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La mujer de todo el pueblo

domingo 24 de abril de 2022 | 6:00hs.
La mujer de todo el pueblo

Al velorio de la tía fue todo el pueblo. Los negocios cerraron sus puertas y hasta el banco bajó las persianas, aunque siguieron trabajando.

Al entierro fue la mitad; la otra compuesta por mujeres y niños, se quedó; unas a cocinar - porque fue de mañana- otras porque el Cementerio quedaba en las afueras y, caminando, a unos tres kilómetros.

Pero asistió una delegación de alumnos de cada escuela y, por supuesto, no dictaron clases ese día.

¿Tan importante era la tía? No. Entonces, ¿qué había hecho por el pueblo? Nada.

Lo único trascendental en su vida había sido precisamente eso: vivir y morir.

No recuerdo cómo la conocí; habrá sido naturalmente. Es decir, como formaba parte de la familia, su figura se nos fue haciendo conocida desde el vamos, aunque la veíamos de vez en cuando.

Que yo recuerde, siempre tuvo la misma figura, vistió el mismo tipo de batones floreados y usó el cabello largo, que le llegaba más allá de la cintura en una sola trenza. Dicen que jamás se lo cortó.

Ahora que lo pienso, quizás fuera una promesa, era costumbre. Pero promesa, ¿para qué? ¿Por quién? ¡Vaya uno a saber!

Porque novio, lo que se dice novio, no se le conoció. Candidatos habrá tenido, ya que no era fea. Mejor dicho, habría sido más bien agraciada.

Pero su historia, si es que alguna historia tuvo, resultaba más simple de lo imaginado. Y, tal vez hasta más patética.

Había tenido un montón de hermanos y no fue la mayor. Intermedia nomás. Tan intermedia que no se notó su ausencia cuando ya crecida viajó, acompañando a una sobrina que comenzaba los estudios secundarios, lejos de la casa paterna.

Las dos alquilaron una casona de esas muy antiguas y económicas. Y allí vivieron los cinco años que duró el estudio, más algunos otros. Porque al poco tiempo se le sumó el Ramoncito que también quería ser maestro y al fin y al cabo era de la familia.

De familia de bien. Pues por un lado estaban ellos y por el otro, los pobres. Otra clase no había. Los de familia de bien eran honrados, con antecesores de renombre por haber desempeñado algún puesto importante como Jefe de Correos, Directores de Escuela, Presidentes de algún club; y vivían en casas de material y tenían muebles que se pasaban de generación en generación. Además de integrar las Comisiones Directivas, el Círculo de Damas Católicas, la Cooperadora Escolar y asistían a los bailes del Club Social. Los pobres, no.

Cabría agregar que existía una tercera clase, la de las chusmas. Pero, a esta, pertenecían unos y otros.

En definitiva, la tía acompañó a los dos estudiantes para cuidarlos, preparar la comida, lavarles y plancharles la ropa, limpiar la casa, darles consejos, y todas esas menudencias diarias y de fin de semanas; entre ellas, asistir rigurosamente a misa, confesar y comulgar.

Cuando la sobrina, en edad de merecer, tuvo novio y ya embarazada hubo de casarse cuanto antes, ella se quedó a cuidar al angelito, pobre, que no pidió venir al mundo. Y así la pareja podía ir a trabajar; ella, dando clases; él, en las oficinas del Correo.

Terminado que hubo su carrera el Ramoncito, todos se trasladaron a otro pueblo, donde la joven pareja siguió procreando, el Ramón también se casó, ella amadrinó al primer vástago y la vida siguió su ritmo con varicelas, tos convulsa, mes de María, pastelitos para la hora del té y rosarios completos cuando alguien estaba en problemas.

Y aunque la tía nunca tuvo marido, hizo todas las tareas que normalmente hacían - entonces- las mujeres casadas: cuidar de un hombre ( el esposo de la sobrina, dedicada totalmente a la docencia y a engendrar), limpiar la casa cada vez más agrandada, cocinar para todos; lavar y planchar no, por su cintura y porque no le daba el tiempo; criar a los niños, quedarse levantada cuando estos estaban con fiebre pues total ella no tenía que “trabajar” al día siguiente; educarlos en la observancia de los diez Mandamientos y los Siete Preceptos amén de hacerles repetir los rezos, las poesías festivas, las normas de buena conducta y las recetas de cocina a las mujercitas.

Tampoco se enfermó de gravedad, que yo recuerde.

Y como no trabajó afuera, no disfrutó de una jubilación - como su sobrina- ni de obra social (que felizmente no necesitó).

Poco a poco se fueron muriendo los más viejos. Así que ella se encargaba de los licores caseros, de recibir a la gente y los pésames.

Cuando la sobrina nieta reinició el ciclo de procreación, casamiento mediante, volvió a ejercer sus dotes de nodriza, pese a su edad.

Al cumplir sus cien años el pueblo entero festejó. Ella bailó no el vals sino un chamamé con un sobrino bisnieto, comió el mismo menú de todos, fumó uno de sus tradicionales cigarros de hoja y bebió sidra, en el brindis.

Todo el pueblo festejó aunque regalos, en realidad no recibió, ¿Para qué‚? Ella no necesitaba nada. Con cien años, dos o tres vestidos le bastaban. Caramelos y chocolates no debía comer - decía su doctor.

Sí. Todo el pueblo festejó. El mismo pueblo que hace dos días asistió a su velorio, donde hasta el intendente habló para despedirla. “La tía de todos”, “ la historia viviente”, valga el contrasentido,” la mujer no del año, sino de todos los años”.

De los ciento diez años vividos. Pues se murió a esa edad, cuando ya nadie se preocupaba por su salud, por cuántos cumplía, por su existencia totalmente desapercibida en la vieja casona silenciosa donde los sobrinos bisnietos seguían cumpliendo con el ciclo de engendrar.

Eso sí, desde ahora en más, ya sin su ayuda.

Rosita Escalada Salvo

De libro “La mujer de” Edición de la autora. Escalada Salvo ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.

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