miércoles 25 de mayo de 2022
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El amor mueve montañas

sábado 30 de abril de 2022 | 6:00hs.
El amor mueve  montañas

Eduardo aguardaba la llegada de su suegra para ir a trabajar, porque ella cuidaba de los niños durante la mañana. Alejandra, su esposa, lo había hecho un rato antes, como de costumbre.

La mujer se había retrasado y él ya no podía esperarla. Parado junto a la ventana que daba a la calle escuchó el teléfono. “Seguro es ella”, pensó.

— ¿Señor Eduardo González?

— Así es… ¿Quién habla?

— Mire… Lamento comunicarme en estas circunstancias… Lo llamo desde el hospital Madariaga. Su esposa sufrió un accidente. Debe venir cuanto antes.

Eduardo subió al VW Bora y exprimió al máximo la potencia del motor. Ya en el nosocomio le informaron que la habían derivado a Terapia Intensiva.

Allí supo que la mujer a la que amaba, madre de sus hijos Nicolás (10) y Valentina (13), languidecía sin que él pudiera hacer nada.

Lo dejaron ingresar unos minutos en esa área restringida; tomó la mano de la mujer y apoyó su frente sobre el tórax. Así permaneció un par de minutos y cuando levantó la mirada, observó una lágrima angelical que descendía por las mejillas de su amada.

Entonces entendió que se trataba de la señal que aguardaba para creer que un milagro era posible.

Alejandra era Trabajadora Social y sabía lo que significaba contener a personas que tenían nada más que esperanzas como única riqueza. Por eso hablaba continuamente con sus hijos sobre la importancia de los valores y de la fe para alcanzar las metas que se propusieran.

—No es la fe la que mueve montañas sino el amor. Las acciones son el reflejo del alma y definen el perfil de las personas, solía decirles.

Eduardo recordó aquellas palabras y juró luchar incansablemente hasta verla recuperada.

Germán Aldeano fue el neurocirujano que atendió a Alejandra ni bien la derivaron a cuidados intensivos. No superaba los 45 años y lo consideraban una eminencia.

Con rostro adusto y voz firme, explicó la delicada situación en que se encontraba la paciente.

— Alejandra ingresó con lesiones que creímos eran de un accidente automovilístico. Sin embargo, por los indicadores neurológicos, nos percatamos que se trataba de algo más grave. Le efectuamos una resonancia y descubrimos que sufrió un ACV. No chocó por imprudencia o por una falla mecánica, sino porque se descompensó. Posee una hemorrágica cerebral y debemos intervenirla de inmediato.

La operación fue un éxito. Pasaron semanas y Alejandra recibió el alta médico. Inició un proceso de rehabilitación complicado y de larga duración. Al principio le costaba hablar. Y cuando sonrió por primera vez tras la riesgosa cirugía, fue notorio el entumecimiento del lado izquierdo de sus labios.

No fue la única secuela. También arrastraba levemente el pie izquierdo.

Al comienzo tenía dificultades incluso para mantener la estabilidad. Llegó a caerse en más de una oportunidad.

Nicolás, su hijo de diez años, pareció adecuarse rápidamente a la situación. Valentina, en cambio, sintió el cimbronazo de ver a su madre tan frágil y convaleciente.

La abuela materna intentó contener a sus nietos, pero no resultó. No era su fuerte. Los golpes de la vida la hicieron dura como la roca. Alejandra era apenas una adolescente cuando Letizya echó a su esposo Paulino de la casa.

Se hartó de que ese hombre no aceptara que la vida le dio una hija y no un varón, como él había soñado. No la soportaba. Se le notaba en la mirada.

Un día lluvioso de invierno preparó poroto negro, como le gustaba a Paulino. Pero ni bien se sentó a la mesa, percibió la mirada de aquel hombre. La reconocía a kilómetros. Sabía que buscaría el más mínimo pretexto para comenzar a agredirla.

