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Autopsia

sábado 30 de abril de 2022 | 6:00hs.
Autopsia

El caso reunía todas las condiciones para ser sometido a una autopsia. La muerte de ese niño de doce años era de lo más misteriosa, más aún por dos factores fundamentales: era absolutamente sano y sin el más remoto antecedente de algún padecimiento, y la fatal evolución -desde un estado de total (o aparente) normalidad hasta la muerte-, había durado tan solo unas seis o siete horas. Según referencias de los padres, no habría existido ningún trauma ni cuadro de envenenamiento.

Cuando llegó al hospital a las siete de la tarde –derivado desde un pequeño pueblo del interior- ya estaba inconsciente, y todos los pocos datos de interés fueron brindados por sus padres y un hermano de catorce años.

Según éste, en la siesta de ese caluroso domingo habían estado jugando con una manguera y agua. Era un inocente y simple juego con el que siempre se divertían. Consistía en lo siguiente: se enchufaba la manguera en la canilla y alternativamente cada uno de ellos pasaba por la prueba de “aguante”, esto es, colocaba el extremo libre en su boca al tiempo que su hermano abría la canilla al máximo. El ganador del juego era aquel que aguantaba la presión sin que se le derramara ninguna gotita de la boca. Ese día, luego del almuerzo y cuando sus padres ya se hubieron acostado a dormir la siesta, buscaron la manguera que estaba tirada en el patio y con la que solían regar las plantas o lavar la camioneta, y el menor (el fallecido) había sido el primero en realizar la prueba. El mayor contó, que cuando él abrió la canilla, vio como a su hermano se le inflaban los cachetes de golpe y que sin dudas se atragantó, porque de inmediato tuvo que escupir. De hecho, con ese resultado ya había perdido, y ahora solo faltaba que él hiciera la prueba. Cuando estuvo listo, su hermano menor abrió la canilla y aquel aguantó todo lo que pudo, hasta que a los diez o quince segundos, sacó la manguera de la boca y empezó a mojarlo a su hermano, que no dejaba de carraspear y toser.

A partir de este episodio, en apariencia trivial, habrían empezado a aparecer algunos mínimos y casi insignificantes síntomas; primero ese leve malestar de carraspear y toser; luego una molestia en la boca del estómago. Después ya refirió algunos mareos y tuvo que acostarse. En menos de dos horas ya se sentía muy mal y comenzaron a aparecerle algunas manchitas en la piel, luego algún leve sangrado de nariz y sensaciones de desmayo.

Cuando lo llevaron al pueblo, el médico debió colocarle de inmediato sueros y drogas para elevar la presión. El cuadro era de gravedad y decidió su derivación al hospital de la ciudad.

La sospecha principal, tanto del médico del pueblo, como después la de los médicos de la ciudad, era casi inequívoca: la manguera tendría veneno, o la habrían utilizado con alguna sustancia tóxica; pero esto era negado rotundamente y enfáticamente por toda la familia; esa manguera jamás había sido usada para ningún tipo de plaguicida o veneno de ninguna naturaleza, y aún más, aseguraban que solamente la utilizaban para regar las plantas, lavar el vehículo, y que muchas veces todos ellos tomaban agua de la misma. Según relataron, esa mañana la había utilizado para algunas plantas y luego la dejaron tirada ahí mismo en el patio y no había ninguna posibilidad de que se hubiera contaminado con algún tóxico. Otra sospecha firme estaba centrada en la posibilidad de una discrasia sanguínea, de esas muy desconocidas y totalmente asintomáticas, pero que un buen día debutan con un cuadro agudo y fatal. Además, y muy por lo bajo, casi íntimamente en sus razonamientos, a los médicos les rondaba otra posibilidad: que el chico pudiera haber sido envenenado de alguna otra manera, o que hubiera sufrido algún extraño accidente provocado por alguno de sus familiares, y que éstos estuvieran tratando de disimularlo.

Del cadáver extrajeron muestras de sangre, orina y otros fluidos para realizar los estudios toxicológicos y eliminar cualquier duda al respecto. No había antecedentes patológicos ni en sus padres ni en los ascendientes, de problemas cardíacos, degenerativos, metabólicos ni de ningún tipo. Solo quedaba por realizar la autopsia, pero sin muchas esperanzas de encontrar algo relevante.

Por la noche, el forense de la policía y un cirujano del hospital, iniciaron el procedimiento.

La incisión xifo-pubiana expuso al abdomen completamente abierto. Comenzaron a explorar las vísceras, que aparentaban total normalidad, hasta que algo les llamó la atención: unas manchas, como pequeñas hemorragias puntilladas en la pared anterior del estómago. Lo primero que se les vino a la cabeza fue una perforación gástrica, una úlcera, algo extremadamente raro para un chico de esa edad; pero casi de inmediato la descartaron, la pared gástrica -fuera de esas manchas- estaba íntegra. Entonces procedieron a abrir el órgano y allí, en su interior… estaba la causa.

En el fondo de la cavidad gástrica y enrollada como un ovillo, había una pequeña víbora de coral, de las verdaderas, medía unos quince centímetros. Ya estaba muerta, por la acción del ácido clorhídrico del estómago, pero antes de eso, había clavado sus colmillos en la mucosa en muchos sitios, muriendo y… matando.

Hugo Mitoire

(*) Relato inédito, que está incluido en el -también inédito- libro MUNDO MÉDICO I. Mitoire ha publicado La cacería (2014), Crispín Soto y El Diablo (novela fantástica), Historia de un niño-lobo (novela fantástica), Mensajes del más allá (novela fantástica), entre otros

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