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Un arroyito en Misiones

domingo 24 de abril de 2022 | 6:00hs.
Un arroyito en Misiones

Vinicius Dutra dejó la carta sobre la mesa con gesto de resignación; siempre supo que su amigo, el abogado Everaldo Britos, se cobraría de algún modo los grandes favores que recibió de él, pero no imaginó fuera requiriendo su participación y aporte a la rebelión que se iniciaba contra el presidente-gobernador de Rio Grande do Sul, Júlio de Castilhos; habría preferido pagar los honorarios. El sistema republicano de gobierno en la nueva Constitución brasileña de 1891y cierto centralismo con concentración de poder en la figura del gobernador albergados en la Constitución de Rio Grande do Sul, de ese mismo año, generaban descontento en amplios sectores de la sociedad riograndense, en particular aquellos allegados a la figura de Gaspar da Silveira Martins, quien propiciaba un federalismo con mayor grado de autonomía para la provincia-estado del sur y la instauración de un régimen parlamentario monárquico en el Brasil. A Vinicius Dutra no le interesaba la política, pero era hombre influyente en la región misionera de Rio Grande por el peso de la actividad económica de su gran estancia; podía negarse al pedido aduciendo cualquier excusa, pero esa postura implicaba la ruptura con Everaldo, que no quería, porque, si como parecía por la soledad de Castilhos, triunfaba la revolución, el abogado estaba llamado a ocupar cargos relevantes en un nuevo gobierno, situación de la que podría obtener significativos beneficios.

Vinicius convocó a la lucha a sus tres capataces, estos a los peones, quienes a su vez atrajeron a sus amigos, conformándose una partida armada de setenta hombres, a cuyo frente se puso el propio estanciero, que no temía poner en riesgo la vida cuando la suerte estaba echada. Ordenó a Rosalía, su joven y hermosa mujer, que se instalara en Cruz Alta en casa de los padres de ella, por seguridad; Al partir, Vinicius la observó desde el caballo con deseo y nostalgia, quién sabe cuándo volvería a encontrar el refugio de esos suaves y generosos pechos.

Siguiendo las instrucciones del general Gumercindo Saraiva, uno de los principales jefes militares de la rebelión, el grupo se encaminó hacia el río Uruguay, con la misión de recorrer la costa frente a los pasos del sur de Misiones y norte de Corrientes, en Argentina, para impedir la huida del enemigo al país vecino y proteger a los portadores de la ayuda que pudiera provenir de Corrientes, donde los federalistas contaban con simpatizantes; para ello debían tomar como base el casco de la estancia San Juan, cerca del paso de Santo Isidro, puesta al servicio de la causa revolucionaria. Los hombres de Vinicius vestían del modo gaúcho habitual, con pañuelos colorados al cuello que los identificaban como maragatos, apelativo impuesto por los legalistas de Castilhos porque algunos de los principales rebeldes poseían estancias en el departamento San José de Uruguay, cuyos habitantes son conocidos con ese gentilicio por descender de españoles de la comarca de Maragatería en León, España. Al aproximarse a la estancia y al río, Vinicius ordenó que dos hombres se adelantaran a inspeccionar el terreno, no deseaba sorpresas; al regresar, estos informaron que en un montecito visible desde la loma en la que se encontraban, acampaban unos diez pica-pau (pájaro carpintero), legalistas partidarios del gobernador Júlio de Castilhos, así llamados por llevar la gorra roja en contraste con la casaca azul y el pañuelo blanco, colores similares a los de esas aves. Al amanecer del día siguiente, Vinicius ordenó rodear el montecito y avanzar sobre el campamento enemigo. Los pica-pau fueron tomados por sorpresa, rindiéndose sin resistencia. Al mediodía, el capataz Valdir señaló a Vinicius que cada hombre tenía apenas un pedazo de charque, queso duro y pan para comer, esperaban llegar a la San Juan para faenar algunos animales, pero no había alimento para los prisioneros, agregando que serían un estorbo y si los soltaban, volverían a engrosar las fuerzas del enemigo; Vinicius pensó un momento, luego, con sequedad, expresó: faca en eles. Los desventurados pica-paus fueron puestos en fila, de rodillas con piernas separadas, atados de pies y manos, luego los verdugos tomaron sus cabezas con una mano, inclinándolas hacia atrás y con la otra cortaron sus cuellos de oreja a oreja, como si de ovejas se tratara; rojos charcos abonaron el suelo riograndense. El degüello o degola fue una atroz característica de la Revolución Federalista de 1893, practicado por ambos bandos; de las más de diez mil muertes que produjo la contienda, al menos dos mil fueron de este modo, a veces precedido por la castración del infortunado; al enemigo se lo consideraba como al ganado con el que los peones, devenidos soldados, solían lidiar a diario.