Esta vez la excusa fue la comida fría que, sin embargo, lanzaba aún el vapor humeante de una temperatura ideal para degustar un plato en invierno.

Entonces la visión se le nubló, creyó ver a Alejandra salir hacia el colegio con lágrimas en los ojos, pareció confundir su rostro con el de su hija y su mente fue un caos de rebelión y cólera.

“Seguro que no es mía”, fue la frase que escuchó una vez más de la boca de Paulino y juró, en ese preciso instante, que sería la última.

Con una fuerza sobrenatural tomó la mesa con las dos manos y la levantó hacia el extremo donde estaba su marido. Agarró un cuchillo y se lo apoyó en el cuello.

—Tenés razón; no es tu hija. Alejandra no se merece un padre como vos. Andate antes de que te mate.

Los gritos de la mujer parecieron atravesar el monte que rodeaba a la casa y hasta las aves, que parecen intuir el peligro, levantaron vuelo.

El sacrificio y el esfuerzo la obligaron a ser fuerte. Dedicó su vida a su hija y nunca volvió a permitir que les faltaran el respeto.

Eduardo salió preocupado del consultorio del neurocirujano. “Su esposa no soportaría otro ACV”, le advirtió aquel.

De regreso a casa, Alejandra apenas pudo descender del vehículo. Nicolás corrió para abrazarla pero Valentina no pudo disimular el impacto de ver a su madre en ese estado de vulnerabilidad.

Eduardo era consciente de que solo no podría con todo y aceptó la ayuda de su suegra, quien se instaló en la casa. Una enfermera, una kinesióloga y una fonoaudióloga fueron las primeras integrantes del equipo interdisciplinario.

Alejandra no aceptaba ayuda pero como no podía sola, la impotencia se transformaba en frustración y ésta en ira.

Sin embargo, cuando comenzó a observar avances en la rehabilitación entendió dónde debía enfocar sus energías.

Incluso Valentina parecía encontrar su espacio. Le cepillaba el cabello, la ayudaba a vestirse y hasta la acompañaba en las pacientes caminatas.

A sus trece años, maduró vertiginosamente. Aprendió a templar el carácter y la paciencia. Fue testigo de acciones que quedaron grabadas a fuego en su memoria.

Una noche de verano escuchó a su madre. Parecía reírse. Se levantó en puntas de pie, como si pisara entre espinas. Era alrededor de las 23. La puerta del baño estaba entreabierta. Entonces husmeó y observó a su padre, aún con la ropa de trabajo, debajo del agua de la ducha con su madre en brazos. Ella no paraba de reír y él cantaba una canción mientras daba giros bajo la lluvia artificial.

Cierta madrugada, Letyzia se despertó. Miró el reloj y la aguja estaba clavada en el tres. Escuchó toser toda la noche a su hija. Hubiese querido entrar al dormitorio para verla, como lo hacía cuando era una niña, pero no podía.

Se levantó y dirigió hacia la puerta del cuarto. La abrió con sumo cuidado, implorando que las bisagras no la delataran. Caminaba como una garza en terreno fangoso. Entonces observó que la luz del comedor estaba encendida. Creyó oír un sollozo. Agudizó el oído y con la mirada buscó el origen de aquel sonido de angustia.

Allí estaba Eduardo, en el comedor. Aquel hombre, que aparentaba inquebrantable como el titanio, cubría su rostro con ambas manos. El llanto era casi imperceptible. Ella entendió el momento. Era el descanso del guerrero, el instante certero en que enjuagaba y curaba sus heridas.

La mujer dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Se durmió con la tranquilidad de saber que su hija estaba en buenas manos.

Una noche, previa al primer cumpleaños de Alejandra luego del ACV, Letyzia miró fijo a su yerno y le dijo con voz firme:

— Eduardo, mañana no vengas por Ale. Vamos a salir. Solas. No te preocupes, hay muchas manos aquí para ayudarme con ella.

Y así fue. Letyzia entró a la habitación con su hija aún dormida. Se acostó a su lado y acarició sus cabellos.

