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Valores humanos, principios y conductas personales derivadas

jueves 21 de abril de 2022 | 6:00hs.
Valores humanos, principios y conductas personales derivadas

E
n estos momentos observo que hay en nuestro país (y también en otros) una serie de debates sobre valores sociales reinantes y algunas conductas sociales derivadas. De los numerosos valores humanos, hay dos que creo que chocan en forma absoluta, uno: la libertad individual, y otro: la solidaridad.

¿Qué se entiende por libertad individual? Al filósofo y escritor español José Ortega y Gasset, se lo recuerda en el mundo por su famosa frase: “Yo soy yo y mis circunstancias”, pero ésta es una parte, en realidad, la frase completa es: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. 

La palabra “circunstancia” implica el entorno, es decir que vivimos inmersos en el espacio y ambiente que nos corresponde y el lugar en dónde residimos. La filóloga española Cristina Medina Gómez, reflexionando sobre Ortega y Gasset, pensaba que la unión del “yo” y la “circunstancia” era indisoluble, que debía ser imposible entender al uno sin el otro. Así, en buena medida el producto de nuestras decisiones debería estar condicionado por nosotros y nuestras determinaciones, pero también por las particularidades del momento y el lugar social.

¿Qué se entiende por solidaridad? Que cada uno de nosotros estamos, lo queramos o no, condicionados por las limitaciones y libertades que nos facilita el entorno en que vivimos. En ese entorno se encuentran millones de personas. Puedo intentar salvarme yo, pero no debo dejar de lado al resto y, sobre todo, no dejar de respetar al otro o a la otra; ser solidarios. En este contexto que vive el mundo, nuestra libertad individual es importante, siempre que no atente contra el colectivo social. Es reclamar por mi libertad individual, por supuesto, siempre que ese reclamo no afecte al resto. 

La exigencia de libertad individual conduce a un relativismo total. Así, por ejemplo, un grupo podría acordar que los pobres no son seres humanos o que no poseen dignidad, y que por tanto se los puede dejar morir de hambre sin temor o castigo alguno.

Un criterio fácil que puede usarse para determinar si uno está tratando a alguien con respeto consiste en considerar si la acción que va a realizar es recíproca. Es decir: ¿querrías que alguien te hiciera a ti la misma cosa que tú le vas a hacer a otro? Esta es la idea fundamental contenida en la Regla de Oro: «Trata a los otros tal como querrías que ellos te trataran a ti»; y ésta no es una idea exclusiva de los cristianos. Más de un siglo antes del nacimiento de Cristo, un pagano pidió al Rabí Hillel que explicara la ley de Moisés entera mientras se sostenía sobre un solo pie. Hillel resumió todo el cuerpo de la ley judía levantando un pie y diciendo: «No hagas a los demás lo que odiarías que ellos hicieran contigo».

Algunos valores humanos son un común denominador en naciones con economías muy desarrolladas y con gran riqueza, progreso y equidad social. Esos valores son, entre otros: la ética y la moral –cívica, no necesariamente religiosa− como principios rectores; la confianza; la honestidad; la honradez, el respeto a la dignidad y a los derechos de los demás; el orden; la limpieza; la puntualidad; la responsabilidad; el deseo de superación; el respeto a la ley y las normas; el amor al trabajo; el afán por el ahorro y la inversión; el compromiso; la lealtad; el entusiasmo; la tolerancia; la flexibilidad de pensamiento; la humildad; la cooperación y la solidaridad. Muchas cosas cambiarían, para bien, y muchos problemas se resolverían con el cultivo y práctica de estos valores, que ya deberían figurar en la enseñanza primaria.

