también vivía en su alma.

El niño pálido bajó la ventanilla. Tenía un gorro que le tapaba la ausencia de cabellos, los ojos marrones parecían pedirme ayuda al mirarme y unas manchas moradas los marcaban como un sello imborrable.

Sus manos parecían pequeños pajaritos caídos del nido; delgadas, frágiles y blancas. Aferrados a una débil esperanza que se iba diluyendo como la sal en el agua.

—Hola, ¿por qué estás descalza? —Su pregunta me sorprendió y me quedé mirándolo y demorando la respuesta.

—Mis zapatillas las guardo para cuando voy a la escuela— le contesté—, ¿y vos estás enfermo?

—Sí, me trajeron a conocer la selva, no me quería ir sin ver las cataratas —me respondió—, y los árboles, me gustan los árboles. Son tan grandes, nunca vi tantos.

—Sus ojos se iluminaron un instante. Su mama volvió con varios arbolitos y fue cuando el niño entreabrió la puerta del automóvil y me dio sus zapatillas.

—Te las regalo, son nuevas, pero me lastiman los pies. Sorprendida no supe qué hacer. Él insistió: —Por favor, te van a servir y a mí no —dijo arrastrando las palabras. Su voz sonaba lejana.

—Gracias, y esto es para vos —dije y le di lo que hasta ese momento era mi creación, la belleza tocada por los hechizos y la magia de antiguas divinidades.


VI

Después del tiempo en que conocí al niño pálido y de haberle regalado mi árbol, seguía yo vendiendo en la autovía. Ninguno de los arbolitos que fabriqué tenía la magia y misterio de aquel cristal azul. Él cambió la vida de las personas que tanto quiero.

El recuerdo de Aparicio no se desvaneció del todo. Su figura se me presentaba cada tanto envuelta en una niebla borrosa, como esperando algo que yo no podía entender.

Ese mediodía me faltaba un árbol para vender. Recuerdo que le había puesto vidrios color rosa donde, en un lapacho de primavera, irían las flores.

La camioneta se detuvo en la mano contraria en donde me encontraba y el conductor agitó sus manos impaciente, llamándome. Al cruzar corriendo solo sentí un fuerte sacudón y me zambullí en una cálida y misteriosa penumbra.

Mi sangre tiñó de rojo el asfalto y los gritos de Eli se escuchaban por sobre el de la gente. Floté en una densa niebla viendo mi cuerpo tirado y a ella tratando de reanimarme rodeada de personas que gritaban desesperadas. Permanecí mucho tiempo en la cama del hospital conectada a cables y tubos de oxígeno.

A través de los días me visitaron muchas personas, pero la mae y Eli no se despegaron de mi cama. Me entristecía verlas y no poder contestar sus palabras, acariciar sus manos y rostros, pensaba mucho en Pirata.

¿Quién decide el momento de comenzar y terminar algo? ¿Cuál es la hora de decidir pasar a lo nuevo y dejar aquello que nos hizo reír y llorar? Yo lo supe una hermosa mañana de primavera cuando por la puerta gris de mi habitación en el hospital entraron Eli, la mae con su pequeño caminando y el niño pálido con sus papás y… el arbolito, que brillaba como un sol en miniatura en sus manos.

Nada de lo que vi en el niño hace unos años en la autovía existía ahora. Su cabello había crecido con fuerza y cantidad, su piel tenía el color de las naranjas en otoño.

La vitalidad había regresado a su cuerpo y su alma estaba en paz. El pequeño de la mae me miraba con sus hermosos ojos de almendra. Su conciencia pura percibió cuando mis manos etéreas acariciaron su pelo suave. Verlo sonreír acercando sus rosadas manitos hacia mi cara fue la confirmación de que todo estaba bien.

—Eli, si pudiera enjugar tus lágrimas, lo haría. Gracias por cuidarme siempre y no dejarme sola nunca. Conocerte fue una bendición. Por favor, cántame esa canción, la del sol enamorado —le dije en un susurro al corazón.



“El astro rey sufre de amor por la luna,

Que fría y distante se mantiene indiferente.

Extiende sus manos de oro y

fuego Queriendo tocar los rizos

de plata a su amada”.

Su hermosa voz inundó el lugar.

Mi vida se apaga lentamente mientras nuevas sensaciones llenan mi ser de felicidad. Voy a buscar a Pirata y luego camino con él hacia el enorme árbol azul.

Mi ser se mezcla en todo, toco las estrellas y el barro. La savia vegetal calma mi sed y las piedras me gritan sus secretos.



…Y corro con Pirata por una hermosa pradera salpicada de flores, y recortado en el horizonte, hermoso, brillante y majestuoso se levanta el gran árbol azul.

Javier Chamorro

El cuento forma parte del libro Cicatrices. Chamorro vive en Puerto Iguazú. Ha publicado además La Colmena (2021).

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