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Pequeño relato de mi juventud

domingo 24 de abril de 2022 | 6:00hs.
Pequeño relato de mi juventud

Diadema Argentina es el nombre de un pequeño pueblo en la Patagonia donde nací. Lo llamabamos “El campamento”.

Está ubicado a 27 Kms de la ciudad de Comodoro Rivadavia. Se originó por una concesión que el Gobierno Argentino otorgó a la a la compañía Shell de petróleo para explorar y producir crudo en la década del ‘20.

Mi padre, Bernardo Klomp, como experto en motores diésel, fue contratado por la Shell para instalar los motores que esta compañía había adquirido de la fábrica Thomasen en Holanda donde él trabajaba. El contrato era por 4 años.

Eran motores de distintos tamaños. Unos para generar electricidad, la mayoría , pequeños y grandes , para el bombeo del crudo a la superficie, luego a la planta deshidratadora y de allí a la costa. En la costa había otra estación de bombeo para cargar los buques. En cada etapa había enormes tanques con la reserva necesaria por si había alguna avería en las distintas etapas. A cada tantos Km se habían instalado plantas especiales para calentar el crudo que en el invierno se volvía muy espeso.

El combustible para estos motores era gas extraído de varias pozos. Los motores diésel más grandes quemaban petróleo muy liviano extraído de otros pozos.

Mi padre llegó de Holanda a Buenos Aires por barco en el año 1928. A la semana se embarcó en uno de los 4 buques tanques de la Shell que transportaban el crudo a la refinería instalada en Dock Sud. Esta refinería todavía sigue produciendo combustibles. La producción del campo era de unos 4000 metros cúbicos por día. Cada barco tenía que hacer entonces por lo menos 3 viajes por mes.

Mi madre y mi hermana llegaron un año después. En el año 1931 nací yo.

El pueblo está ubicado en un valle largo y ancho. Rodeado por lomadas típicas patagónicas, con sólo algunos arbustos; la mayoría espinosos. Casi todas las lomas están coronadas por rocas llenas de moluscos y conchas marinas, esto indica que todo estuvo cubierto por el océano por millones de años. El clima era duro, frío y nieve en invierno y en verano generalmente con vientos fuertes del oeste. Sin viento era hermoso.

Había un gran playón con caños de todo diámetro y largo, talleres, garajes, oficinas, la usina eléctrica y la planta deshidratadora que sacaba el agua del crudo por electrolisis. Se necesitaba mucha energía que era producida por otra usina eléctrica montada exclusivamente para eso.

Las calles del pueblo se fueron asfaltando con el tiempo y estaban alumbradas de noche. Las casas eran todas de un ladrillo blanco fabricado en Comodoro Rivadavia. Eran muy cómodas y cada habitación tenía su estufa a gas.

Había una buena escuela primaria del Estado donde asistí hasta el sexto grado. Yo recién aprendí el idioma castellano al ingresar a la primaria. Todos hablábamos únicamente el holandés pues todos los empleados que trabajaban en el campamento eran de ese origen.

El hospital, muy moderno para su época, estaba atendido por un médico al que llamábamos Mijito porque a todos nos llamaba así. Un odontólogo contratado nos atendía a todos gratuitamente y venía dos veces por semana de Comodoro. También había un club social con billares, ping pong, badmington y una sala de teatro donde se pasaban gratuitamente películas dos veces por semana.

Teníamos 2 canchas de tenis y un parque con juegos para chicos. A los pocos años construyeron una Iglesia, es lo primero que se ve al entrar al pueblo, y una pileta de natación calefaccionada y bajo techo. Podíamos nadar invierno y verano. Estoy hablando del año 1938-39.

Hace poco tiempo cayó en mis manos una lista de los habitantes el pueblo, sus edades y sus sueldos. Eran 1500 personas. De las 1500 personas 4 eran argentinos y dos de éstos eran alemanes naturalizados. Era un verdadero crisol de razas. El personal ganaba muy bien. Muchos emigrantes hicieron allí sus primeros ahorros para luego instalarse en algún otro lugar de la República.

El pueblo estaba dividido en dos, el barrio de los empleados y el barrio de los obreros.

Había un tambo con 40 vacas lecheras de raza holando. Recibíamos todos los días leche fresca entregada en casa. También había una caballada que pastaba libremente en el campo acompañada por una yegua con una campana en el cuello para poder encontrar la tropilla con facilidad. Los miércoles, sábado y domingo la traían al corral para darles una ración extra y para poder montarlos.

Una camioneta venía cada dos semanas con pescado de Comodoro. Traía pulpitos y mejillones grandes como mi mano. Recuerdo que mi madre salía con un balde, el pescador se lo llenaba y le cobraba 20 centavos.

Nuestra salida a caballo preferida era a los árboles petrificados que encontramos en un valle profundo a unos 15 km del pueblo. Había unos cuantos. Se notaba que la erosión eólica poco a poco había desnudado los troncos caídos. Eran troncos de alrededor de 2 metros de diámetro y muchos metros de largo. Me imagino los árboles petrificados que todavía se encuentran debajo de esas lomadas!