Entre algunos otros valores, la honestidad es la cualidad humana por la cual, la persona se determina y elige actuar siempre con base en la verdad y en la auténtica justicia y equidad, dando a cada quien lo que le corresponde, incluida ella misma. Ser honesto es ser real, acorde con la evidencia que presenta el mundo, sus circunstancias y sus diversos fenómenos, actores y elementos; es ser genuino, auténtico, objetivo. La honestidad expresa respeto por uno mismo y por los demás. Hay que tomar la honestidad en serio, estar conscientes de cómo nos afecta cualquier falta de honestidad por pequeña que sea... Hay que reconocer que es una condición fundamental para las relaciones humanas, para la amistad y la auténtica vida comunitaria. Ser deshonesto es ser falso, injusto, impostado, ficticio. La deshonestidad no respeta a la persona en si misma y busca la sombra, el encubri-miento: es una disposición a vivir en la oscuridad.

La puntualidad, por su parte, es el valor humano que se construye por el esfuerzo de estar a tiempo en el lugar adecuado. El valor de la puntualidad es la disciplina de estar a tiempo para cumplir cada una de nuestras obligaciones. Muchas veces la impuntualidad nace de los intereses que despiertan en nosotros ciertas actividades, por ejemplo, es más atractivo para un joven charlar con los amigos que llegar a tiempo a las clases; para otros es preferible hacer una larga sobremesa y retrasar la llegada a la oficina.

La responsabilidad −o la irresponsabilidad− es fácil de detectar en la vida diaria, especialmente en su faceta negativa: la vemos en el plomero que no hizo correctamente su trabajo, en el carpintero que no llegó a pintar las puertas en el día que se había comprometido, en el joven que tiene bajas calificaciones y, en casos más graves, en un funcionario público que no ha hecho lo que prometió o que utiliza los recursos públicos para sus propios intereses. La responsabilidad tiene un efecto directo en otro concepto fundamental: la confíanza. Confiamos en aquellas personas que son responsables. Ponemos nuestra fe y lealtad en aquellos que de manera estable cumplen lo que han prometido.

La discreción −otro valor− es un atributo de gran trascendencia; su empleo contribuye a una buena vida de relación con familiares, vecinos, amistades, colegas, compañeros de estudio o de trabajo. Evita el desentendimiento, la discordia y muchas veces, hasta la enemistad en la intercomunicación humana. Ser discreto equivale a ser sensato al emitir juicios, tener “tacto” y buena expresión de los conceptos al trasmitirlos a los demás. Es no hacernos partícipes de noticias escabrosas, o conceptos maliciosos sobre otros, algunos muchas veces referidos a familiares íntimos de probada bondad y honestidad. El ser discreto es cultivar la tabla de los valores éticos y morales y tener precaución al hablar, actuar y emitir opiniones sobre los otros seres.

Los valores pueden clasificarse de distintas maneras: hay valores religiosos; los morales, los estéticos, afectivos, intelectuales, sociales, etc. Este ordenamiento revela que no existe una escala deseable universal de los valores; las jerarquías valorativas son cambiantes y fluctúan de acuerdo a las variaciones del contexto social o de la época.

Una clasificación detallada la ofrece Marín Ibáñez, que diferencia seis grupos: 1) Valores técnicos, económicos y utilitarios; 2) Valores vitales (educación física, educación para la salud); 3) Valores estéticos (literarios, musicales); 4) Valores intelectuales (humanísticos, científicos); 5) Valores morales (individuales y sociales); y 6) Valores trascendentales (cosmovisión, filosofía, religión).

Los defensores del liberalismo tienen razón cuando manifiestan que “la sociedad es para el hombre y no el hombre para la sociedad”, pero dicen la mitad de la verdad escondiendo la otra mitad: que el hombre que se refugia en su “interés privado” y que pone como horizonte el “bien particular”, desentendiéndose del Bien Común, está violando su dignidad de hombre y da la espalda a la tarea ética que le correspondería en cuanto se propusiera ser un hombre digno. O sea, parte del enfrentamiento actual en nuestra sociedad −la distribución del ingreso− no es político ni económico, es básicamente moral.

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