No hubo grandes batallas en la zona asignada a Vinicius Dutra y sus hombres, apenas escaramuzas para proteger suministros remitidos desde Corrientes en la Argentina. La acción pasaba por otras áreas de Rio Grande do Sul, extendida a los estados de Santa Catarina y Paraná. La suerte de la lucha, al principio favorable a los rebeldes maragatos, cambió a favor de los pica-pau legalistas cuando el Presidente del Brasil, Floriano Peixoto, envió tropas federales en apoyo del gobernador Júlio de Castilhos; los revolucionarios se vieron obligados a capitular en Agosto de 1895 en la ciudad de Pelotas, disponiendo el nuevo Presidente, Prudente de Moraes, el “Pacificador”, una amnistía general para los involucrados, los crímenes cometidos no serían punidos; las consecuencias de esta revolución, una de las más violentas de la historia latinoamericana, se proyectarían a las primeras décadas del siglo XX en Rio Grande do Sul y en el Brasil.

Enterado de la rendición, Vinicius dispuso la desmovilización de sus hombres, aquellos que pertenecían a la estancia debían regresar solos o a lo sumo de a dos, para evitar suspicacias de los federales, encargados de garantizar la paz; él marcharía a Cruz Alta, a buscar a Rosalía; Vinicius maldecía desde el fondo del corazón a Everaldo Britos por haberlo metido en esa pelea que solo ocasionó perjuicios a lo largo de dos años, ya había pagado con creces la deuda con el abogado. Pese a que sus tres capataces ofrecieron acompañarlo, Vinicius los rechazó por las razones que explicó en la desmovilización, cualquier conjunto de gente de a caballo resultaría sospechoso, aun cuando ya no llevaran el pañuelo colorado; el cese de hostilidades ocurrió de manera reciente, más de uno querría saber de quiénes se trataba, de dónde venían y demás. Andar sólo no aseguraba nada, pero consideró que era mejor.

Llevaba horas rumbeando hacia Cruz Alta por las soledades de las cuchillas riograndenses, ardiendo de deseos de ver a su mujer para volver juntos a la estancia, cuando oyó el galope de un caballo detrás suyo, la figura del jinete le pareció familiar y detuvo el paso de su montado. En efecto, Valdir, el capataz de mayor confianza, lo siguió para darle información urgente y de suma importancia: se encontró con uno que fue peón a su cargo años antes, éste comentó que los parientes y amigos de los diez pica- paus que degollaron cerca del río Uruguay juraron venganza contra el patrón, sugiriendo Valdir que Vinicius desaparezca de la zona hasta que las aguas se calmen, esas personas estaban envalentonadas con la victoria y ansiosas por tomar revancha. El estanciero, haciendo una extraña mueca, asintió con la cabeza, conocía lo serio y peligroso de ese juramento; dijo al capataz que no lo tomaba de sorpresa la cuestión de la venganza, la tuvo en cuenta desde que dio la orden, pero que un hombre en su posición debía jugarse por decisiones difíciles en tiempos difíciles, señalando a Valdir que tenía un escape preparado al territorio de Misiones en la Argentina, pidiéndole que se llegara hasta Cruz Alta para comentar a Rosalía la situación, que él iría a buscarla pasados algunos meses; los dos hombres, que no bajaron de los caballos, se despidieron con un apretón de manos. El estanciero razonó que no podía vivir encerrado en la estancia protegido por sus hombres, ni le agradaba andar con guardaespaldas llamando la atención, las pasiones se enfriarían con el tiempo, entonces vendería la estancia y se mudarían a otro estado del Brasil con Rosalía.

Vinicius llegó al paso sobre el río Uruguay, frente a la desembocadura del arroyo Itacaruaré en Misiones, al atardecer. Debajo de la planta que proyectaba sus ramas sobre el río, estaba la canoa que ocultó en una de las incursiones que realizaron por el lugar; la desató y volvió a atar en posición accesible. Desensilló el caballo, dándole unas palmadas para que se marchara, escondió las riendas y la montura, poniendo las alforjas en la canoa, en ellas llevaba ropa, algo de comida, unas pocas monedas de oro y dinero argentino. Esperó que se hiciera noche cerrada y se encendiera la lámpara en la casita de la orilla contraria; tuvo suerte que el viento norte no permitía atacar a los mosquitos. En el Brasil desconocían que Vinicius Dutra nació en la Argentina, en medio de las serranías de Invernada de Itacaruaré en el sureste de Misiones, de padres brasileños que regresaron al país natal siendo el estanciero niño de siete años; en esas salvajes tierras, comenzó a aprender a leer y escribir de la mano de la madre de Anselmo, amigo de la infancia que aún residía en la sierra de la Invernada, al menos eso suponía por un intercambio epistolar de años antes; el primer objetivo al cruzar sería ubicarlo.