Como es de imaginar uno de los problemas básicos para el pueblo y su función productiva era el agua. Me acuerdo que mi padre me llevó varias veces al Km 84. Hacia el oeste. Allí donde comienza la Pampa del Castillo. Hay allí algunos valles con manantiales de agua purísima. La Shell arrendaba una parte de una estancia para aprovecharlos. Se habían hecho excavaciones en las lomadas para aumentar el caudal. Ésta se juntaba en grandes piletones para su decantación y se bombeaba hacia el campamento por un caño de 6 pulgadas y alrededor de 60 Kms. de largo enterrado profundamente en el suelo para evitar su congelamiento en invierno.

Un gaucho con dos caballos hacía periódicamente la recorrida por la cañería para detectar pérdidas. Lo acompañé en varias oportunidades. Para mí era una aventura! Pasar la noche con cielo estrellado y tomar mate con una pava calentada a fuego abierto!

Un día mi padre llegó a casa y le oí comentar a mi madre que en la sección F, en una perforación, en vez de encontrar gas o petróleo, encontraron agua potable, no salobre.

Era un gran descubrimiento. Podría ahorrar mucho dinero. En las oficinas había un laboratorio químico para controlar la producción del crudo. Mi padre hizo analizar el agua encontrada. Con este visto bueno se instaló un caño conectando el pozo al tanque principal que recibía agua del Km 84. Calculo que este tanque almacenaba alrededor de 3000 metros cúbicos de agua. Se cortó provisoriamente el bombeo tradicional y se llenó el tanque con el agua del pozo nuevo.

No sé cuánto tiempo pasó, creo que fue una semana. Al abrir las canillas una mañana, salía agua pero con un olor nauseabundo a cloaca. Todo el pueblo tenía agua con olor a cloaca!

Se hicieron nuevos análisis y se encontraron con un caldo de bacterias aeróbicas que habían permanecido millones de años en la profundidad en forma latente. No bien entraron en contacto con oxígeno se multiplicaron en forma exponencial pudriendo el agua.

Por supuesto se tapó el pozo. Al vaciar el tanque provocaron un enorme cráter en la lomada. Debe estar allí todavía. Tuvieron que literalmente lavar a mano al enorme tanque, trabajo que tardó muchos días. Mientras tanto varios camiones tanque nos traían agua que era distribuida en el pueblo.

Debo decir que soy muy afortunado por haber pasado una infancia feliz. No pude terminar mi primaria en Diadema. El séptimo grado lo tuve que hacer en medio año en Buenos Aires puesto que las clases en la Patagonia terminaban el 25 de Mayo (los chicos no pueden asistir a clases en invierno) Había muchos que llegaban a caballo y había un autobús que traía y llevaba chicos a un pueblo de la YPF llamado Escalante.

También el bachillerato lo hice en Buenos Aires. Recuerdo los viajes con los buques tanque. Eran una aventura. Siempre éramos varios, jugábamos al truco con la tripulación y nos pasábamos horas con el radiotelegrafísta. Los barcos iban cargados de agua, como lastre, a la ida. A la vuelta, con la carga, iban mucho más hundidos en el mar.

Nos permitían timonear. Con la mirada fija en la brújula para mantener la ruta.

Las tormentas, sobre todo en el Golfo de San Jorge, venían con olas altísimas y vientos huracanados. El buque hundía su proa en cada enorme ola que nos pasaba por encima hasta volver a ver la luz del sol. No podíamos salir, bajábamos al comedor o los camarotes por escaleras internas. Recuerdo que nunca sentí miedo! Era fascinante!

Ya en el año 1944 se terminaron estos viajes porque la compañía nos pagaba el pasaje por avión.

Volábamos en los aviones de la Aeroposta Argentina. Saint de Exupery fue uno de sus fundadores.

Eran trimotores Junker, alemanes, muy seguros y por fuera hechos de chapa corrugada.

La pista de aterrizaje en Comodoro se encuentra en el Km 5 a pocos kms. de la costa. El viento siempre es del oeste y casi siempre es fuerte. Recuerdo la primer llegada, volábamos sobre el mar en dirección a la pista, el avión casi no adelantaba, parecía que estábamos parados en el aire.

Mucho más tarde, leyendo uno de los libros de Saint Exupery él menciona que podía reconocer en las olas del mar los espacios de menor intensidad de viento, para aprovecharlos y así poder avanzar lentamente.

Tardó mucho tiempo, pero finalmente vi tierra firme. Al aterrizar vi salir corriendo de un hangar dos pelotones de colimbas que se asieron de las alas del avión para que el viento no lo vuelque.

Gerardo Klomp

El relato corresponde a vivencias del autor. Son parte del libro Recuerdos de Misiones, inédito. Klomp tenía propiedades en Eldorado. Falleció en 2019 en Buenos Aires.

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