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La telefonista y mi obra

domingo 17 de abril de 2022 | 6:00hs.
La telefonista y mi obra

Amenudo la nostalgia se apodera de nuestras conversaciones y añoramos juntos lo que fue este pueblo, cuando aún no nos había devorado tanta decadencia. Evocamos lugares hoy reducidos a ruinas, acontecimientos memorables, fiestas, esplendores. Caemos en pesarosos silencios.

–El Club Social –dice uno, por ejemplo.

Y por un momento el Club Social recobra en nosotros su apogeo, sus luces, su pompa, sus bailes.

O: la noche que Caralisa volvió con el título provincial de peso wélter.

Y vemos el tren nocturno que avanza despacio entre la multitud, el traslado de nuestro boxeador en andas y entre antorchas hasta la plaza, los festejos que cesaron recién al alba.

O la banda de música municipal. O el cine. O la tienda La Favorita.

Hasta que doña Lili suspira y pregunta:

–Bueno. ¿Y qué quiere saber hoy?

Yo abro mi libreta, porque llevo en la libreta una lista de los asuntos que más me interesan (la someto a constantes revisiones, cambio el orden a medida que asigno o quito prioridades, tacho, añado) y, mientras consulto mi lista y decido por dónde comenzar, doña Lili se levanta, va hasta el aparador y regresa con alfajores que ella misma prepara o biscochos o galletitas. Deposita el plato en la mesa, anuncia que traerá el té y se encamina a la cocina. Retorna en unos minutos; las tazas y los platillos tintinean, el humo que sube de la tetera le envuelve el rostro pálido. Por lo general tomamos té; muy a veces, mate o chocolate.

–De Ceilán. Regalo de mi hija mayor –comenta.

Mentira. Le gusta alardear con sus pequeños agasajos. Un té común y corriente.

Cuando comprendí que gracias a ella podía acrecentar mi producción literaria yo ya había editado tres libros. Aquí corresponde aclarar que soy un escritor que utiliza la realidad para inspirarse. Mi creatividad funciona como esos autos antiguos que casi nunca arrancan sin un empujón; normalmente mi inventiva requiere que el entorno le dé movimiento. Y al decir entorno me refiero a este pueblo donde nací y pienso dejar mis huesos, a la maraña de historias generadas por sus habitantes en cumplimiento de sus mediocres destinos. Resultará increíble, pero de aquí, de esta chatura, he sacado las realidades humanas complejísimas, de una riqueza psicológica capaz de asombrar a las mentes más analíticas, que nutrieron mis mejores textos. Sin embargo, con el tiempo surgió un problema: el pueblo se achicó y se achicó y yo me quedé sin su energía literaria o, para no exagerar, con una energía insuficiente para proveerme de nuevas historias. Y ya me hallaba viejo para buscar otro pago.

Pero debo mostrar a doña Lili. Cuando me percaté de la importancia de contar con su colaboración ella ya se había jubilado. Vivía donde vive, sola, a una cuadra de mi casa, no recuerdo que haya vivido en otro lugar. Donde nacieron sus dos hijas, murió su marido –un empleado público muy apreciado por su bonhomía– y ella se quedó cuando sus hijas casaron, con un bancario y un militar, y se marcharon de Buenavista. Las hijas la visitan con frecuencia. Se conserva bien, cada mañana barre su vereda y hace sus compras. La asiste una doméstica por horas. Es una mujer ágil, delgada, rubia, sociable aunque parca en palabras. Ni en apariencia ni en temperamento cambió demasiado desde que se jubiló.

Si cierro los ojos veo una doña Lili apenas distinta, que viste un guardapolvo gris y a las 8 menos diez o menos cuarto a.m. sale de su casa para dirigirse a su trabajo. Camina rápido, sus tacones resuenan en la vereda. De uno de sus hombros cuelga un amplio bolso donde van, entre chucherías diversas, el almuerzo en un recipiente de plástico, los elementos para retocar el sobrio maquillaje –lo que repite tres o cuatro veces durante el horario laboral– y el crochet que reanudará a la siesta, cuando casi nadie llama. Hasta oigo su voz cantarina preguntándome números.