Vinicius tenía referencias de que en la casita de la otra costa se recibía a brasileños que huían de su país en busca de refugio por la causa que fuere, el dueño contaba con cierta complacencia de la policía argentina de Territorios Nacionales, pero no daba alojamiento por más de cuarenta y ocho horas.

En la noche de luna nueva, las estrellas daban al Uruguay un bello brillo plateado, la pequeña luz de la lámpara alimentada a querosén guiaba como un faro los golpes de remo de Vinicius. El río no era muy ancho, pronto el estanciero estuvo batiendo palmas frente a la casa de la luz, luego de salvar la empinada barranca con las alforjas al hombro. Lo atendió Paulino, el propietario, que vivía allí junto a su esposa y dos hijos adolescentes varones. Acordado y pagado el precio del hospedaje, la mujer preparó un bife con dos huevos en la plancha de la cocina a leña para el huésped. Como en toda la costa argentina del Uruguay, en la vivienda se hablaba perfecto portugués, Vinicius trató de entablar conversación con Paulino, pero éste lo frenó diciendo;

- Podemos hablar de bueyes perdidos si usted quiere, pero no me interesa conocer los motivos por los que vino, ni saber quién es, si me dijo su nombre, ya lo olvidé. Estoy al tanto de lo que pasa en el Brasil, y por la revolución allá usted está acá, suficiente para mí. Para los que no lo conocen, como yo, usted es un refugiado, un exiliado, su historia quedó en la orilla de enfrente, usted es nadie aquí y es mejor que así sea por su seguridad.

Vinicius asintió y preguntó:

- ¿Conoce a Anselmo Nascimento, que vive en la sierra de la Invernada?

- No, Nascimento hay muchos, pero no sé de un Anselmo. Si va para la sierra, debe tomar el camino al caserío de Itacaruaré y allí la picada para la Invernada.

- Algo recuerdo, preguntando he de llegar. Necesito un caballo ensillado, lo compro por supuesto, ¿lo puede conseguir?

- Sí, para la media mañana lo tiene.

Vinicius fue acomodado en un galpón contiguo a la casa, en el que estaba dispuesto un catre, velas encendidas, como también una jofaina para las abluciones y un balde, en el que se podía verter el agua que se extrajera del pozo cercano. Pese al cansancio, no durmió bien; por un lado, se sintió aliviado de la tensión de estar en los lugares del conflicto y de las amenazas que se cernían sobre él, pero por otro se le mezclaban las imágenes de los diez degollados con las de su mujer, sin entender qué significado otorgar a esa confusión.

En el ínterin, el paso de Vinicius hacia la costa del Uruguay no pasó desapercibido en el Brasil. Los triunfantes pica-pau tenían ojos hasta en las piedras, el estanciero era más conocido de lo que él mismo creía y pronto llegó la noticia a los juramentados de que el degollador pretendía huir a la Argentina; por su ubicación la última vez que lo vieron, dedujeron que cruzaría por un paso poco conocido y utilizado, situado frente a la desembocadura del arroyo Itacaruaré, en la otra orilla. Resolvieron que fueran en su persecución el joven hijo de una de las víctimas y el experimentado hermano de otra, que conocía el área de Itacaruaré.

Vinicius desayunó temprano, el mal sueño lo puso intranquilo e impaciente. Contempló el manso río que reflejaba el cielo como un espejo, la alegre alfombra verde y los cerros que a lo lejos se perdían azules en la tierra que dejó, parecía increíble que ese paisaje idílico contuviera tantas historias de lucha y dolor. A la media mañana se presentó Paulino con el vendedor del caballo y el caballo ensillado, un zaino oscuro de buen porte. Hecho el trato, Vinicius cargó las alforjas, se despidió y emprendió la marcha: el día estaba caluroso, el sol implacable. Al pasar por el caserío de Itacaruaré, preguntó a algunos sobre Anselmo Nascimento, no lo conocían; pensó que más cerca de la sierra tendría mejor suerte. El mediodía lo tomó en plena picada a la Invernada; al pasar por una curva, oyó el cantarín rumor de un arroyito que corría más adelante bajo un improvisado puentecito de madera, protegido por un monte; buen lugar para hacer un alto decidió. Se desvió del camino, hizo beber al caballo, luego lo ató de la rienda a un arbusto, extrajo un pedazo de pan, queso y fiambre, echándose a dormir una siesta, tan fresco el lugar y tan cansado estaba.