— Despierta, hijita, le dijo al oído con ternura. Feliz cumpleaños. Te amo con el alma.

Entonces la ayudó a sentarse contra el respaldo de la cama. Sacó una cadena de oro macizo con una piedra preciosa incrustada en un dije en forma de corazón.

— Cuando la abuela Geru me regaló esta cadena, me dijo ‘prométeme que se la darás a tu hija cuando llegue el momento. Tú lo sabrás’. Y ahora te digo lo mismo. Se la darás a Valentina cuando sea el momento, que tú lo sabrás como yo lo sé en este instante.

— ¿Dónde vamos, mami?, preguntó Alejandra.

— Ya verás.

Alejandra creyó reconocer aquel camino, el paisaje de casas precarias a uno y otro lado de la ruta, de techos combinados de cartón y zinc. Allí cerca, en medio de tantas almas desahuciadas, se erigía el Centro Comunitario “El próximo es el prójimo”, de la ONG para la que trabajaba Alejandra.

Con la mirada fija en ese escenario, pensó en cómo reaccionarían “sus niños” al verla así; sin poder jugar ni darles de comer.

— No te preocupes, ellos estarán bien, sabrán qué hacer, le dijo su madre.

Alejandra la miró y sonrió mientras volvía su mirada a aquel mundo al que conocía como pocos.

La camioneta Chevrolet Spin se detuvo frente al predio que en la entrada dejaba ver un enorme cartel que rezaba: “El próximo es el prójimo”.

El tiempo pareció detenerse cuando los chicos vieron el vehículo. Como un batallón obediente y disciplinado se formaron y marcharon al depósito donde funcionaba el comedor comunitario, la salita sanitaria y otros servicios.

Alejandra descendió apoyándose en la puerta y en el hombro izquierdo de su madre. Juntas, como eslabones de una cadena, encararon hacia el enorme portón. Cuando estaban a tres metros de la entrada, las puertas se abrieron y Marta, la responsable de la ONG, salió a su encuentro.

— Qué bueno es tenerte de nuevo en casa, le susurró mientras besaba a Alejandra en las mejillas.

Cuando ingresaron, Alejandra vio decenas de ojitos que la miraban expectantes. No eran sólo niños, también había padres y madres con lágrimas en las retinas se acercaron para manifestarle su agradecimiento.

La muchedumbre se abrió al medio para dar paso a una enorme torta con 41 velitas encendidas; mientras el “que lo cumpla feliz” marcaba el ritmo del auditórium.

Cuando los aplausos y cánticos culminaron, Alejandra divisó a Ignacio, un pequeño de diez años al que dio la teta cuando era bebé porque su madre continuaba hospitalizada después de dar a luz.

Agotada por la caminata, pidió sentarse. Alguien le acercó una porción de torta. Apenas si pudo sostener el plato. Miró a los costados y no encontró a su madre para que pudiera auxiliarla. Giró la cabeza y se sorprendió con la carita de Ignacio, quien le sonrió con una dulzura indescriptible.

— Ahora me toca a mí, le dijo.

Poco a poco, regresó a su tarea social y solidaria en la ONG pero en forma limitada. Sabía que debía controlar el estrés, y a diario se lo recordaban.

Impulsada por el estímulo contagioso de la caridad, Letyzia encontró su lugar en el Centro Comunitario, donde la apodaron “La doctora”, porque para cada dolor físico tenía una pócima naturista que recomendar, basada en hierbas o brebajes caseros de yuyos que solían aliviar a los convalecientes.

Una tarde de verano, con cuarenta grados a la sombra, un hombre sexagenario, alto, de cabellos canos y ojos marrones se presentó en la sala de primeros auxilios.

Dijo que tenía mareos. Y de repente se desvaneció. Letyzia logró sostenerlo a duras penas mientras la médica Cristina Benítez lo atendió.