Por cuatro décadas la señora Lili fungió en este pueblo como operadora de la empresa telefónica estatal. No había telefonía automática. Durante aquellas cuatro décadas su trabajo fue manipular el dispositivo que, indudablemente muy mal, describo a continuación. Una pequeña mesa con una manivela, un foco rojo, dos o tres palanquitas y decenas de orificios numerados que albergaban sendos cables revestidos con tela, en cuyos extremos había una clavija de bronce; un panel vertical con agujeros también numerados y cubiertos con tapitas de lata; un auricular y un micrófono sujetos a una armazón de alambre curva, para ensartarse en la cabeza. El usuario hacía girar la manivela de su teléfono y la señora Lili veía encenderse la luz roja y destaparse un número en el panel. Y ponía en pleno funcionamiento el dispositivo. Sucedía entonces una frenética actividad, para la cual aquella tecnología y doña Lili parecían perfectamente sincronizadas. La mano derecha subía con una clavija hasta el número que se había destapado y la encajaba allí. La mano izquierda movía una palanquita y doña Lili interrogaba: ¿Númerooo…? Tras la respuesta, la misma mano extraía otra clavija de la mesa y la enchufaba en el orificio del número indicado, la mano izquierda accionaba la manivela, doña Lili aguardaba unos instantes y cuando oía el hola movía otra palanquita y dejaba establecida la comunicación entre los usuarios. Solía haber variantes. Si el hola se demoraba ella giraba de nuevo su manivela. Un silencio demasiado largo la obligaba a dar por concluido el intento (declaraba, no menos musical que al formular la pregunta previa: ¡No contestaaan…!), aunque en tales casos era frecuente que la conexión se prolongara con un somero diálogo:

–Seguro que no volvieron.

–¿Viajaron?

–Anteanoche. Se les murió la tía de Santa Fe. Un cáncer, parece.

Y estas charlas quizá duraban unos cuantos minutos si el tráfico telefónico lo permitía.

La miro servir el té con manos ligeramente trémulas y me planteo si sufrirá alguna enfermedad seria. Sus dedos no temblaban en absoluto al enchufar las clavijas.

–¿Azúcar o edulcorante?

Ella no ignora que prefiero edulcorante, se lo digo. Y agrego, por ejemplo:

–El suicidio de Ricardo Bermúdez.

–¡Ah, pobre muchacho! –exclama sin sacar la vista del chorro dorado y humeante– ¡Unas deudas inmensas!

Porque, a lo que ya describí de aquel modus operandi, hay que sumar este detalle: la señora Lili se retiraba de la conexión si quería. Le bastaba con omitir una acción mínima, cambiar la inclinación de una llave, girar una perilla o algo así, para escuchar la conversación ajena. Recuerdo la respiración apenas audible que se le escapaba tal vez por el afán de enterarse. Recuerdo el terror que mi madre traslucía si en una charla telefónica su interlocutora se olvidaba de doña Lili y soltaba un chisme peligroso. Recuerdo que mi abuelo decía que por doña Lili jamás hablaba de negocios por teléfono.

Como se entenderá, la información que ella acumuló durante cuarenta años contiene lo que necesito para incrementar mi literatura. Su memoria guarda materia prima harto suficiente para convertirme en un escritor prolífico. Basta con mencionarle aquellos asuntos que otrora merecieron mi atención por sus indicios de utilidad literaria, y cuya exploración postergué por dedicarme a historias más enjundiosas. Enseguida la señora Lili me proporciona los datos que me hacen falta para determinar las verdaderas posibilidades que ofrece el asunto y, en su caso, me ayuda a profundizar en él.

–¿Y en qué gastaba la plata Bermúdez?

–Aunque usted no lo crea…

–Los cuernos del doctor fulano, doña Lili.

–Él consentía. Pero bien que se vengaba. Le cuento…

–Aquellas coimas de los concejales, ¿se acuerda?

–Claro que me acuerdo.

–¿Y quién destapó la olla?

–Vea. Por lo que yo escuché…

–El romance del cura y la catequista, doña Lili.

–La pelea de los Igarzábal por la herencia, doña Lili…

Me costó convencerla. Aún después de la jubilación su ética no admitía transgresiones respecto a lo que ella denomina temas delicados. Pero la convencí, con abundantes zalamerías y regalos y tras jurarle hasta el fastidio que no revelaría los nombres, al fin la convencí. Y cada semana nos juntamos en su casa y departimos por un buen rato.

En cuanto llego a mi casa me pongo a escribir. Gracias a doña Lili, mi obra se ensancha con una celeridad notable. Ya debo ir definiendo las fórmulas con que incluiré su nombre entre los agradecimientos de mis futuros libros. En eso estoy. Anoté algunas que consideré apropiadas: A la señora Lili, proveedora sin par. A la señora Lili, guardiana de tesoros inconmensurables. A doña Lili, faro en las tinieblas del olvido…

Mientras tanto, escribo y escribo. Escribo día y noche como un poseído.

José Gabriel Ceballos

Del libro “Buenavista capital del sexo”, Editorial Palabrava, 2021. Ceballos es de Alvear, Corrientes. Ha publicado varios libros de poesía y de cuentos. Premio Peirotén de Poesía de Santa Fe (Argentina); en 1997.

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