Los dos juramentados cruzaron el Uruguay prendidos a la cola de sus caballos, animales baqueanos en el cruce a nado del ganado. Preguntaron a Paulino sobre un brasileño que debió cruzar el río no hacía mucho. El interpelado contestó que solía dar alojamiento a gente, pero no sabía nombre ni nacionalidad, en esos días estuvieron dos o tres, pero nada más podía informar; el modo seco y cortante de Paulino imponía respeto hasta a los pesados. Mejor suerte tuvieron con el vendedor de caballos, que se asustó al ver a dos hombres armados con la ropa mojada y cara de pocos amigos, contestó que esa mañana dio un caballo a un brasileño que iba hacia la Invernada, indicando el más viejo de los juramentados al más joven que sabía del lugar. Cuando se marchaban, el vendedor, con súbita indignación, dijo: “Tengan cuidado con la policía, andan metiendo presos a los brasileros sin papeles”; los juramentados no lo tomaron en broma, venían a cometer un crimen en país extranjero, debían hacerlo y huir cuánto antes.

Los vengadores encontraron huellas muy recientes de un caballo en el trillo de la picada, las siguieron y al llegar al arroyito, vieron entre el follaje al caballo que supusieron de Vinicius. Desmontaron para aproximarse con lentitud y sigilo al animal; a cierta distancia, oyeron los chirridos de los ejes de una carreta, tenían que apurarse. Al llegar hasta el caballo, observaron a un hombre dormido sobre una planchada de piedra junto al agua; el joven interrogó con la mirada al más viejo, que asintió con la cabeza, conocía bien a Vinicius Dutra. El estanciero, aún dormido, tuvo un sexto sentido y se despertó de golpe, vio a los dos que se acercaban y trató de incorporarse, pero ellos no dieron tiempo, el joven se lanzó sobre él, se sentó sobre la cintura, inmovilizando sus brazos con las rodillas, el otro lo sujetó de la cabeza, cortándole la garganta en medio de los peores insultos. Consumada la venganza, los perpetradores corrieron hacia los caballos y huyeron en dirección al río Uruguay, a galope tendido.

Al pasar por el puentecito, los ocupantes de la carreta, dos hombres y una mujer, oyeron que alguien, desde el monte, decía: ¡agua! !agua! !agua!, el tono agónico del pedido hizo que los hombres bajaran y se encontraran con Vinicius moribundo, quisieron darle agua, pero expiró en ese momento. Alzaron el cadáver a la carreta para que reciba cristiana sepultura, uno de ellos se hizo cargo del caballo. En el caserío comentaron que el degollado anduvo preguntando por un tal Anselmo Nascimento, el de la carreta dijo que era su primo, hacía años que se mudó a Buenos Aires. Vinicius fue enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio de Itacaruaré, sólo Paulino sabía de quien se trataba y qué significaba en la región misionera de Rio Grande do Sul, pero jamás hablaría, la discreción constituía la base de su seguridad y negocio.

Así fue como ese arroyito en la picada a la Invernada de Itacaruaré, hasta entonces innominado, pasó a conocerse como el “arroyo del degollado”. De pronto, el monte que lo rodeaba adquirió un aspecto sombrío y siniestro, inspirando el temor de los lugareños; cuando soplaba el viento entre los árboles de cierta manera, el murmullo de las hojas parecía decir: ¡agua! !agua! !agua! Pocos años después del hecho, se creó la Escuela N° 32 de Invernada de Itacaruaré; para los alumnos, pasar por el “arroyo del degollado” constituía motivo de gran temor y respeto, rogaban que el viento no replicara el lamento, ¡agua! !agua! !agua!. Con el transcurso del tiempo y las generaciones, la historia original se fue diluyendo, a veces al arroyo se lo nombraba como “arroyo del ahorcado”, pero quien fuera docente correntino pionero en la Invernada, Director de la Escuela 32 por décadas, don Manuel Eligio Mongelós, solía aclarar, con tono zumbón, que el arroyito se llamaba “del degollado” .

Hasta pasada la mitad del siglo XX, la denominación comentada fue de uso general en la zona, Con posterioridad, plantaciones de pino suplantaron al monte donde se originó el nombre, quitando al lugar de todo encanto y misterio. Hoy no somos muchos los que recordamos al “arroyo del degollado”.

Carlos Manuel Freaza

Inédito. Freaza tiene publicados los libros Rotación de los Vientos y El amigo jesuita (novela) seleccionado para la Feria Internacional del Libro 2018.

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