Manuel Carísimo se llamaba. La doctora naturista lo trasladó en su camioneta al hospital, con la médica Benítez que supervisaba los signos vitales del paciente.

Una baja abrupta de presión casi se llevó la vida de Manolo, como lo llamaban en el barrio.

Alejandra se mostró sorprendida por la actitud de su madre con aquel hombre, al que nunca había visto. La inquietud la llevó a preguntarle por él.

— La abuela Geru me lo dijo en un sueño, que un hombre alto, canoso y apuesto llegaría a mi vida.

— Hombres altos, canosos y atractivos hay montones, señora Lesinski. ¿Cómo sabe que se trata de su príncipe azul?

— Como bien sabés, creo ciegamente en las señales de la vida. Y ésta, es una de ellas.

Manuel Carísimo era jubilado. Tenía 62 años recién cumplidos y hacía quince que había enviudado.

Cuando despertó en la sala de emergencias, no reconoció a la mujer que lo miraba con sus marítimos ojos celestes.

— Soy Letyzia. Lo traje ayer en mi camioneta. Me quedé por si necesitaba algo. Intentamos dar con su familia pero no tuvimos éxito.

— Gracias por traerme. ¿Sabe qué me pasó?

— Sufrió un bajón de presión y se desmayó. ¿Quiere que llame a alguien?

— No, no es necesario.

— Creo que en minutos le darán el Alta; si quiere puedo llevarlo a su casa. Tengo la camioneta en el estacionamiento.

— Se lo voy a agradecer muchísimo. He pasado la noche aquí y no sé dónde quedaron mis cosas.

— Yo las tengo, me tomé el atrevimiento hasta que apareciera algún familiar. Tengo su billetera, gafas, y documentos personales. Cuando bajemos, se las entrego.

Treinta minutos después Letyzia y Manuel partieron del hospital en la Chevrolet Spin.

Ella lo acompañó incluso hasta el interior de la casa y se marchó sin promesas ni compromisos de reencuentros.

Cuando llegó a la casa de su hija, Alejandra la miró y sonrió con picardía.

— ¿Y…cómo nos fue?

— Demasiado bien. Ya lo tengo a mis pies. Letyzia lanzó una carcajada y pasó al fondo para ver a sus nietos.

Los meses pasaron y Alejandra se parecía cada vez más a la mujer vigorosa que fue antes del ACV. Todo parecía volver lentamente a la normalidad. Si hasta había vuelto a conducir.

Sin embargo, una circunstancia llamó la atención de Letyzia hasta convertirse en una preocupación. No le sacaba la vista de encima a su hija que comenzó a tener olvidos alarmantes. Tomar la medicación, por ejemplo, o no pasar por sus hijos a la salida del colegio.

No fue lo único extraño en ella. Una mañana le expresó a Letyzia que no se sentía cómoda con ese hombre, en alusión a Eduardo, que entraba al baño sin golpear.

En un primer momento, Letyzia no pudo evitar una estruendosa carcajada, pensando que se trataba de una broma. Pero luego se dio cuenta que su hija hablaba muy en serio.

— Es tu esposo, hija.

Episodios como estos llevaron a Eduardo y a Letyzia a solicitar una consulta anticipada con Aldeano.

Los estudios neurológicos detectaron una seria lesión en el hemisferio izquierdo, justamente del lado en que se produjo el ACV, que afectó la capa interna cerebral que ordena y registra los episodios más importantes de la vida de una persona. Alejandra padecía un trastorno secuencial de las vivencias experimentadas en sus 41 años de existencia.

En algunas ocasiones aparentaba estar perfecta, ubicada en tiempo y en espacio; en otras recordaba algunos datos en forma fragmentada. Si no, directamente no reconocía siquiera a las personas que formaban parte de su entorno.

— No puedo asegurarles si esta situación es temporal o no. Probablemente deban acostumbrarse a que Alejandra tenga estos períodos de desorientación. Lo positivo es que descartamos la existencia de un foco tumoroso, dijo Aldeano.

La realidad indicaba que Alejandra físicamente estaba perfecta, pero en los misteriosos laberintos de la mente era donde radicaba el problema.

Tiempo después, la familia comenzó a hacerse a la idea de que, probablemente, la situación no iba a cambiar y que todos debían adaptarse a ella.

Todos menos Eduardo, que se resistía a darse por vencido. Diariamente hacía cosas para conservar algo de la pasión que lo unía a su esposa. Llegaba con claveles blancos y rojos, los preferidos de ella, o le cocinaba sus platos favoritos.

Muchas veces ella no lo reconocía. Entonces Eduardo la abrazaba, le tomaba la mano y la apoyaba en su pecho.

— Quizás no me recuerdes pero sé que la verdadera Alejandra, la madre de mis hijos, siempre volverá.

Ella era reconocida por su invalorable labor en favor de los más vulnerables. La fragilidad de su salud la llevó, paulatinamente, a entender que no podía ocuparse de la ONG como antes. Hasta que llegó el día en que anunció su retiro.

Ese día comprendió el legado monumental de su trabajo en el Centro Comunitario. Vio los ojos llorosos de pequeños con mocos a flor de labios, de piel curtida y descalzos que le decían gracias con lágrimas en sus mejillas.

Camino de regreso a casa, Alejandra no dejó escapar una sola palabra. Ingresó a la sala y frente a toda su familia, dijo:

— No olviden, aun cuando no esté aquí, o no esté como debiera, que sólo el amor nos cura, nos sana y fortalece. Aun cuando mi mente intenta engañarme y hacerme creer lo contrario, mi corazón y mi alma se revelan y me conducen a la certeza de que ustedes son mi familia.

Tras diez años de ejercicio de la profesión, la Asociación de Trabajadores Sociales (ATS) reconoció la enorme labor de Alejandra con el premio a La mujer del año.

— Qué paradoja, dijo ella. Aguardaron una década a que poco pudiera hacer por la ONG para distinguirme.

La velada de premiación, Alejandra lucía espléndida. Llevaba un vestido al cuerpo color negro con puntillas brillantes como un cielo de estrellas; aros y una gargantilla de piedras preciosas.

Cuando el conductor la anunció, ella subió muy segura al escenario para recibir la distinción. En un momento de su alocución miró a Eduardo y a él se refirió:

—Hay fragmentos de mi vida que, aunque me esfuerce sin límites, no puedo recordar. Pero en mis lapsus de lucidez no son los recuerdos los que me conducen al camino de la cordura, sino el amor de mi familia. Es en los desvaríos de la irracionalidad donde vence la razón del amor. No estaría aquí sino fuera por vos Eduardo, por mis hijos Nicolás y Valentina, por mi madre y hasta por vos Manolo. A todos quiero decirles que no tienen idea de la despiadada lucha que se produce en mi mente, que me lastima y desgarra el alma y el corazón. Pero una sola cosa me lleva a seguir adelante: la posibilidad de volver a ver a mi familia.

— Ven a buscarme nuevamente, amor.

Él corrió para ayudarla a bajar las escaleras mientras una multitud aplaudía a rabiar.

Dos días después, ya preparado para ir a trabajar, Eduardo ingresó a la habitación conyugal y se sorprendió al ver a su esposa y a la madre acostadas.

Alejandra parecía dormida y de repente abrió los ojos. Miró a su mamá, luego al hombre y con ojos desorbitados preguntó:

— ¿Y este quién es?

Eduardo y Letyzia con la mirada parecieron decirse “otra vez” y antes de que ensayaran una respuesta, escucharon la carcajada de Alejandra.

— Es el hombre al que amo con locura, expresó sin parar de reír.

Elvio Marcelo Galeano

Inédito. Galeano, es periodista y docente. Ha publicado los libros La puerta azul; La venganza de Su Señoría y Portón viejo, obra seleccionada para la Feria internacional del libro de este año.

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